Por fin: hospital crea su propia granja para dar alimentos nutritivos a sus pacientes

Este año llegará a tener 4.5 hectáreas para crecer alimentos nutritivos de temporada todo el año.

Foto: St. Luke´s University Health Network

Tanto las cafeterías de las escuelas del mundo, como las de los hospitales, tienen algo en común: la comida es espantosa. Desabrida, con pocos nutrientes, cocinada sin esmero; esto es una paradoja, cuando la nutrición es el primer escalón de la salud. Como lo advierte Hipócrates: “que tu comida sea tu medicina, y que la medicina sea tu comida”. 

Curiosamente, apenas hace un año, un hospital en Pensilvania, el Hospital de la Universidad de San Lucas, creó una granja en mancuerna con el Instituto Rodale (líder en investigación de agricultura orgánica) para cultivar alimentos nutritivos, sanos y frescos para sus pacientes.

Este año la granja doblará su tamaño de 2 a 4.5 hectáreas y cultivará de 12 variedades hasta llegar a 30; proveerá también más de 20 mil kilogramos de vegetales al hospital. 

Además de proveer a los pacientes, y de que su cafetería ofrece comida mucho más sabrosa para el staff, visitantes, etc., también se hará un día de mercado semanal para que estos puedan llevarse vegetales frescos a casa.

Es la primera iniciativa de este tamaño en su tipo, y con suerte, quizá se convierta en una tendencia para todos los hospitales del mundo, que debieran procurar la salud desde su aliada más elemental como la alimentación.

[Treehugger]



Despertar sensibilidad por la naturaleza en los niños, el objetivo de esta peculiar guardería

Se trata de una original propuesta de preescolar donde los niños podrían cultivar su propia comida.

Si alguien puede salvar al mundo entero en un futuro, en efecto, son los niños; las nuevas generaciones. Pero para que ello funciones es indispensable dejarles lo esencial: un terreno preparado para que sus habilidades puedan ser aprovechadas y por supuesto, una educación basada en valores esenciales.  Para lograr lo último, es vital que se les infunda el amor por la naturaleza, a través del contacto directo con ésta, y que se les enseñe la importancia de vivir de formas sostenibles.

Para un humano adulto es difícil concebir ese espíritu, pero en los niños, es mucho más fácil impregnarlo. Con eso en mente, los diseñadores con base en Roma, Edoardo Capuzzo Dolcetta, Gabriele Capobianco, Davide Troiana y Jonathan Lazar, crearon una solución que hará mucho más fácil estimular el amor de los niños por el planeta.

ninos naturaleza educacion-granja-urbana-prescolar-cuidado-naturaleza-Nursery Fields Forever

El proyecto se llama Nursery Fields Forever, un juego de palabras que combina una canción de The Beatles con la palabra “nursery”, cuyo significado bien puede ser “guardería”, “semillero” o “vivero”. Este modelo de escuela combina la idea del cultivo urbano (o granja urbana) con el de la educación preescolar.

Fue ganador del premio AWR (Competencia Internacional de Ideas), y busca hacer de la escuela un lugar de aprendizaje orgánico, donde se mezcle la tecnología con la naturaleza y el contacto directo con ambas. La idea es que los niños aprendan a cultivar su propia comida y con ello aprendan a valorarla. Esto, según Rebecca P. Cohen, autora de 15 Minutes Outside: 365 Ways to Get Out of the House and Connect With Your Kids, hace más probable que los niños se sientan más atraídos por comer vegetales.

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Lo mejor es que esta propuesta educativa está acompañada de un cambio radical en los paradigmas pedagógicos que hasta ahora se mantienen en las instituciones. No contempla el uso de salones cerrados, ni mucho menos de escritorios y pupitres como en la usanza tradicional. La cuestión es que los niños se sientan libres y hallen en ello su inspiración, lo cual podría demostrar ser la mejor forma de educarlos, y de que formen sus propias disciplinas.

