El poético órgano de Croacia que hace música con el oleaje

Está inspirado en un antiguo instrumento griego; acoplado además en las costas de una de las ciudades más viejas del mundo.

Foto:linssimato/Flickr

En la antigua Grecia había un instrumento llamado hydraulis, el primero en funcionar a base de agua y aire. El agua y su movimiento lo hacían sonar, como un instrumento tocado por sí mismo, con los estímulos del entorno. Este hermoso órgano inspiró al arquitecto Nikola Bašić para crear un órgano en las costas de la ciudad de Zadar, también conocida como Zara, en Croacia.

Esta es una de las urbes más antiguas del mundo, con hasta 3000 años de edad. En la segunda Guerra Mundial casi fue destruida por completo, y en los últimos años ha habido una búsqueda por devolverle vitalidad y también su carácter mitológico que por su edad lleva; el mundo, sin duda, debe voltear a verla…

Gracias a un concurso Bašić diseñó un enorme órgano de olas llamado El Órgano del Océano o Morske Orgulje también inspirado en el que existe en la cuidad de San Francisco; la diferencia del suyo, es que realmente crea armonías que asemejan a canciones nunca antes tocadas, no solo a sonidos hermosos. Es como una verdadera sinfonía que consiguió con una meticulosa planeación de cada una de las partes que integran el órgano. En una especie de escalones, el agua entra por orificios y empuja el aire hacia los tubos haciendo silbidos en conjunto verdaderamente sorprendente; uno puede caminar literalmente los sonidos…

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Foto:Lisa/Flickr

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Foto:J We/Flickr

 



El universo es una gran orquesta (y según pensaba Johannes Kepler, cada planeta tiene una voz)

Quizá esta hipótesis es imposible de sostener ahora, pero su belleza metafórica es invaluable.

La música siempre ha tenido un affaire con la matemática, la geometría y la aritmética. Aunque también podría decirse lo contrario. Por eso, el gran científico Johannes Kepler hablaba de la música con tanta pasión como hablaba de la astronomía, y escribía con tanta soltura sobre armonía como cuando realizaba fórmulas matemáticas.

Pero él no fue el único. Ya desde la antigüedad, el fecundo pensamiento griego consideraba que la música representaba la unión entre el mundo inmaterial y el mundo material. La música era aprehendida cognitivamente y despertaba todo tipo de emociones, pese a ser el resultado de la matemática pura, esto es, de la proporción conservada entre números naturales. Así, la perfección en música fue considerada la perfección de los números y viceversa, lo que fue ampliamente difundido por la escuela pitagórica, que planteó por primera vez la existencia de una hipotética “música de las esferas” producida en el cosmos.

No sorprende por ello que, en la búsqueda de la armonía del cosmos, astrónomos como Kepler teorizaran sobre cómo sonaría el Sistema Solar. Por supuesto, tanto en la antigüedad clásica como durante la revolución científica se seguía pensando que el universo tenía que ser necesariamente armonioso. No se sabía, y ni siquiera se sospechaba, que ni la mejor orquesta sonaría bien en el espacio. Y es que su sonido no podría trasladarse por el vacío del cosmos. Tampoco se habían sentado las bases físicas para pensar al universo más como un caos que como un espacio de gloriosa armonía.

 

La voz de los planetas

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Aun así, es exquisito saber que en algún momento el pensamiento humano prescindía de todas las dicotomías que hoy lo caracterizan, y que la música podía ser el complemento de la astronomía. Fue así que Kepler escribió su tratado Harmonices mundi, en el cual describía las leyes astronómicas que lo hicieron famoso, como el porqué de las órbitas elípticas. Pero en dicho tratado también asignó notas musicales a cada planeta en función a su velocidad angular. Así, para Kepler, cada planeta tenía un tipo de voz en la gran orquesta que, se imaginaba, sonaba en el universo.

Según Kepler, los planetas con una órbita más excéntrica abarcan un mayor rango sonoro, mientras que aquellos cuya órbita traza un semicírculo, como Venus, sólo llegan a una misma nota. En el esquema del astrónomo, Mercurio era soprano, por ser el planeta más cercano al sol, mientras que Marte era un tenor y los bajos eran cantados por Júpiter y Saturno. Por supuesto, la Tierra era parte de esta cósmica orquesta: su voz, según Kepler, correspondía al contralto, que llegaba a las notas Mi y Fa.

 

La belleza en la disonancia

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Sin embargo, Kepler se dio cuenta de que, según las leyes que rigen a la armonía musical, los planetas producirían un sonido disonante. Pero el astrónomo pensaba que, quizá según determinadas alineaciones o fenómenos orbitales, los planetas producirían sonidos armónicos en algún momento. Y como según él –y en eso tenía razón– el universo es infinito, también pensó que el secreto de la armonía debía de estar en algún lado. No podía ser de otra forma, pues la belleza del cosmos sólo podía entenderse como una excelsa armonía: como una sinfonía que, aunque jugara con la disonancia, siempre se resolviera en consonancias.

