Estos son los derrames tóxicos más graves de los últimos 2 años en México

Llevar una memoria colectiva, atenta a los derrames que han contaminado los ríos y lagos, es importante para el activismo ecológico

En la memoria colectiva, quizá el sinónimo más temible de los derrames de tóxicos a las aguas es que se vierta petróleo en el mar, como pasó hace unos años en el Golfo de México. Sin embargo, los derrames de contaminación a ríos y lagos son cotidianos, sobre todo en países en desarrollo, pues sus sistemas de justicia son débiles y los costos por contaminar son pocos. 

En México, el 8 de agosto de 2014 al menos 40 mil litros de ácido sulfúrico fueron vertidos al río Sonora, por una negligencia de la empresa Grupo México en una de sus minas. Sin embargo, algunos trabajadores aseguran que las cifras oficiales son menores a las reales. 

El derrame destapó una serie de descuidos que se han dado en los últimos 2 años en México, aunque existen desde hace muchos años. Los derrames de hidrocarburos y de desechos mineros son los más usuales. 

Los derrames tóxicos que ha reportado la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA) en los últimos 2 años son 32, según su titular, David Korenfeld. Los más desastrosos han sido estos: 

-Cianuro en el río Jaqui, en Hermosillo, Sonora.
-Hidrocarburos en Agua Dulce, Veracruz.
-Hidrocarburos en ductos de las playas de Mazatlán, Sinaloa.
-Hidrocarburos en la laguna El Limón, en Tabasco.
-Contaminación minera en Los Remedios, Durango.
-Sulfato de zinc en el arroyo Lazarillo, en Nuevo León.
-Cianuro en la mina Proyecto Magistral, en El Oro, Durango.
-Hidrocarburos en la presa Marte R. Gómez, en Tamaulipas.
-Derrame de sulfatos y lixiviados en el río Sonora, provocado por la minera Buenavista del Cobre.

El caso de derrame más escandaloso es el del río Sonora; aunque el tema se ha apagado al menos en el reflector público, sus habitantes continúan viviendo incertidumbre y aseguran que no existe ningún estudio que avale que el agua está lista para usarse. Por su parte, también han hecho un SOS por un represo de la mina Buenavista del Cobre que podría colapsar:

“Ese represo colapsará en cualquier momento porque no se le ha dado mantenimiento. Si eso sucede, el daño será brutal, no se comparará con el que ya se le hizo al río, sino que será el fin de los pueblos donde viven 25 mil sonorenses. (…) Mide 15km de largo por 15km de ancho, y la cantidad de desechos contenidos ahí, es incalculable”, dijo Antonio Navarrete Aguirre, del Sindicato Minero Sección 65 de Cananea.

Si te “suena” escribir a la SEMARNAT para presionar por el mantenimiento del represo del que advierten los mineros, aquí está su cuenta de Twitter: puedes escribir algo así como “¡Exigimos urgentemente la supervisión de los represos de la mina Buenavista del Cobre!”. Recuerda que el “ruido” en internet tiene efectos probados.

 

Twitter de la autora: @anapauladelatd

 

Autor: Ana Paula de la Torre
Politóloga de carrera, colabora para diversas publicaciones digitales como Pijama Surf. Creadora del proyecto ciudadano yanostoca.com. Y pintora ocasional


¿Es posible recuperar el río Querétaro?

Por más que se quieran desviar, desecar y entubar, los ríos siempre vuelven a su cauce.

* por: Claudia Elvira Romero Herrera

 

Mando que a cien pasos de dicha acequia no haya rastro ni carnicería y que en el distrito de doscientos no se echen despojos el ganado que se matare ni se lave cosa alguna en este género, ni ropa ni ninguna parte de dicha acequia (…) que junto a las alcantarillas no se hagan muladares y se quiten los que hay.

(Reparto del Río Querétaro 1654)

El siglo XVIII llegó a la ciudad de Santiago de Querétaro arrastrando un dilema de finales del siglo anterior: quitar o dejar las fuentes de contaminación de Río Blanco. 40 años antes, el repartimiento virreinal de las aguas ya estipulaba medidas de cuidado, imponiendo penas monetarias y corporales a quienes las desacataban. Todos los usuarios tenían la obligación de construir obras para contener o desviar aguas contaminadas y los talleres textiles debían colocarse al final de todo el sistema de reparto. Antes, las comunidades precoloniales ya limitaban la entrada de animales en los ojos de agua o la instalación de cultivos en sus márgenes para impedir suciedad.