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Proyectos así son indispensables para aprovechar los momentos clave de aprendizaje en los niños. Según el Center on the Developing of Child de la Universidad de Harvard:

“Las experiencias tempranas afectan el desarrollo de la arquitectura cerebral, que provee las posibilidades del aprendizaje futuro.”

Así que sobran las razones para fomentar el amor por la naturaleza en los niños, en quienes descansa la esperanza de un mejor futuro construido con lo esencial.

 

*También en Ecoosfera: Por qué una educación sin conciencia ecológica tiene ya poco sentido



Sobre cómo la comida nos civilizó y nos volvió salvajes de nuevo

La comida como un pulso a partir del cual danzan la antropología, la civilización, la ciudadanía y, por qué no, la alquimia.

Según el famoso antropólogo Claude Lévi-Strauss, la comida cocinada fue —incluso más que el lenguaje– el gran factor civilizatorio de la raza humana. El hecho de comer alimentos pasados por un proceso intermedio (cocer, hervir, hornear, etc.) creó una serie de prácticas nuevas e inéditas en el orden de la naturaleza: convenir con los miembros de la tribu un horario y un ritual propio de la preparación, y a través del ritual (entendido como receta que debe seguirse, una serie de pasos ordenados) nos mostró nada menos que la magia.

En su libro Cooked: A Natural History of Transformation, el escritor Michael Pollan afirma que el proceso civilizatorio iniciado por la comida prehistórica ha llegado a ponerse en riesgo en nuestros días: la diferencia entre comer comida preparada en casa y la expresión más brutal del capitalismo en la comida procesada amenaza con subvertir definitivamente los órdenes que han permitido el desarrollo del ser humano sobre la Tierra.

Es en esta contradicción que Pollan encuentra tristemente fascinante el actual estatus de los chefs y conocedores de la haute cuisine en celebridades mediáticas: son el último reducto de lo que significó en algún momento la magia de observar y participar en la preparación de los alimentos. 

Muchos de nosotros tuvimos esa experiencia de primera mano en nuestra infancia al ver a nuestra madre o padre cocinar un plato simple (un par de huevos revueltos, o incluso un pastel en ocasiones especiales como los aniversarios), es decir, transformar un cúmulo de elementos disociados en una forma unitaria y deliciosa: mágica.

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La especialización de nuestra vida moderna nos hace conceptualizarnos, según Pollan, como trabajadores en un aspecto específico de la cadena productiva, con roles dados dentro de nuestra estructura familiar y social, y con apenas un esporádico papel cada tantos años en la elección de nuestros gobernantes, es decir, en el papel de ciudadanos. 

No hay tiempo para cocinar en una sociedad tan ocupada… 

Por lo que para recobrar el asombro de la alquimia que ocurría en las antiguas cocinas acudimos a locales de comida donde el aspecto humano está virtualmente disuelto.

Platos que parecen arquitectura modernísima, fast-food que parece salir totalmente armada de una fábrica, ingredientes llenos de conservadores y colorantes que apenas recuerdan a sus antiguos ancestros naturales: la comida que ponemos en nuestros platos parece venida de un planeta misterioso. Pronto, afirma Pollan para el sitio Brain Pickings, cocinar una ensalada, un sándwich o una pasta nos parecerá tan exótico como fermentar nuestra propia cerveza u hornear una hogaza de pan, actividades que por generaciones fueron parte de las actividades cotidianas de la familia.

La comida es deliciosa, eso es innegable. Pero el hecho de compartirla con seres queridos, el contacto visual, el compartir, incluso el retraerse y el ofrecer generosamente lo que tenemos son prácticas que sirvieron a nuestros antepasados para trascender el salvajismo atávico. 

Tal vez con un mínimo esfuerzo (cocinar en lugar de salir a comer fuera de vez en cuando) podría producir la magia que en otros tiempos tuvo el salir con un plato de comida recién preparada de nuestra cocina –como un cavernícola volviendo a la cueva con un delicioso pedazo de mamut, para alegría de todos los suyos.

 

*Imágenes: 1) Concrete Playground; 3)  design milk; 5) firstwefeast.com