¿Deberías de orinar en la regadera?

Si bien es una actividad poco recomendable para el manual de conducta de Carreño, la realidad es que posee múltiples beneficios.

Imagen: http://www.diariodemorelos.com/

Más allá de las simples ganas de hacerlo, orinar en la ducha puede ser una sorprendente manera de cuidar tanto al medio ambiente como a la salud de quien lo practica. Si bien es una actividad poco recomendable para el manual de conducta de Carreño, la realidad es que posee múltiples beneficios; te los compartimos: 

– Jalar la llave del inodoro requiere grandes cantidades de agua. Si un adulto promedio orina alrededor de siete veces en 24 horas, esto quiere decir que se gastan 42 litros al día  y 15 330 litros al año. Si 319 millones de personas orinan al mismo tiempo, se están desperdiciando alrededor de 4.9 millones de litros de agua cada 365 días. Si se orina en la regadera, el consumo excesivo del agua en el inodoro se reduciría significativamente; de hecho, se estaría ahorrando 2 190 litros de agua. 

– Evitas la tala de árboles. De acuerdo con Mic, orinar en la regadera ahorra un rollo de papel cada 50 días. De hecho, estudiantes de la Universidad de East Anglia, han pedido que se fomente esta práctica para el cuidado del medio ambiente. 

– Para hacerlo, necesitas flexionar las rodillas y bajar la cadera –sacando el culo–. Esto ayudará a fortalecer los músculos pélvicos, necesarios para la salud del piso pélvico, el parto y el sexo. 



El amor propio no es inalcanzable como te han dicho (de hecho, todos lo practicamos a diario)

¿Será posible reinventar al amor propio y llevarlo más allá del culto al individuo?

Amar es desgarrarnos para cosernos, rompernos para pegarnos. Amar es alejarnos para volver, dañarnos para curar. Amar es el más extravagante de los hábitos: un acto efímero en su eternidad. Un péndulo de Foucault oscilando infinitamente.

De entre estas ambivalencias e incertidumbres que constituyen la esencia de esta pasión humana, se alza un aparente antagonismo entre el amor al otro, por un lado, y el de aquel que guardamos para nosotros mismos, por otro.

amor-propio-cultivar-como-aprender-querernos

Ambos pasan en nuestros tiempos por una crisis que los hace parecer irrealizables y, en ocasiones, también irreconciliables: no hay tiempo de amar a otros porque estamos muy ocupados procurándonos a nosotros mismos. O no nos amamos porque estamos muy ocupados salvando el mundo.

No obstante, amarnos a nosotros parece ser, verdaderamente, el principio desde el cual se desdobla el resto de nuestros actos. Por eso Ron Padgett, nuestro Paterson de carne y hueso, escribe:

Take care of things close to home first. Straighten up your room before you save the world. Then save the world.

(Encárgate de las cosas cercanas a casa primero. Arregla tu cuarto antes de salvar el mundo
Luego salva el mundo)

Parece urgente amarnos si queremos ser capaces de amar a otros en algún momento. Porque si no nos amamos, ¿cómo amar a otros? Tal parece la aritmética de las relaciones humanas: su lógica intrínseca.

Pero el amor no es reductible a operaciones matemáticas. Recuperar el amor propio en estos tiempos es más difícil, quizá, que nunca en la historia. Somos presa fácil de los vacuos discursos sobre el amor, cuya retórica cínica invita a amarnos desde el narcisismo y la mezquindad. Existen también los sustitutos inverosímiles: en lugar de amar, nos sumimos en nuestra psique depresiva y cultivamos un odio que poco a poco nos carcome.

amor-propio-cultivar-como-aprender-querernos

Ante esas condiciones decadentes, es urgente plantear hipótesis radicales. ¿Qué tal si la única forma de recuperar el amor propio fuera admitiendo que no hay una hoja de ruta que nos marque cómo hacerlo? Suena desolador: si algo buscamos son respuestas tangibles, concretas y que nos den soluciones inmediatas.

Pero amar es precisamente lo contrario a todo ello. Amar –afortunadamente– no es una ciencia, y por ello no existen métodos para aprender a amarnos ni para amar a otros. Por eso, aún en nuestros tiempos ensimismados, el amor sigue siendo un resquicio de libertad para quien se atreve a mirar desde ahí.

