Rebeldía orgánica: evolución a través de la jardinería

Ron Finley propone la jardinería como el acto más sexy y desafiante de los tiempos; como una herramienta filosófica y “ecolutiva”

Quizá en este momento nos estemos dando cuenta, a un nivel pequeño pero fecundo, de que si el gobierno no hace cosas por mejorar nuestra calidad de vida, si no tiene creatividad o interés en transformar nuestra condición actual, lo podemos hacer nosotros. A esto se aboca el emergente crowdfunding y crowsourcing: a la colaboración abierta y distribuida con fines benéficos para todos.

Por otro lado, resulta interesante observar el “regreso a la naturaleza que estamos experimentando como comunidad global. Cada vez hay más postulados que apelan a la idea de marginar al gobierno en temas de salud, alimentación, infraestructura, etc., y tomar las riendas del futuro haciendo lo que se tiene que hacer. Algunas veces, lo único que se necesita es un individuo con valor y propuestas para hacer girar la rueda. Un gran ejemplo de esto es el “jardinero gángster” Ron Finley, quien propone la jardinería urbana como herramienta de transformación de individuos y, más aún, de vecindarios y ciudades.

“La jardinería es mi grafiti. Te sorprenderías de ver lo hermoso que es un girasol, y cómo afecta a la gente”, apunta Finley. Lo que él propone, en resumidas cuentas, es retomar los espacios públicos del sur de Los Ángeles –lugar que está especialmente lleno de lotes baldíos, camellones olvidados, pedazos de terreno entre construcciones– para plantar flores, frutas y verduras entre todos, para todos. Es decir, y como decía Walter Benjamin, salir a hacer botánica al asfalto.

Hay dos características que diferencian a Finley de una persona con buenas ideas y buenas intenciones: es un hacedor (no un idealista) y tiene la suficiente claridad como para cristalizar su misión en un manifiesto (por cierto, muy inclusivo y elegante). “Lo curioso de la sustentabilidad”, dice, “es que uno tiene que sustentarla. […] Se trata de cambiar el guión y escribirlo nosotros mismos. Algo así como: si no eres jardinero no eres gánster; si quieres entrar al grupo tienes que producir. Y que la pala sea el arma de tu preferencia”.

Como si la jardinería fuera el acto más desafiante (y lo es), Finley propone un nuevo cool botánico como el único acto de protesta y de desobediencia civil basado en el amor, no en la violencia.

“Quiero hacerlo sexy”, concluye, “quiero que todos nos volvamos… revolucionarios”.

 

*Fotografía: LA Times



Sobre por qué hoy es más importante que nunca estar cerca de un jardín

Los jardines han sido siempre espacios para cultivar la imaginación y los sentidos; hoy, además, podrían ser un recurso de supervivencia.

Un jardín es el más puro de los placeres humanos. 

Francis Bacon

La digitalización de la realidad

Nadie niega que el mundo digital tiene sus mieles, ni siquiera considerando las agendas y conductas que terminarían rigiéndolo. De hecho, en una de sus facetas, Internet es esa biblioteca infinita con la que muchos soñamos alguna vez. El problema es que si este espacio, por cierto cada vez más demandante, reemplaza nuestro contacto con la “realidad” asible, estamos entonces alimentando una posibilidad aterradora: perder por completo nuestro lazo con eso que podríamos llamar el origen –todo aquello que estuvo antes que nosotros, y que seguro nos verá pasar–.

Por fortuna, ante la pérdida de corporalidad, el desconcierto de una temporalidad poco humana y el influjo determinante de algoritmos, tres de los ingredientes de la digitalización de nuestra realidad, existen espacios de refugio y contrapeso. Estos rincones alimentan nuestro vínculo con, dicho de forma literal pero también figurada, lo palpable. 

 

Los jardines antidigitales

Si lo digital (redes sociales, mensajería instantánea, voyeur electrónico, hiperacceso informativo, narcisismo binario, ultraconectividad, etc.) domina buena parte de la cultura actual, ¿podrías imaginar algo más contracultural, más “equilibrante”, que cultivar y disfrutar de un jardín?

