Estas son los productos mexicanos que usan transgénicos (y sus alternativas)

En México, los alimentos que no contengan ingredientes derivados de maíz –industrializada–, soya, canola, algodón, papa, jitomate o alfalfa, pueden considerarse libres de transgénicos.

Imagen: http://kluv.cbslocal.com/

Los transgénicos no producen más ayuda ni soberanía alimentaria de los pueblos. Los transgénicos ponen la producción de alimentos bajo el control de las empresas multinacionales, que fomentan la inequidad, el hambre y la contaminación en el planeta.

Por ello, las políticas públicas han buscado promover la capacidad de cada país para producir sus propios alimentos sanos con el fin de distribuirlos con justicia. Sin embargo, no sólo se trata de políticas públicas que lleguen los tribunales, también de reivindicar los estilos de vida que permiten una dieta libre de transgénicos.

La primera sugerencia de Greenpeace para evitar comer transgénicos es comer alimentos frescos preparados en casa, reducir el consumo de alimentos industrializados que puedan contener ingredientes transgénicos. Esta acción puede garantizar una alimentación sana al evitar el exceso de azúcares, grasas hidrogenadas, aditivos, colorantes y conservadores.

Incluso, en el mismo informe de esta ONG, se presentan datos que “nos llevan a señalar fuertemente que no hay ninguna buena razón para sembrarlos: los impactos ecológicos, sociales y ahora económicos bastan por sí mismos para rechazar este tipo de tecnología.

Conseguir alimentos frescos y libres de transgénicos puede ser una tarea fácil visitando mercados y tianguis tradicionales, pues ahí se encuentran los productores de diversas partes del mundo que continúan enfrentándose a la supremacía de los transgénicos y sus consecuencias: desde el cero incremento de la productividad, cero ganancias, costos adicionales, incremento en la necesidad de utilizar agroquímicos, dificultades para comercializar su producción, etcétera.

Otra sugerencia es buscar y preferir alimentos orgánicos, con una certificación y denominación de orgánicos reconocida internacionalmente que prohibe la utilizaciónn de transgénicos –o derivados– en los productos de la agricultura y ganadería: “La agricultura orgánica tampoco permite el uso de hormonas, plaguicidas y agroquímicos que dejan residuos tóxicos en los alimentos.”

En México, los alimentos que no contengan ingredientes derivados de maíz –industrializada–, soya, canola, algodón, papa, jitomate o alfalfa, pueden considerarse libres de transgénicos. Para distinguirlos, es preciso leer las etiquetas para verificar si los alimentos que consumimos contienen alguno de los ingredientes de posible origen transgénico.

Para apoyar un poco en esta labor, te compartimos una guía roja y verde de las productoras de alimentos sobre su política de utilización de ingredientes transgénicos o sus derivados en los productos que venden en el país. Greenpeace explica que aún faltan muchas compañías y productos para brindar información de una manera más amplia, sin embargo, por el momento, estos son los datos inmediatos:

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Podríamos tener un sexto sentido magnético (nuestro cuerpo como una especie de brújula)

Ya existe la primera prueba neurocientífica de que podemos sentir los campos magnéticos.

Mucho antes de que se inventaran las brújulas, es probable que los primeros humanos se orientaran a partir de una especie de sexto sentido magnético. Por lo menos a eso apuntan algunas investigaciones; la más reciente de ellas con evidencia neurocientífica. Más aún: es probable que aún tengamos vestigios de un sentido que antes quizá estuvo más desarrollado, como también lo estuvieron otros primigenios sentidos ligados a la intuición que aún poseemos. 

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Podría sonar a ciencia ficción, pero este poder podría no ser sino parte de nuestra evolución como seres vivos. Ello no nos haría únicos: más de 50 animales, desde abejas hasta perros, tienen este “súper poder” llamado magnetorrecepción. De hecho, las aves no sólo tienen esta capacidad alojada en el cuerpo, sino en sus ojos, ya que, al parecer, una proteína en su retina les permite detectar campos magnéticos con la mirada.

¿Por qué y cómo nosotros tendríamos este poder?

El primer experimento que se realizó para saber si los seres humanos también somos una brújula andante lo hizo el geofísico Joe Kirschvink. Éste hizo pasar campos magnéticos rotativos a través de algunos voluntarios mientras medía su actividad cerebral. Para sorpresa de Kirschvink, cuando el campo magnético giraba en sentido contrario a las agujas del reloj, ciertas neuronas actuaban de manera irregular, generando un aumento en la actividad eléctrica del cerebro.

No obstante, aún no se sabía si esta actividad era nada más que una reacción. Para que nuestro cuerpo fuese una brújula, tendría que procesarse cierta información que sirviera para la navegación, aunque fuese de manera intuitiva. Además necesitaríamos de células que funcionaran como magnetorreceptores, como en el caso de la proteína Cry4 que se aloja en la retina de las aves.

La cuestión es, ¿tenemos magnetorreceptores?

Las hipótesis de Kirschvink han sido lo suficientemente sólidas como para atribuírseles un campo de estudio propio. Y es que, de encontrarse que tenemos un sentido magnético, podríamos saber más sobre cómo la superficie de la Tierra influenció nuestra evolución. Asimismo, podríamos hacer más y mejores hipótesis sobre las condiciones geológicas de hace millones de años.

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Muestra 3D de la cámara de pruebas de magnetorrecepción el Caltech

Por eso, Kirschvink formó un grupo de investigación conformado por él mismo, así como un neurocientífico y un neuroingeniero. Este equipo colocó a más de 30 voluntario al interior de una cámara especial en la cual pueden manipular los campos magnéticos a voluntad. Ahí llevaron a cabo diversas pruebas para registrar la actividad del cerebro a través de electroenefalografía. Los investigadores encontraron que los campos magnéticos en cierto ángulo promovían una respuesta fuerte en el mismo ángulo del cerebro, lo que sugiere un mecanismo biológico estimulable, según escribió el propio Kirschvink para The Conversation.

Esto es ni más ni menos que la primera evidencia neurocientífica de que tenemos un sentido magnético. Si éste no se encuentra alojado en una zona en específico, sino que varía según las condiciones, quiere decir que tiene una función, y que de alguna forma debe traducirse en información orgánica útil para la navegación. 

Quizá este sexto sentido magnético fue más fuerte en el pasado, pero quizá lo podamos estimular e incluso evolucionar. Las preguntas –y las posibilidades– siguen abiertas.

 

*Imágenes: 1 y 2) Public Domain Review