Aunque quizá una de las pocas cosas que se pueda afirmar sobre esa cosa contradictoria que es el amor (cuya semántica, por cierto, es el mayor reto de los lingüistas) es que, tanto aquel amor que nos profesamos a nosotros mismos, como el que profesamos a los demás, son indisociables. Ambos tienen una autonomía relativa, tanto como nosotros la tenemos de los demás. Pero su aparente antagonismo o dualidad es producto de nuestra época, y no es sino una ilusión, como muchas de las que sustentan nuestras creencias.

amor-propio-cultivar-como-aprender-querernos

El amor es una totalidad que sólo puede sobrevivir como tal, retroalimentandose cada una de sus partes de lo uno y lo otro. Hay necesidad mutua, incluso cósmica, entre los tipos de amor, tal y como la hay en el individuo para con los otros, a quienes necesita para poder ser y desdoblarse en sus infinitas posibilidades.

Si algo resume esta idea en una cotidianidad sólo aparentemente sencilla, pero en realidad sumamente compleja, es esta otra metáfora de Padgett en su poema Love:

That is what you gave me

I become the cigarette and you the match

Or I the match and you the cigarette

Blazing with kisses that smoulder towards heaven

(Eso fue lo que me diste: yo me convertí
en cigarrillo y tú en fósforo
o yo en fósforo y tú en cigarrillo
brillando con besos ardiendo hacia el cielo)

El amor propio sólo puede cultivarse cuando aprendemos a ser ya sea el cigarrillo o el fósforo. Es una relación dinámica que ocurre todo el tiempo, todos los días. No hay principios ni finales. No hay identidades definidas permanentemente. Sólo fósforos, cigarrillos y las chispas que simbolizan la valentía que implica amarnos y amar en un mismo tiempo.  

 

*Ilustración principal: Tomasz Mrozkiewicz

 



De orina a energía renovable: conoce este asombroso proyecto

El proyecto, a cargo de un grupo de investigadores de la Universidad del Oeste de Inglaterra –UWE– en Reino Unido y Oxfam, ha demostrado que este tipo de tecnología puede ser una herramienta base en países en desarrollo

Entre las soluciones biotecnológicas para el bienestar ambiental surgieron células de combustible con microorganismos que se alimentan de orina y son capaces de generar electricidad. Se trata de un proyecto que pretende convertirse en una herramienta en la transición hacia las energías renovables, pues no sólo brinda es capaz de cargar energía en los teléfonos móviles y en focos lumínimos a través de la orina, también matar patógenos que se encuentren en los residuos acuáticos.

El proyecto, a cargo de un grupo de investigadores de la Universidad del Oeste de Inglaterra –UWE– en Reino Unido y Oxfam, ha demostrado que este tipo de tecnología puede ser una herramienta base en países en desarrollo, pues no sólo las células energetizadas mediante orina son capaces de producir la suficiente cantidad de electricidad como para iluminar, también para reducir una serie de enfermedades patógenas. 

La idea es usar esta tecnología en zonas de desastre y campos de refugiados, en donde no hay disponibilidad de electricidad ni iluminación al interior y exterior de las casas de campañas, resultando en altos sitios de vulnerabilidad de criminalidad y acosos sexuales. Pues además, al matar patógenos en cuerpos de agua residual se puede abrir una amplia variedad de usos que incluyen instalaciones de rutina en los recursos municipales para la purificación de aguas. 

Los investigadores explican que estas células de combustible microorgánicas –MFC– funcionan mediante la reacción de microbios ante material orgánico, como la orina, fomentando tanto su crecimiento como la generación de pequeñas cantidades de energía en el proceso.

En palabras de Ioannis Ieropoulos, líder de la investigación, el MFC “es en efecto un sistema que brinda una porción de energía bioquímica usada del crecimiento microbiótico, y lo convierte directamente en electricidad, por lo que lo podríamos llamar orina-lectricidad o energía orinal.” Pues además sus propiedades desinfectantes provienen de la generación de peróxido de hidrógeno durante el proceso de generación energética, reduciendo así infecciones gastrointestinales como la bacteria de Salmonelosis, entre otras.