Los dueños de obrajes, principales causantes de la contaminación, enfrentaron en 1700 un ultimátum basado en el cúmulo de quejas de los habitantes: dejar de contaminar o pagar. Tras años de discutir las alternativas, el Ayuntamiento, compuesto en buena medida por obrajeros, decidió encomendar la conducción artificial de aguas desde el pueblo de La Cañada a varios comisionados, entre ellos el famoso Marqués de la Villa del Villar. La obra se financió por éste, el clero, los pobladores y los obrajeros. Se previó que estos últimos fueran los que contribuyesen en un mayor porcentaje. No obstante, pese a la presión ejercida por el entonces virrey con estudios que certificaban el daño provocado por sus actividades, se negaron, se resistieron e incumplieron los acuerdos.

Con el acueducto de cal y canto, uno de los íconos queretanos más representativos, se asentó de una decisión sobre el destino del río y de la ciudad entera: por arriba las aguas limpias, por abajo las aguas sucias.

Igual que muchas otras urbes mexicanas del periodo virreinal, los grandes cuerpos de agua fueron considerados un elemento indeseable o desdeñable. No muy lejos de Querétaro, desde 1521 habían empezado a desecarse los 45 ríos y cinco grandes lagos de Tenochtitlán, transformando una comunidad comunicada por canales y sostenida por agroecosistemas que procuraron llevar la tierra al agua, en una urbe de avenidas asentada sobre ríos, empeñada en transportar el agua a la tierra. Hoy, una de las más insostenibles del mundo, altamente vulnerable a los sismos y con dependencia de acuíferos cada vez más lejanos. 

En todos los rincones del siglo XXI las sociedades están apostando por revertir el error histórico de desecar, desviar y entubar las aguas. En parte porque la naturaleza no deja de demostrar que éstas siempre vuelven a su cauce, como lo prueban las inundaciones en la Ciudad de México o el retorno del río Santa Catarina en Monterrey después del huracán Alex. En parte, también, porque va recuperándose la conciencia sobre la inevitable interdependencia entre el ser humano y el ecosistema al que pertenece.

El olvido del origen del problema del río queretano acuñó y refuerza todavía hoy un falso discurso de escasez de agua, cuando en realidad lo que ha escaseado es el agua superficial, o bien, el agua libre de contaminantes. El acuífero de Querétaro, extendido en 460 kilómetros cuadrados de subsuelo del valle, ha sido juzgado injustamente por el caudal superficial de su río de temporal, cuando la fertilidad de sus tierras siempre habló de la fertilidad de sus mantos. Fertilidad sobre la que dan fe crónicas antiguas, investigaciones recientes y la abundancia que, todavía hoy, sostiene múltiples formas de vida.

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Fotografía tomada de las páginas de Facebook Querétaro Antiguo y Desde el Marqués

Ayer, el río Blanco era punto de partida del sistema de conducción de aguas que regaba las huertas por las que pasaban los 5 kilómetros de acequias, que se extendieron 2 siglos después a 62 kilómetros que alimentaban también a la irrigación y la industria. Hoy, el río Querétaro, cuyo caudal regular fue progresivamente disminuido desde mediados del siglo XX, todavía se une junto con los ríos de El Pueblito y de Juriquilla al río Apaseo para desembocar en el Lerma. Desde la fundación de la ciudad ha recibido contaminantes sin dejar, por ello, de dar los beneficios ecosistémicos que, aunque turbio en su color y fétido en su olor, sigue dando todavía.

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Fotografía tomada de los sitios Facebook de Querétaro Antiguo y Desde el Marqués.

Si se hace un recuento de fuentes de contaminación, no hay punto que se salve. Los rastros que vertían desechos de las reses en la acequia principal en 1600 hoy corresponden a las rancherías de zonas ganaderas en el municipio de El Marqués, los vertederos de obrajes de 1700 se convirtieron en los residuos de las fábricas textiles del siglo XIX y hoy son aguas residuales de los parques industriales, y los desagües del antiguo sistema de aguas siguen siendo desagües domésticos tanto de viejas colonias como de nuevos fraccionamientos. Las leyes, existentes hoy igual que entonces, siguen sin cumplirse. 

