¿El diseño de las cocinas podría ser responsable de la obesidad?

Nuestros hábitos alimenticios están más influenciados por nuestro medio ambiente que por nuestro apetito o el significado afectivo de la comida.

La comida en el hogar puede convertirse en un símbolo de confort en momentos de alegría y crisis. Es el calor de la compañía a lo largo de la vida, como si se convirtiera en el recuerdo experimental del amor y apoyo. Sin embargo, ¿qué pasa cuando el simbolismo de la comida se altera por el estilo de vida?

Dr. Brian Wansink, director de Food and Brand Lab en Cornell University, explica que nuestros hábitos alimenticios están más influenciados por nuestro medio ambiente que por nuestro apetito o el significado afectivo de la comida. De hecho, uno de los principales culpables es el diseño de las cocinas modernas, donde se instalan las televisiones cerca de la presencia de los alimentos. Es decir que, si hay más comida, los miembros de un hogar tienden a comer más.

Para él, una posible solución de los trastornos alimenticios, como la obesidad y el sobrepeso, es convertir la cocina en un lugar menos habitable, obligando a la familia (o a la persona) a sentarse sin el distractor de la televisión o gadgets electrónicos como los teléfonos inteligentes), así como a dosificar las proporciones de los alimentos. Esto permite que se desarrollen con mayor intimidad las relaciones interpersonales y se disminuya la incidencia de los trastornos antes mencionados.

En otras palabras, comer en el comedor (o en otra recámara diferente a la cocina) permite concientizar el proceso de la comida, evidenciando la diferencia entre comer lo suficiente y tragar en exceso:

Nadie come ya en el comedor. Siempre he sido enemigo del desayunador. Creo que es un verdadero problema para la salud. Tengo un comedor en otra recámara, y eso convierte el hecho de sentarse a comer en una decisión consciente. La familia come en familia, no simplemente devora.



Los “jóvenes viejos”, una condición que se está volviendo recurrente

Estudios han puesto al descubierto lo que parece ser un síntoma general de nuestros tiempos: el decrecimiento de la actividad física en los jóvenes.

Hay una cualidad que se está generalizando entre la juventud de muchos países, y es que con frecuencia vemos que los jóvenes, más que una actitud fresca y enérgica, están optando por vivir como ermitaños y en el sedentarismo . Dicho de otra forma, estamos ante una generación de “jóvenes-viejos”.

La escritora Leonor Skenazy, advirtió en su más recientemente columna del Wall Street Journal sobre este problema, y comparó a jóvenes de 19 años con adultos de 60, por lo menos en cuanto a lo mucho que se parecen sus sedentarios estilos de vida. Ella habla de distintos estudios que han medido cuánta actividad, de moderada a vigorosa, practican distintos estratos de la sociedad. Muchos de esos estudios han puesto al descubierto lo que parece ser un síntoma general de nuestros tiempos: el decrecimiento de la actividad física en los jóvenes.

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El autor de uno de los estudios hechos en Estados Unidos, Vadim Zipunnikov, describe cómo los niveles de actividad decrecen de “forma alarmante” en la adolescencia, y que para la edad de 19 los jóvenes se agitan si acaso tanto como un adulto de 60, pues realizan tanta actividad como estos.

¿Por qué pasa esto?

 

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Una de las hipótesis que plantea Skenazy es que el responsable es la cultura sobreprotectora de los padres, que vigilan a los niños en todo y deciden sobre todas sus actividades, para lo cual los mantienen cerca, jugando en un iPad o en el celular, encerrados en el coche mientras ellos (los padres) hacen sus actividades cotidianas. A esto se suma la paranoia de no dejar a los niños salir a jugar, lo que lamentablemente ocurre por la violencia a la que pueden estar sujetos. Así, el sedentarismo es una condición que se cultiva desde la niñez y que va degenerando en gravedad en la pubertad y la adolescencia.