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Un jardín es un sitio en esencia sensorial; su naturaleza es rítmica (y su ritmo natural), obliga paciencia; un jardín provee una experiencia estética, incluso erótica, pero también demanda interacción física y dedicación; es un lugar mundano pero que propulsa la imaginación, tan básico como trascendental, accesible y naturalmente sofisticado.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, por cierto una de las voces críticas más interesantes hoy, advierte que tener un “jardín secreto” es lo que le ha permitido, entre otras medidas, refugiarse:

…durante 3 años he cultivado un jardín secreto que me ha dado contacto con la realidad: colores, olores, sensaciones… Me ha permitido percatarme de la alteridad de la tierra: la tierra tenía peso, todo lo hacía con las manos; lo digital no pesa, no huele, no opone resistencia, pasas un dedo y ya está… es la abolición de la realidad.

Bacon, Voltaire, Borges, Dickinson, Monet y Carroll son sólo algunos de los devotos de estos sitios; lo mismo que antiguos reyes árabes y los mayores maestros zen. Algo tienen los jardines que nos encandila desde siempre. Pero ahora no sólo figuran como proveedores de una exquisitez sensorial y una guarida estética; hoy los jardines se presentan como una suerte de bálsamo, como un generoso instrumento de supervivencia y re-humanización. De hecho, está comprobada una correspondencia entre la jardinería y estados como la relajación, la satisfacción y la calma.

 

Entre la información y la tierra

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“Si tienes un jardín y una biblioteca, tienes todo lo necesario”, decía Marco Tulio. Curiosamente, algo así es a lo que muchos podríamos aspirar hoy. A fin de cuentas no se trata de buscar un exilio digital, algo inviable para la mayoría. En cambio, se trata de simplemente ejercer una práctica arquetípica: la búsqueda consciente del equilibrio.

Tal vez si logramos envolver nuestro “yo digital”, con sus proyecciones narcisistas, sus ritmos antibiológicos y sus caudales de información, en flores de lavanda, helechos y contemplación de hormigas, entonces aprovecharemos lo mejor de dos mundos. Tal vez buena parte de las respuestas que estás buscando en este instante te estén esperando ahí, en un jardín. Y en ese caso, sería una tristeza no acudir a esa cita.

Javier Barros del Villar
Autor: Javier Barros del Villar
Editor digital. Toma té y vive parte del tiempo en las montañas.


7 consejos básicos para trasplantar en casa

Averigua cuando tus plantas necesiten espacio con estos tips y libéralas en pocos minutos.

Foto: Istockphoto

Hay dos maneras de saber si tu tus plantas necesitan una nueva maceta cuando les ha quedado grande actual: una es sutil y otra burda.Con la primera tienes que detener con cuidado la planta y voltear la maceta; si la tierra está demasiado comprimida (es decir, no se mueve con el movimiento) entonces debes cambiar la planta; si la tierra está suelta, quiere decir que las raíces aún cuentan con espacio. La segunda es cuando descaradamente las raíces se desbordan de la maceta.

Es muy importante que estés al pendiente de tus plantas para que tengan una larga vida; el espacio es fundamental, incluso si son para interiores.

Te presentamos algunos consejos básicos para que transplantes:

1. Si la maceta es de plástico y las raíces han comenzado a romperla, corta con una tijeras el plástico. Si es de otro material entonces voltea la maceta y cuidadosa y gentilmente toma la planta.

2. Para obtener el botón de la planta y las raíces usa las tijeras para retirar la tierra.

3. La maceta que elijas, naturalmente, debe ser más grande, pero no mucho más grande. El motivo para transplantar es que la plana tenga más espacio pero si eliges una maceta muy grande corres el riesgo de que requiera mucha agua pues das espacio para raíces mucho más largas. Antes de transplantar enjuaga muy bien la nueva maceta y desinféctala; siempre elige macetas que tengan orificios para drenar el agua.

4. Rellena la maceta con tierra.

5.Humedece la tierra con agua y una solución para plantas.

6. Haz un hoyo en el centro, lo suficientemente profundo como el tamaño de las raíces y coloca la planta.

7. Usa la tierra para darle firmeza a la planta; debe quedar derecha y la manera de conseguirlo es hacer un buen equilibrio con la tierra en derredor.