Pese a los intentos de rescate y conservación del río Querétaro que se han hecho en el pasado, hasta ahora ningún gobierno ha podido ni garantizar su protección ni lograr su recuperación, en parte justificándose en la complejidad de operar las esferas de competencia. Autoridades municipales y estatales “se echan la bolita”, cuando no se escudan en la jurisdicción federal, haciendo difícil que las denuncias sobre descargas en diferentes puntos de la ciudad se conviertan en sanciones.

Iniciativas ciudadanas de rescate del río emergen hoy como ya se ha visto antes. La pregunta obligada es: ¿qué ha faltado? ¿Hasta dónde puede llegar el esfuerzo ciudadano? ¿Tenemos los procedimientos y herramientas para limpiar? ¿Debería hacerlo el gobierno? ¿Cómo asumir la corresponsabilidad sin provocar deslinde de responsabilidades? ¿Basta limpiarlo si se seguirá ensuciando?, si persisten las descargas de agua sucia, si se limpia sólo a la altura de un tramo. ¿Cómo hacer también para quitar las fuentes de contaminación? 

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1. Cauce desecado del río Santa Catarina en 2009. (Fuente: sitio web de la Universidad Autónoma de Nuevo León) 2. Cauce del río Santa Catarina durante el huracán Álex, 2010. (Fuente: Agua para Monterrey: Logros, retos y oportunidades) 3. Cauce del río Santa Catarina en octubre de 2018. (Fuente: fotografía compartida en la página de Facebook El Río Está Vivo)

¿De qué ha dependido la recuperación de ríos como el Cheonggyecheon de Seúl, el Tajo de Lisboa o el Támesis de Londres? ¿Qué puede aprender Querétaro de sus muchas experiencias de fracaso para sanear un acuífero que lleva, no décadas sino siglos de silenciosa resistencia? ¿Es posible realmente rescatarlo?

Un conocido español me contaba con mucho orgullo cómo como población y gobierno habían logrado rescatar el río de su ciudad natal sumando grandes esfuerzos por un interés común. Comentando a un amigo francés que en México los intentos no se lograban debido a la falta de voluntad política, éste me respondió que “de haber faltado voluntad hace mucho que las cosas se habrían cambiado”. “Hay que llamar al lobo por su nombre. Lo que hay son intereses”.

Me pregunto si el interés por una cosa genera un desinterés por otra, como por ejemplo, evitar un costo asociado a los métodos de tratamiento, conservar un modo de producción, un modo de vida o una comodidad sobre eso que, una vez usado, es indeseable en mi perímetro pero se vuelve irrelevante en el de los demás. Me pregunto si es parte del hilo de reflexión autocrítica que le ha estado faltando a nuestras buenas intenciones.

Hay quienes miran con asco “el canal” de “puras aguas negras” que “no sabían que era un río”. El mismo en el que los todavía rivereños de distintos puntos de la ciudad recuerdan haberse bañado y lavado ropa hace no más de 20 años, donde nadaban patos hace no más de 6. Ellas mismas nos recuerdan que al mirar el agua que corre por la ciudad subyacen simultáneamente percepciones distintas, saltando en una misma conversación las frases “Yo creo que lo podríamos ver ya como canal, sus fuentes ya no son de agua limpia, es más un foco de infección” o “Los árboles, ¿quién los riega? Nadie, y siempre están frondosos”.

Para salvar al río hay que asumir que el rescate es un proceso largo, que no corresponde a un solo actor ni a un solo tiempo, que requiere de colaboración colectiva y continuidad administrativa. Y planear en consecuencia. Empezando por conocer quién está trabajando al respecto, para poder sumar. Transparentando la información de quienes desde el gobierno o la academia se dicen activos, pero pocos sabemos de qué forma, si invirtiendo recursos, produciendo investigación, realizando monitoreo o desarrollando tecnologías. Habilitando un espacio de vinculación que urge para trascender los esfuerzos dispersos, truncos y fallidos, donde podamos poner sobre la mesa las dificultades encontradas.

