El viaje al fondo de unas desconocidas cuevas

Lucía Treviño nos cuenta las maravillosas sensaciones inmersas en los milenarios cenotes y cuevas mayas.

Foto: wishbird

Una camioneta va por la carretera Federal 307 de Tulum hacia Cancún, por detrás del parque Kantun Chi. A los 40 km se detiene, da vuelta en “u” y toma una desviación de terracería envuelta en manglar, son tres kilómetros de verde que te quiero verde hasta que no hay más por avanzar. Una pequeña solitaria palapa es la antesala de una desconocida serie de cuevas. Aquí, Mario –el guía, dueño, descubridor de las cuevas– abre un gran contenedor de plástico para repartir unos trajes de neopreno. La expedición comienza: todos cruzan hacia la frontera desconocida por el gran arco de piedra.

Cavidades a desniveles, unas dentro de otras sobre-entre-bajo-dentro de otras formas de piedra. La iniciación: un ritual hacia el descubrimiento, poco a poco la luz del sol va disminuyendo hasta volverse un punto y desaparecer. Ahora la única iluminación surge de linternas y lámparas sumergibles que se repartieron a las diez personas que van haciendose parte del paisaje lunar.

Tonos oscuros de azules y grises, negros y blancos, ámbar, estalactitas, estalagmitas, estalactitas besando a estalagmitas se extienden a lo largo de los túneles de piedra, de las paredes de piedra, de las piedras que se hilan a más piedras creando una espiral. La posibilidad de ser microscópicos en un camino entre huecos de aire frío y del agua que afila las piedras.

El grupo camina hasta tener que nadar y alcanzar un pedacito de tierra firme, arena movediza, arcilla y barro. Una linterna alumbra una estalactita gris, otra se dirige hacia una cavidad rojiza, una más sigue el contorno del agua, otra capta el vuelo de un murciélago. Una voz pregunta –¿A cuántos metros por debajo de la tierra estamos? ¿Es posible ahogarse?– Otra voz asegura que estamos respirando menos aire, y una (voz) más interrumpe sorprendida “increíble”, y el cuestionamiento que surge del miedo se esfuma porque el encuentro supera cualquier expectativa.

Para realizar el cruce entre cuevas es necesario nadar y flotar hasta alcanzar el pequeño borde de arena que se forma por debajo del agua, un delicado y diminuto estrecho de Bering. Hay una cueva amarilla que tiene una cavidad muy honda, un azul entre turquesa y marino. Dos personas saltan desde una piedra, otra persona escala para brincar de más alto y así llegar más hondo. La exploración de la Tierra desde dentro de ella, sentirla respirar pausadamente.

Se dice que los mayas solían hacer sacrificios humanos en los cenotes y las cuevas, que hace 13 mil años estas cuevas no tenían agua y estaban habitadas por nuestros antepasados, por eso se siente una atracción grávida que coquetea con tu cuerpo (y alma) y que es posible encontrar visiones etéreas.

El registro de la experiencia es tardío, se va esculpiendo gotita a gota como cae el agua de las estalactitas a las estalagmitas esculpiendo el paisaje de piedra.

En una de las cavernas rojas, que contenía una peculiar profundidad, una persona se aventuró a recorrerla con una lámpara sumergiéndose y nadando hasta donde le era posible llegar. Desde la orilla donde quedó el resto del grupo se vislumbraba la cabecita (de la persona) circulando entre el agua y las estalactitas. La linterna iba de un fondo azul turquesa a un fondo azul marino, la cabecita volvió con el resto del grupo para expresar “qué (chingado) miedo, es demasiada belleza”. También suelen asegurar que el sumergirte entre cavernas es  terapéutico, ya que estás abocado al descubrimiento de cada detalle del presente desconocido. Por ello se vuelve difícil desarrollar la ficción que genera el miedo. Sin embargo, hay personas que no logran desconectarse (de ese miedo) y deben volver a la superficie antes de que la ansiedad los lleve a sentirse asfixiados.

En un punto del trayecto el grupo realizó el experimento y a coro contó hasta tres para apagar sus lámparas y quedar en silencio. El negro y el silencio que siguió fue indescriptiblemente nítido. Un silencio de agua donde la contemplación plantea la premisa de darle espacio al espacio, de no perturbarlo (casi) ni con tus pensamientos; un bosque de piedra que te lleva al presente nato, ya que todo es “lo desconocido”, nada “existe” hasta que lo vas descubriendo.

Transcurrieron cuatro horas y media donde cada detalle te enrolaba a una particularidad que se abría en una más y otra más, podías sumergirte más profundo, explorar más lejos, detenerte más tiempo entre las formaciones de ámbar, azufre, arcilla, roca caliza y arena… una superficie debajo de la superficie en la que siempre has vivido.

Se cierra el ciclo. El grupo regresa al comienzo para emerger a la superficie, volviendo a la conocida realidad del ser humano, a los rayos de un sol que va atardeciendo y a la camioneta. El recuerdo te mantiene vulnerablemente maravillado pensando que todo fue un sueño, un sueño alojado en lo profundo de una imaginación fuera (o por debajo) de este mundo.

