Descubre las cantidades adecuadas de la canasta básica de alimentos

Con tan sólo un bocado, los alimentos brindan una sensación de confort y bienestar que es capaz de optimizar tanto el funcionamiento como el autocuidado del cuerpo.

La alimentación es tanto una de las necesidades básicas como uno de los grandes placeres de la vida. Con tan sólo un bocado, los alimentos brindan una sensación de confort y bienestar que es capaz de optimizar tanto el funcionamiento como el autocuidado del cuerpo.

Por lo que es indispensable prestar atención adecuada a aquellos productos que ingerimos a nuestro cuerpo. En especial si se trata de alimentos  rodeados de mitos y dudas. Tales como:

Mantequilla. Lo ideal es evitar la mantequilla y remplazarla con productos con baja grasa poliinsaturada. Puedes consumirla en pequeñas dosis, y así reducir los riesgos de incrementar los niveles de colesterol en la sangre.

Leche. Procura consumirla desnatada o semi-desnatada, una vez al día. Esto brindará un tercio de la cantidad de calcio que necesitas.

Huevos. Debido a su cantidad de colesterol, es recomendable limitar su consumo. Por otro lado, los huevos cuentan con toda clase de nutrientes, tales como las vitaminas y las proteínas. Ayudan a controlar la sensación del apetito. El consumo recomendado es de tres veces a la semana.

Aceite de oliva. Se trata del súper ingrediente para mejorar la salud. Su principal uso es en ensaladas. Por lo que la dosis recomendada es entre una y dos cucharadas al día.

Carbohidratos. Estos deberían ser alrededor del 50 por ciento del consumo de la comida en general. En especial si provienen de alimentos integrales. Sin embargo los carbohidratos simples incrementan el riesgo de sufrir de obesidad y otras enfermedades como diabetes y cáncer. Por lo que no es recomendable consumir grandes cantidades de pastas, arroz y pan blanco, ya que se digieren rápidamente liberando azúcar directamente en el flujo sanguíneo.

Carne procesada. Está bien si se consume con moderación, y así se evita riesgos de sufrir enfermedades cardiovasculares, cáncer en los intestinos y otros. Lo ideal es consumirlo sólo un par de veces a la semana si en verdad no hay otra opción (pero no más).

El vino tinto en pequeñas cantidades es bueno para la salud del corazón. Sin embargo, en grandes cantidades, se eleva el riesgo de desarrollar cáncer y otras enfermedades. Por lo que se recomienda consumir una copa de vino tinto al día, con un descanso de un par de días a la semana.

Yogurt. Siempre y cuando sea de sabor natural, el yogurt permite reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares y diabetes; así como de ayudar a bajar el exceso de peso. Consúmelo regularmente.

Jugo de frutas natural. Los jugos comerciales tienden a tener grandes cantidades de azúcar (cerca de diez).

El pan es bueno para ti, siempre y cuando sea en proporciones moderadas. Por ejemplo, entre dos y cuatro rebanadas al día.

Cafeína. Entre dos y cuatro copas de café o té es bueno para tu salud; sin embargo, es indispensable revisar las calorías en caso de que incluyan otros productos como la leche.

Chocolate oscuro (sin azúcar) es bueno para el corazón, ya que disminuye la glucosa de la presión sanguínea.

 

 



El arte japonés de la moderación: una forma de cambiar tus hábitos alimenticios expandiendo la conciencia

Tener una mejor nutrición puede no ser tanto cuestión de dietas como de espiritualidad, tal como lo demuestra la sabiduría oriental.

La manera en la que nos alimentamos puede decir mucho de nuestra sociedad, y es a la par una expresión individual de nuestra espiritualidad, así como de la forma en la que navegamos la existencia. Porque los hábitos alimenticios de cada cultura son una reminiscencia de prácticas y creencias milenarias, las cuales subyacen tras las modificaciones que el pasar del tiempo ha impuesto en la nutrición de cada comunidad humana.

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Alimentarnos es, así, mucho más que el simple acto de comer. Ínfimas cuestiones como pueden ser el tipo de vajilla que elegimos o cuántas veces masticamos un bocado, reúnen el total de rituales que giran en torno a la nutrición, mismos que trascienden el momento de comer y que pueden tener un impacto –positivo o negativo– en el resto de nuestras prácticas.

Incluso pueden incidir en nuestra longevidad

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Por eso, un principio básico de la filosofía japonesa –desde el zen hasta Confucio– es el de la moderación: una norma que permea todos los aspectos de la vida, incluido el de la alimentación. Pero por moderación no debemos entender una restrictiva dieta hipocalórica, sino una visión multidimensional de la vida, misma que parte de la nutrición y que confía a la sabiduría de nuestro organismo el destino de nuestro bienestar en el plano material.

Y como siempre en la filosofía oriental, no hay pensamiento disociado de la práctica. Esta es la base del hara hachi bu, un principio del confusionismo que instruye a la gente a comer hasta que estén llenos en un 80% de su capacidad, lo que significa una ingesta de entre 1,800 y 1,900 calorías al día. 

En cambio, el mexicano promedio puede llegar a consumir hasta 3 mil calorías por día, pues solemos comer mucho más allá de la saciedad.