Quizá también tenemos que dejar de ver al río de la manera que nos ha llevado a tenerlo como lo tenemos y empezar a verlo de un modo que nos permita tenerlo como lo queremos. Como espacio cultural y epicentro de vida biológica, que al ser cuerpo de agua, y dado el ciclo hidrológico, puede quedar limpio si se suspende la fuente de contaminación. Verlo como lo que siempre lo ha sido pero dejamos de ver hace siglos, cuando detrás del romántico mito del marqués benefactor quedaron ocultos los dilemas e intereses encontrados. Contaminadores ligados al poder político que, negándose a dejar de contaminar, prefirieron optar por un sistema artificial que resolvió en lo inmediato pero sentó una condena para el futuro. Pobladores que, en la comodidad de la conducción de aguas limpias para sus casas y comercios, aceptaron una decisión sin la cual hoy por hoy no tendríamos problema. Un dilema que parece seguir vigente entre la tentación de entubar y la intención de recuperar el río Querétaro.  

Quien no conoce su historia, dicen…

 

* Recopilación histórica basada en revisión de archivos y consulta de investigaciones académicas 

Eco Maxei
Autor: Eco Maxei
Eco Maxei Querétaro AC es una organización sin fines de lucro cuya misión es fomentar la coexistencia armónica entre las personas y con la naturaleza. Somos una organización multidisciplinaria, fundada e integrada por jóvenes agentes de cambio desde 2014.


Hallan microplásticos tóxicos en agua embotellada proveniente de México y otros países

Se encontró que 90% de las botellas tiene estas partículas, que se adhieren al agua que bebemos.

En la actualidad, gran parte del agua que consumimos en áreas urbanas es embotellada. Se trata de una forma de consumir el agua que hace algunas décadas habría sido considerada inútil, pues en muchos países era –y sigue siendo– posible tomar agua del grifo, pues ésta es potable.

Lamentablemente, el agua embotellada se impuso como una necesidad debido, por un lado, a la desinformación, y por el otro, al nulo mantenimiento de las tuberías en muchos países. Es el caso de México, donde el mercado del agua embotellada comenzó en 1991 tras los brotes de cólera que se presentaron en algunas entidades del país, y siguió creciendo debido al temor tanto a las bacterias como a los materiales nocivos con los que se construyeron las tuberías, como el asbesto cancerígeno.

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Resulta paradójico, no obstante, que la solución a los problemas del agua potable sean las botellas de plástico, que además de ser altamente contaminantes, han probado ser sumamente nocivas para la salud humana. A otras investigaciones al respecto se suma un nuevo estudio, realizado por la Universidad Estatal de New York y revisado y sustentado por la World Health Organization, el cual reveló que de 259 botellas de plástico, el 90% contenía pequeñas partículas de plástico.

Las botellas provenían de nueve países: México, EEUU, China, Brasil, India, Indonesia, Líbano, Kenya y Tailandia, y todas eran de marcas bien posicionadas en el mercado.

Los microplásticos son diminutas partículas de plástico desprendido de las botellas. Los investigadores encontraron en promedio 10 de estas partículas por cada litro de agua, y otras 314 partículas que asumen que podrían ser de plástico, pero que no pudieron identificar.

Según los científicos, los microplásticos podrían provenir del proceso de embotellamiento, o incluso desprenderse de las tapas al abrir la botella.

La preocupación principal respecto a estas partículas es que puedan liberar químicos nocivos para la salud y que debido a su tamaño puedan viajar por el tracto gastrointestinal y propagarse en el resto del cuerpo. Incluso, señalan los investigadores, las micropartículas podrían pasar hacia el sistema límbico cerebral y adherirse a los ganglios linfáticos, mismos que pueden desarrollar cáncer.

Ante toda esta evidencia y lo que pudiera descubrirse en un futuro, nuestro papel como consumidores es permanecer atentos. Y sobre todo, no olvidar que el agua potable es un derecho, y que en países como México ningún hogar debería estar comprando la absurda cantidad de mil 500 litros de agua embotellada al año. Es una tarea ciudadana (y necesaria) abogar por óptimas condiciones para beber agua, que no impacten a nuestra salud ni al planeta.