Twitter de la autora: @luciatciula



Los beneficios de elegir una tormenta para sanar el alma

Una tormenta puede sanar el alma. La ciencia estudia la correlación entre este estremecedor fenómeno y el bienestar de la psique humana.

¿Quién no ha sentido un alivio inexplicable al abrazar un árbol, caminar con los pies descalzos o recostarse sobre la tierra?

Es un hecho que la conexión humano-naturaleza se encuentra tanto en el nivel espiritual como en el plano tangible, y que forma parte del intercambio energético que caracteriza este mundo.

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“Sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”; esta frase podría hablarnos de campos energéticos o chakras, del aura o del lado romántico y el amor.

Pero esta enseñanza también responde a ese efecto mágico que provocan las plantas, por ejemplo, como lo descubrió Livio Vinardi, científico y profesor universitario que sistematizó una teoría sobre el intercambio energético entre el hombre y su entorno:

El cuerpo bioplásmico del hombre –o cuerpo sutil– realiza constantemente un intercambio con su medio, alimentándose de diversas fuentes energéticas que determinan la calidad de su propia energía.

Los árboles y plantas poseen la extraordinaria capacidad de servir como contenedores de excesos energéticos. Y lo mismo ocurre con las tormentas.

 

Después de la tormenta, siempre llega la calma (energética)

No es coincidencia que existan innumerables metáforas respecto al reto o alivio que se siente cuando se enfrenta una tormenta. A algunas civilizaciones, como la maya, las tormentas eléctricas y sus huracanes les servían como recordatorio de que los dioses estaban siempre encima de sus cabezas.

El rayo, elemento básico de la tormenta, simbólicamente es la acción de lo superior sobre lo inferior. Se relaciona además con la mirada del tercer ojo de Shiva, el destructor de las formas materiales.

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Josephine Amalie Paysen

Pero, aterrizando la tormenta como fenómeno meteorológico, resulta que las partículas cargadas del aire, llamadas iones, pueden alterar nuestra psique mientras vuelan cerca de nosotros.

Y existen iones positivos (con efectos negativos) y negativos (con efectos positivos para el ánimo), de los cuales las tormentas, cascadas y caídas de agua (como en la regadera) están dotadas.

La explicación científica la estudia la biometeorología que se enfoca, entre otras cosas, en cómo las estaciones del año y el clima afectan anímicamente a los seres humanos.

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John Fowler

“Lo que ocurre en las tormentas es que se rompe la composición de las moléculas de oxígeno y los iones positivos roban electrones para convertirse en iones negativos”, concluye Catherine Harmer de la Universidad de Oxford, que trabajó en un estudio sobre el impacto de los iones en la psique.

Y es que si al ingrediente científico le agregamos un toque psicológico sazonado con el simbolismo romántico e histórico que tiene una tormenta, resulta un momento subliminal y sanador (lo cual ha sido comprobado).

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Riccardo Chiarini

Quedan estudios pendientes y teorías (hipótesis sobre la serotonina) para definir cuál es la cantidad ideal de iones negativos que se necesitan para elevar considerablemente el ánimo. Sin embargo, ya se asoma la correlación que existe entre este estremecedor fenómeno y el bienestar: ¿quieres reponerte? extiende tu baño a 30 minutos.

 

*Fotografía principal: Marko Korosec



Groenlandia y la belleza seductora del silencio ártico (Fotografía)

La belleza del silencio en Groenlandia es capturada por el fotógrafo Jan Erik Waider. Las imágenes invitan a encontrar lo estético en las condiciones más extremas e impredecibles.

La niebla es ese fenómeno en el silencio en el que se difuminan los límites, y el Ártico es el límite que se desvanece en el mundo. Un lugar estático lleno de caos, y estético para el fotógrafo Jan Erik Waider

Así como el pintor británico William Turner lo hizo en su tiempo con la niebla (a menudo extremadamente densa, creando una atmósfera casi sagrada), Waider intenta capturar, a través del lente de su cámara, ese espacio donde se diluyen las formas que alcanzan un alto grado de abstracción.

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Jan Erik Waider

El encanto robusto y la belleza prístina protagonizan Silencio ártico (Artic Silence), serie de fotografías de la naturaleza nórdica. Una visión íntima de la quietud inquietante y la tranquilidad fantasmal que se encuentran en los paisajes glaciales de Groenlandia.

Es la calidad única de la luz lo que me atrae una y otra vez en esta dirección.

La serie, hábilmente realizada desde un pequeño bote durante los brumosos meses de verano, se desarrolla en la Bahía de Disko, al oeste de Groenlandia.

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Jan Erik Waider

Al retratar inmensos icebergs que flotan como islas sobre el océano perfectamente quieto hasta que se diluyen y no queda nada de ellos, Waider nos invita a susurrar pensamientos y esperar en suspenso a la siguiente vista que emerge detrás de la niebla (o la mente confusa).

Una serie que nos insta a encontrar la belleza del silencio aun en las condiciones más extremas y a menudo, impredecibles.

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Jan Erik Waider
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