Artista lleva maleza a las ciudades para que recordemos su estado prístino (FOTOS)

Adecuando el sitio a la estética natural que alguna vez tuvieron los lugares, Linda Tegg nos recuerda la importancia de conocer la modificación que les hemos imprimido.

Hace muchos años, antes de que el concreto fuera el paisaje común en nuestras vidas, la naturaleza ahondaba todos los espacios disponibles. Pero no como nuestros jardines perfectos, sino con un ritmo propio de la libertad orgánica: un  ejemplo de ello es la maleza. 

La maleza, estos arbustos que conjugan una mezcla de hierbas, nos recuerdan que las intervenciones que hemos hecho a los espacios son antagónicas al crecimiento caprichoso en la natura. En esta vida de la búsqueda de perfección, que se refleja en la uniformidad de la estética de las ciudades, también hemos conseguido una desconexión importante con el entorno. En este sentido la artista Linda Tegg, en una intervención que hizo para la Librería Estatal de Victoria en Australia (e investigando en el mismo recinto) colocó maleza en las inmediaciones de este edificio, adecuando arbustos que figuraran verdaderamente cómo lucía ese espacio antes de la intervención del hombre. 

Este proyecto sitúa a las personas en un sitio donde pueden comprender (rodeados de edificios) la transfiguración sistemática de un mismo lugar, y quizá recordando esa condición, entonces vuelva a sentirse un respeto más íntimo con el espacio que nos lleve a cuidarlo más; incluso sobre esa alfombra de concreto.

 



Increíbles altares geométricos de verduras (cortesía de un artista anónimo)

Algunos artistas primero dibujan y luego hacen “naturalezas muertas”; para otros, la inspiración llega en un rojo jitomate.

Este artista atiende un puesto de verduras en Wisconsin. Los cebollinos, rábanos, brócolis y pimientos coloridos y con texturas fantásticas hacen diseños originales que cambian todos los días. Su autor ha preferido mantener su privacidad y hacerse llamar “Brad” para la difusión del talento que pone en práctica en su negocio.

Inicialmente, los trabajos artísticos de Brad sólo se hacían sobre pedido; ahora, confeccionarlos para la tienda, confiesa el autor, “es uno de los mejores momentos del día”.

La gente que pasa en frente, aunque no vaya a comprar su mercancía, sonríe nada más de ver de reojo el diseño de coles, espárragos, perejil y cebollas adornando los muros, la vitrina y las mesas del negocio.

Al principio eran el goce personal de los vecinos, pero cuando supo que ya había fotos en línea de sus diseños y algunas personas estaban copiando la idea, Brad prefirió abrir una cuenta en Instagram para compartir lo que crea y lo que lo inspira.

Después de incursionar con la naturaleza viva Brad ha decidido comenzar a dibujar y a pintar acuarelas, disciplinas tradicionales de artista, pero no abandona a su primera musa: ¡la hortaliza colorida!



Precioso arte con flores nos recuerda la fugacidad de la vida (FOTOS)

A través de sus preciosos e insólitos arreglos florales, este artista nos hace reflexionar sobre la vida y la muerte.

El arte del florista es, secretamente, el de un embalsamador. La flor cortada, que prácticamente es un cadáver —y cuyo brillo es signo de los últimos pulsos vitales de la planta— es bellamente ensamblada en ramos, para simular vida. No es hasta que su proceso de descomposición se hace notar en el decaer de su estructura, la degradación del color y el aroma a dulce amargo, que nos hacemos conscientes de que la flor está muerta.

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En el budismo a esta presencia “eterna” de la mortalidad, finamente representada por la flor —cadáver que desborda vida—, se le nombra impermanencia. Justamente, de esta condición quiere que nos hagamos conscientes el florista Azuma Makoto, un artista que lleva la flor a los extremos de su descomposición (y lo hace de una forma verdaderamente hermosa).

azuma-makoto-artista-florista-arte-con-flores-naturalezaEntre otros juegos bellísimos, Makoto ha incendiado flores, las ha congelado y también ha enviado un ramo al espacio. Con un poco de suerte, quien observa su obra o los registros fotográficos de la misma, se apropiará de la experiencia para imaginar que la vida y la muerte son —y no sólo desde un ejercicio poético— sólo formas de percibir a los objetos y a los sujetos.

Y, aunque Azuma Makoto sí está implicando, pero muy cuidadosamente una reflexión sobre la degradación del mundo que conocemos —probablemente ligada al cambio climático—, también nos invita a no temer frente a la ruptura de las condiciones. Vivir es, finalmente, transitar. El acto mismo de regalar flores es reflexivo en torno a la impermanencia. Regalar flores es honrar y amar, a través de la ofrenda de un objeto que está pereciendo. 

A continuación algunas de sus más hermosas piezas:

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Azuma Makoto en su estudio

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