En México esos factores son todavía más patentes, pues la sobreprotección paterna tiene su raíz en la efectiva inseguridad en las ciudades, que ha tendido a incrementarse, lo que incide en el nivel de actividad que pueden tener los niños al jugar fuera de sus casas. Además inciden otros factores propios de la vida moderna, como el uso del automóvil, la mala alimentación, y la “digitalización” de la vida en general, que nos hace dependientes a las pantallas. Pero en México, por ejemplo, no podemos exigirles mayor actividad física a nuestros niños y adolescentes, primero, si nosotros mismos no somos un ejemplo. El INEGI calcula que el 56.4 por ciento de la población urbana en México mayor a 18 años es inactiva físicamente, una desalentadora cifra. Por otro lado, si no se cuenta con la infraestructura en escuelas, ni con suficientes profesores de educación física que realmente lleven adelante una cultura en torno a la realización de deportes, el problema de que sólo el 1.41% de los adolescentes entre 12 y 19 años usen su tiempo libre en hacer deporte o algún ejercicio físico no se podrá contrarrestar.

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Precisamente el promover los deportes en las escuelas serían una gran solución, como también sugiere Skenazy en su columna. Ella sugiere ampliar los horarios y permitir a los niños quedarse más tiempo en la escuela para realizar específicamente actividades deportivas, lo que además “es uno de los factores fundamentales para que puedan alcanzar un buen estado físico, psicológico y social, porque el deporte favorece la adquisición de estilos de vida saludables que perdurarán hasta la fase adulta”, explica Verónica Sánchez Muñoz, directora médica del Centro de Evaluación y Rehabilitación Biónica y Robótica (CEREBRO).

 

Tratar esto de una forma integral, con soluciones que involucren lo social, lo físico y lo mental, ayudará a nuestros niños y jóvenes a optar por el ejercicio para despedirse del estrés —porque la poca actividad física genera cortisol, la hormona del estrés—, así como de la ansiedad, la obesidad y demás consecuencias que trae consigo el sedentarismo.

*Imágenes: PxHere



Ciudades céntricas VS Ciudades desbordadas: ¿Cuál provoca más obesidad por su infraestructura?

Los resultados mostraron que los vecinos con una estructura vial densa (compacta) tienen un índice de obesidad menor.

En los últimos hemos visto numerosas propagandas que denuncian la obesidad: folletos que recomiendan actividades que previenen esta condición, estudios que advierten sus posibles consecuencias en la salud, datos que resaltan la gravedad de su incidencia, entre otros. 

La obesidad y el sobrepeso se definen como la acumulación excesiva de grasa que es perjudicial para la salud (OMS, 2012). Estas condiciones son medidas con base en el índice de la masa corporal (IMC), que se calcula dividiendo el peso de una persona en kilos por el cuadrado de su talla en metros. En otras palabras, un IMC igual o superior a 25 se califica como sobrepeso; mientras que uno igual o superior a 30, es categorizado como obesidad. 

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2008, 1400 millones de adultos mayores de 20 años tenían sobrepeso; y dentro de esa misma población, más de 200 millones de hombres y 300 millones de mujeres eran obesos. Mientras que, en 2010, alrededor de 40 millones de niños menores de cinco años tenían sobrepeso.

Es sabido que el conjunto de hábitos alimenticios insalubres y la presencia del sedentarismo, son las dos principales causas del sobrepeso y la obesidad.   Sin embargo, un nuevo estudio de la Universidad de Colorado, en Denver, y de la Universidad de Connecticut consideró que había otro factor influyente: una posible correlación entre la infraestructura urbana y la salud pública. 

Tras la rigurosa observación de 24 ciudades en California, donde la mitad contaba con buenos registros de mortalidad vial y la otra, con pobres registros, los investigadores clasificaron cada ciudad según la densidad de redes de las calles, su conectividad y la configuración de sus calles. Después, compararon los índices de obesidad, diabetes, presión sanguínea alta, enfermedades cardiovasculares y asma. 

Los resultados mostraron que los vecinos con una estructura vial densa (compacta) tienen un índice de obesidad menor, así como de diabetes,  presión sanguínea alta, enfermedades cardiovasculares (mas no asma). Mientras que las ciudades con una estructura vial más amplia (para el flujo de los coches), cuentan con índices más altos de obesidad y diabetes; al igual que áreas de restaurantes de comida rápida. 

Los autores concluyeron que mientras es posible cambiar el estilo de vida a uno más saludable en cualquier tipo de ciudad, los resultados sugieren que las personas que viven en ciudades más compactas tienden a gozar de una mejor salud (en relación con el sobrepeso y obesidad).