Conoce porqué el jardín de Frida Kahlo será replicado por el Jardín Botánico de Nueva York

Este espacio colmado de plantas endémicas es atractivo por su diseño y la trascendencia que tuvo en la vida de la artista

Los jardines, un exquisito uso milenario, han estado estrechamente ligados a las artes y los creadores. Estos espacios, donde estos últimos divagaban entre la “ociosidad” y la creatividad, como Claude Monet, entre muchísimos, fueron el encuadre perfecto para que las ideas y las formas se materializaran con un puente verde de por medio. 

Además de los notables beneficios de tener un jardín recordemos que estar en contacto con un área verde nos hace incluso sentirnos más exitosos en la vida, por lo tanto menos frustrados y por ello, más felices; también ofrecen un espacio de soledad: ¿has notado que, cuando estás en la naturaleza, aunque estés presente con más personas, sueles sentirte más introspectivo?, lo cual es significativamente positivo para la creatividad. 

En este sentido, otra de las artistas cuyo trabajo mantuvo una estrecha relación con su jardín fue la pintora mexicana Frida Kahlo. De Kahlo se dice que vivió y murió mirando su jardín. Como Diego Rivera, el también pintor y esposo de Frida, pintaba plantas endémicas mexicanas constantemente, estas eran parte de su jardín; de igual manera, Kahlo era una ferviente estudiante de botánica.

Decorado con una gran variedad de cactáceas (magueyes, nopales, viejitos, biznagas, yucas) y adornado con figuras prehispánicas auténticas de la colección de Rivera, hoy la diversidad en este espacio está impregnada de truenos, fresnos, jacarandas, una palma y un tepezcohuite. Siendo un espacio que marcó fuertemente la creación de ambos artistas, el Jardín Botánico de Nueva York inaugurará una réplica de este sitio la próxima primavera.

Las macetas de terracota, el camino de piedras volcánicas y muchas de las particularidades prehispánicas del jardín serán imitadas como una manera de acercar al público al túnel verde de la casa de estos pintores fascinantes y extrovertidos del siglo pasado, que sedujeron a una generación entera.



Sobre por qué hoy es más importante que nunca estar cerca de un jardín

Los jardines han sido siempre espacios para cultivar la imaginación y los sentidos; hoy, además, podrían ser un recurso de supervivencia.

Un jardín es el más puro de los placeres humanos. 

Francis Bacon

La digitalización de la realidad

Nadie niega que el mundo digital tiene sus mieles, ni siquiera considerando las agendas y conductas que terminarían rigiéndolo. De hecho, en una de sus facetas, Internet es esa biblioteca infinita con la que muchos soñamos alguna vez. El problema es que si este espacio, por cierto cada vez más demandante, reemplaza nuestro contacto con la “realidad” asible, estamos entonces alimentando una posibilidad aterradora: perder por completo nuestro lazo con eso que podríamos llamar el origen –todo aquello que estuvo antes que nosotros, y que seguro nos verá pasar–.

Por fortuna, ante la pérdida de corporalidad, el desconcierto de una temporalidad poco humana y el influjo determinante de algoritmos, tres de los ingredientes de la digitalización de nuestra realidad, existen espacios de refugio y contrapeso. Estos rincones alimentan nuestro vínculo con, dicho de forma literal pero también figurada, lo palpable. 

 

Los jardines antidigitales

Si lo digital (redes sociales, mensajería instantánea, voyeur electrónico, hiperacceso informativo, narcisismo binario, ultraconectividad, etc.) domina buena parte de la cultura actual, ¿podrías imaginar algo más contracultural, más “equilibrante”, que cultivar y disfrutar de un jardín?

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Un jardín es un sitio en esencia sensorial; su naturaleza es rítmica (y su ritmo natural), obliga paciencia; un jardín provee una experiencia estética, incluso erótica, pero también demanda interacción física y dedicación; es un lugar mundano pero que propulsa la imaginación, tan básico como trascendental, accesible y naturalmente sofisticado.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, por cierto una de las voces críticas más interesantes hoy, advierte que tener un “jardín secreto” es lo que le ha permitido, entre otras medidas, refugiarse:

…durante 3 años he cultivado un jardín secreto que me ha dado contacto con la realidad: colores, olores, sensaciones… Me ha permitido percatarme de la alteridad de la tierra: la tierra tenía peso, todo lo hacía con las manos; lo digital no pesa, no huele, no opone resistencia, pasas un dedo y ya está… es la abolición de la realidad.

Bacon, Voltaire, Borges, Dickinson, Monet y Carroll son sólo algunos de los devotos de estos sitios; lo mismo que antiguos reyes árabes y los mayores maestros zen. Algo tienen los jardines que nos encandila desde siempre. Pero ahora no sólo figuran como proveedores de una exquisitez sensorial y una guarida estética; hoy los jardines se presentan como una suerte de bálsamo, como un generoso instrumento de supervivencia y re-humanización. De hecho, está comprobada una correspondencia entre la jardinería y estados como la relajación, la satisfacción y la calma.

 

Entre la información y la tierra

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“Si tienes un jardín y una biblioteca, tienes todo lo necesario”, decía Marco Tulio. Curiosamente, algo así es a lo que muchos podríamos aspirar hoy. A fin de cuentas no se trata de buscar un exilio digital, algo inviable para la mayoría. En cambio, se trata de simplemente ejercer una práctica arquetípica: la búsqueda consciente del equilibrio.

Tal vez si logramos envolver nuestro “yo digital”, con sus proyecciones narcisistas, sus ritmos antibiológicos y sus caudales de información, en flores de lavanda, helechos y contemplación de hormigas, entonces aprovecharemos lo mejor de dos mundos. Tal vez buena parte de las respuestas que estás buscando en este instante te estén esperando ahí, en un jardín. Y en ese caso, sería una tristeza no acudir a esa cita.

Javier Barros del Villar
Autor: Javier Barros del Villar
Editor digital. Toma té y vive parte del tiempo en las montañas.


Crean en Singapur árboles artificiales de 50 m que generan electricidad (VIDEO)

Árboles artificiales de 50 metros que generan electricidad y sirven como pantallas multimedia se alzan dentro de los fabulosos Jardines de la Bahía en Singapur.

Como si quisiera imitar uno de esos reinos que evoca la literatura fantástica, la ciudad de Singapúr se ha propuesto invertir el orden acostumbrado y hacer “una ciudad dentro de un jardín” (y no un jardín dentro de una ciudad). Esta ambiciosa tentativa, promulgada en una ciudad que se encuentra en la vanguardia de la tecnología, tiene hasta ahora a su “joya de la corona” en los Jardines de la Bahía, más de 101 hectáreas en el corazón del nuevo centro de la ciudad. 

Con una sed de totalidad, estos jardines reproducen una gran cantidad de los ecosistemas que se encuentran en el mundo, pero añaden el “tecno-toque” que caracteriza a esta incipiente potencia asiática. Dentro de los Jardines de la Bahía se erige un bosque eléctrico de árboles solares. Estos “súper-árboles”, de hasta 50 metros de altura,  son en realidad jardines verticales compuestos de “piel” de bromelias, helechos y enredaderas florales; en el día proporcionan sombra y en la noche se iluminan y se convierten en pantallas digitales. Once de ellos tienen células solares que generan electricidad y tecnología hidráulica para ayudar a conservar los jardines.

Recientemente inaugurados en un banquete de luz y sonido de 10 días, los “súper-árboles” solares exhiben un feliz matrimonio entre naturaleza y tecnología, y, por supuesto,  enarbolan una nueva y estimulante estética que surge de esta fusión.