No obstante, la belleza no necesariamente depende de la perfección o la armonía. La música contemporánea –e incluso mucha de la música de un Beethoven o un Bach– tiene sus juegos con la disonancia. El compositor Arnold Schönberg llevó esto a convertirse en una total rebelión estética cuando reconoció a su trabajo como una “emancipación de la disonancia”. Su visión de la música rompió así con las viejas ideas de que toda pieza musical debía gravitar en torno a la tonalidad. Es decir, ya no se buscaría la perfección en la armonía. 

Quizá esto no habría agradado mucho a Kepler. O quizá habría encontrado que tanto la música como el cosmos se pueden apreciar en toda su belleza, más allá de las certezas de la matemática.

 

* Imágenes: 1) Emblyne; 2) Open Culture; 3) Shutterstock



10 sonidos de la naturaleza que simplemente no sabías que existían

El paisaje sonoro de la naturaleza es evocador y nos demuestra que el planeta Tierra es el compositor por excelencia.

El planeta es en sí mismo una sinfonía interminable y sus sonidos son a veces armoniosos y melodiosos. Pocos resquicios habrá en la naturaleza donde el silencio se imponga, solemne y desconocido, pues hasta los movimientos subterráneos de la tierra generan sonidos estridentes, aunque nos sean imperceptibles.

Resulta una delicia navegar por algunos de los paisajes sonoros naturales que han sido capturados hasta ahora. Las ondas sonoras poéticas que nos ofrecen los hábitats y sus elementos, así como las frecuencias producidas por algunos animales, nos demuestran cómo realmente la naturaleza inventó la música, mucho antes de que el hombre comprendiera los misterios de su composición.

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De hecho, las comunidades humanas muchas veces se han inspirado en las formas de comunicación de algunos animales, como en el silbido de los pájaros para crear lenguajes similares o, incluso, en las frecuencias que emiten los elefantes, en el caso de las tribus del este de África, que las incorporan a sus canciones.

Pero los sonidos de la naturaleza son a menudo únicos, y muchos de ellos, como te demostraremos a continuación, son poco conocidos y de una belleza inenarrable.

Canto de la ballena solitaria

Esta es la única ballena que emite un canto de 52 Hz, mientras que el común está entre los 15 y los 25 Hz. Su canto fue registrado en 1980, y se le atribuye una cierta melancolía porque a mayor herzios una frecuencia ésta es más aguda.

El sonido de las placas tectónicas

Es de esperarse que la profundidad de la tierra produzca sonidos estridentes, sobre todo cuando se mueven gigantescas estructuras como lo son las placas tectónicas, mismas cuyo deslizamiento produce los terremotos en la superficie. Estos fueron grabados por un artista holandés, Lotte Geeven, para el proyecto The Sound of Earth.

 

Auroras Boreales

La Aurora Boreal no es sólo un fenómeno celeste increíble, sino que también emite un curioso sonido, similar al crujido del hielo. Esto lo descubrió en 1990 el investigador Unto Laine, quien explicó a la BBC que el sonido proviene de una tormenta geomagnética que se produce a la misma altura que la Aurora Boreal.

 

Un bamboo meciéndose

El relajante sonido del bamboo proviene de su bamboleo al ser golpeado por el aire. Quizá esa fuera una de las razones por las cuales Buda meditaba en los bosques de bamboo.

 

El coro de la tierra

Se trata de un fenómeno, según la NASA, producido por las ondas de plasma o cinturones de radiación que rodean y “traspasan” la tierra. El sonido se propaga por ahí, y no por el aire, como el que podemos captar en la cotidianidad.

 

Las dunas de arena que cantan

Marco Polo, Darwin, y seguramente otros exploradores, han hablado de este extraño fenómeno con mucha curiosidad. Recientemente, investigadores del Centro Nacional para la Investigación Científica en París explicaron que el melodioso sonido proviene de los granos de arena al deslizarse por las laderas.

 

El hielo recién congelado

Es un hermoso sonido que produce el hielo cuando algo hace a sus partículas moverse de forma acelerada, como el filo de los patines deslizándose en su superficie.

 

Ave lira

Estos pájaros australianos tienen un peculiar canto, pues tienen la habilidad de mimetizar sus sonidos con los de la naturaleza, e incluso con otros sonidos artificiales.

 

Los arrecifes de coral vivos…

 

…Y los arrecifes de coral muriendo

 

Estos fueron grabados por Bernie Krause y utilizados para sus proyectos musicales desde 1970, pioneros en utilizar los sonidos de la naturaleza.

¿Conoces algún otro sonido de la naturaleza, tan inspirador como estos? ¡Compártelo con la Ecoosfera!

 

*Referencias:  The Music of Nature and the Nature of Music