El principio del hara hachi bu es desarrollado a lo largo de los textos del confusionismo. En el libro 7 de las Analectas de Confucio, una sentencia nos dice:

Cuando el Maestro estaba cerca de alguien que estaba en duelo, nunca comía hasta la saciedad. 

Y en el libro 10: 

Aunque su arroz sea de la mejor calidad, no come en exceso; aunque su carne esté finamente picada, no la engulle.

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Hara hachi bu

¿Cuánto no cambiaría si adoptásemos nuevos hábitos alimenticios desde un enfoque filosófico y práctico como el del confusionismo? Podría parecer exagerado, pero una autotransformación sólo puede empezar desde la base. Y esa base, en el confusionismo, son los alimentos y la manera en la que nos relacionamos con ellos desde la conciencia.

Así que no se trata solamente de contrarrestar lo que los malos hábitos alimenticios ocasionan –cientos de enfermedades producto de la obesidad, o una “mala” apariencia física–. El objetivo no es ni siquiera vivir más tiempo –como los japoneses: la población más longeva de la Tierra, gracias a sus hábitos alimenticios–. Esas son, digamos, metas secundarias; se trata, en realidad, de que toda práctica se sustente en una conciencia expandida: desde cómo comemos y qué comemos, hasta cosas aparentemente más importantes como el cuidado que prodigamos a nuestros proyectos personales.

Por supuesto que, adicionalmente a poner en práctica el mantra hara hachi bu antes de ingerir cualquier comida, vendrán a la par todos los beneficios que podríamos esperar de cualquier dieta, e incluso más en términos de salud. Pero ello estará sustentado en una primigenia reconexión con las bases mismas de la vida, que es lo que fundamentalmente nos enseña la filosofía oriental.



Sobre cómo la comida nos civilizó y nos volvió salvajes de nuevo

La comida como un pulso a partir del cual danzan la antropología, la civilización, la ciudadanía y, por qué no, la alquimia.

Según el famoso antropólogo Claude Lévi-Strauss, la comida cocinada fue —incluso más que el lenguaje– el gran factor civilizatorio de la raza humana. El hecho de comer alimentos pasados por un proceso intermedio (cocer, hervir, hornear, etc.) creó una serie de prácticas nuevas e inéditas en el orden de la naturaleza: convenir con los miembros de la tribu un horario y un ritual propio de la preparación, y a través del ritual (entendido como receta que debe seguirse, una serie de pasos ordenados) nos mostró nada menos que la magia.

En su libro Cooked: A Natural History of Transformation, el escritor Michael Pollan afirma que el proceso civilizatorio iniciado por la comida prehistórica ha llegado a ponerse en riesgo en nuestros días: la diferencia entre comer comida preparada en casa y la expresión más brutal del capitalismo en la comida procesada amenaza con subvertir definitivamente los órdenes que han permitido el desarrollo del ser humano sobre la Tierra.

Es en esta contradicción que Pollan encuentra tristemente fascinante el actual estatus de los chefs y conocedores de la haute cuisine en celebridades mediáticas: son el último reducto de lo que significó en algún momento la magia de observar y participar en la preparación de los alimentos. 

Muchos de nosotros tuvimos esa experiencia de primera mano en nuestra infancia al ver a nuestra madre o padre cocinar un plato simple (un par de huevos revueltos, o incluso un pastel en ocasiones especiales como los aniversarios), es decir, transformar un cúmulo de elementos disociados en una forma unitaria y deliciosa: mágica.

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La especialización de nuestra vida moderna nos hace conceptualizarnos, según Pollan, como trabajadores en un aspecto específico de la cadena productiva, con roles dados dentro de nuestra estructura familiar y social, y con apenas un esporádico papel cada tantos años en la elección de nuestros gobernantes, es decir, en el papel de ciudadanos. 

No hay tiempo para cocinar en una sociedad tan ocupada… 

Por lo que para recobrar el asombro de la alquimia que ocurría en las antiguas cocinas acudimos a locales de comida donde el aspecto humano está virtualmente disuelto.

Platos que parecen arquitectura modernísima, fast-food que parece salir totalmente armada de una fábrica, ingredientes llenos de conservadores y colorantes que apenas recuerdan a sus antiguos ancestros naturales: la comida que ponemos en nuestros platos parece venida de un planeta misterioso. Pronto, afirma Pollan para el sitio Brain Pickings, cocinar una ensalada, un sándwich o una pasta nos parecerá tan exótico como fermentar nuestra propia cerveza u hornear una hogaza de pan, actividades que por generaciones fueron parte de las actividades cotidianas de la familia.

La comida es deliciosa, eso es innegable. Pero el hecho de compartirla con seres queridos, el contacto visual, el compartir, incluso el retraerse y el ofrecer generosamente lo que tenemos son prácticas que sirvieron a nuestros antepasados para trascender el salvajismo atávico. 

Tal vez con un mínimo esfuerzo (cocinar en lugar de salir a comer fuera de vez en cuando) podría producir la magia que en otros tiempos tuvo el salir con un plato de comida recién preparada de nuestra cocina –como un cavernícola volviendo a la cueva con un delicioso pedazo de mamut, para alegría de todos los suyos.

 

*Imágenes: 1) Concrete Playground; 3)  design milk; 5) firstwefeast.com