Monsanto anuncia apertura de un centro de investigación de maíz híbrido en México

Algunos científicos cuestionan los efectos ecológicos de estos experimentos aunque no se traten específicamente de transgénicos

Las semillas híbridas provienen de una planta híbrida, es decir, del resultado del cruce de dos plantas de distinta especie no muy diferentes entre sí. Los seres humanos han generado semillas híbridas por milenos; de hecho, en México existen tantas variedades de maíz, al rededor de 64, justo por estos experimentos ancestrales.

Las semillas híbridas no tienen efectos nocivos en la salud o en el medio ambiente y se diferencian de los transgénicos porque sus genes no han sido alterados con otros de especies muy distintas a la suya. En estos días, medios locales del estado de Jalisco, México, han anunciado que la empresa Monsanto creará un centro global para desarrollar semillas de maíz híbridas.

Hoy en México muchos agricultores emplean semillas híbridas para sus sembradíos, pero el cultivo y comercialización de transgénicos, que tanto han sido promovidos por Monsanto, persisten varados por recursos legales interpuestos desde la sociedad civil. Algunos analistas consideran que el anuncio de la empresa sobre la creación de su centro es en realidad una estrategia para ampliar su influencia en el país.

El Centro Global de Tecnología que será edificado en Tlajomulco de Zúñiga, cerca de Guadalajara, servirá para centralizar las investigaciones de las semillas de maíz, sobre todo para el mercado de EE.UU. Según la empresa, el objetivo es crear una nueva variedad resistente a las enfermedades que afectan al maíz. Aunque el lugar estará dedicado a desarrollar estudios para semillas híbridas, algunos científicos indican que este tipo de maíz también dañaría la biodiversidad y contaminará las semillas locales.

 

 

 



Este mapa muestra el avance del cultivo de transgénicos en México (te explicamos por qué urge frenarlo)

La tecnología genética está apostando por dominar las bases vitales de la naturaleza: ¿lo permitiremos?

Los transgénicos son, quizá, el límite más distópico al que nos ha llevado hasta ahora la experimentación hecha con los alimentos. Va mucho más allá de la ya de por sí nociva comida procesada (algo que ha dejado saldos desastrosos en todo el mundo, incluyendo pandemias de obesidad y diabetes).

Ahora nos enfrentamos a la modificación genética de los alimentos primigenios: una intrusión en las bases genéticas de las semillas, con la cual el dominio de la naturaleza por el hombre a llegado a límites tan insospechados como peligrosos. En la actualidad estamos alimentándonos de cultivos modificados, cuyos genes son alterados al punto de trascender las barreras reproductivas que existen entre distintas especies. ¿Qué podría provocar este fenómeno? En realidad, se trata de cambios cuyas consecuencias para nuestro organismo a largo plazo aún no se saben, como tampoco se sabía en su momento lo que la industria de la comida procesada podía generar.

La pregunta más importante sería: ¿cuándo se les ocurrió a unos pocos que el planeta podía ser su laboratorio, y nosotros sus sujetos de experimentación?

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No obstante, los transgénicos ya tienen un lado oscuro conocido: la modificación de la reproducción de los cultivos ha implicado el desgaste paulatino de las culturas indígenas, cuyas vidas giran en torno a los ciclos agrícolas naturales. Además, los transgénicos son una sentencia de muerte para las 64 de razas de maíz en México, pues se están creando híbridos antes inexistentes que podrían llegar a sustituir permanentemente a las razas nativas. Por si fuera poco, el monopolio de algunas trasnacionales sobre los productores locales (pues ellas ostentan la patente de las semillas) deja a los campesinos en más incertidumbre que nunca respecto a su futuro.

Más del 90% de los las tortillas consumidas en México tienen secuencias de maíz transgénico.

Lo peor es que los cultivos transgénicos han avanzado mucho en el territorio mexicano, pese a la resistencia de campesinos e indígenas, pues el país está siendo repartido entre unas pocas trasnacionales, como Monsanto y Bayer. Entre el 2005 –año en que se publicó en México la Ley Monsanto– y el 2017, sólo la Ciudad de México, Guerrero, Oaxaca y Tabasco han permanecido “libres” de esta embestida genética, aunque el cultivo ilegal sí ha llegado hasta estos territorios. Por su parte, el cultivo “legal” que se ha concesionado gracias a esta ley ha beneficiado expresamente a Monsanto y otras trasnacionales.

Desde el 2005, se le ha dado a las trasnacionales una extensión territorial equivalente a más de 20 mil veces el tamaño del Bosque de Chapultepec.

Este mapa del Centro de Estudios para el Cambio en el Campo Mexicano (CECCAM) y cuya difusión agradecemos al portal Sin Embargo, muestra la evolución de los transgénicos en el territorio y sus diversas fases:

 

¿Qué se está proponiendo contra la distopía genética?

Cabe destacar que durante el proceso electoral en marcha, pocos ecos se han escuchado respecto a la problemática de los transgénicos y el campo. Una voz colectiva con fuerza es la de la comunidad académica y de alumnos de la Universidad Autónoma de Chapingo, quienes han llamado a los candidatos presidenciales a que se apoyen en las nuevas generaciones de agrónomos para implementar políticas públicas que doten de nueva vida al campo, sin abusar del uso de tecnologías nocivas como los transgénicos.

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¿Y qué podemos hacer nosotros?

Son momentos en los que deberíamos estar regresando al campo y a la siembra, para combatir pandemias como la obesidad y para revitalizar la soberanía alimentaria. Sin embargo, las trasnacionales como Monstanto proponen erigir a la tecnología por encima de la naturaleza: tal soberbia es algo que no podemos permitir, ni siquiera si se hace en aras de generar “alternativas” de cultivo ante el cambio climático y las plagas. En lugar de eso hay que hacer cambios en las bases de nuestros insostenibles modos de vida, acercándonos a la naturaleza con humildad y con saberes ancestrales que han demostrado ser mucho más viables que nuestra fastuosa tecnología.

No podemos seguir dependiendo de las decisiones que tome la comunidad científica especializada y las grandes trasnacionales, si es que queremos volver a las bases resilientes que caracterizaban a la vida en el planeta antes de que el hombre irrumpiera bruscamente en su equilibrio. Para ello hacen falta nuevas filosofías y pensamientos: nuevas propuestas para reaprender a habitar este mundo y trabajar el campo. Y que la tecnología –sobre todo la tecnología genética– no se vuelva nuestra condena inminente, como sucede en las distopías de ciencia ficción.

 

* Imágenes: 1) Enrico Becker; 2) Marco Polo Guzmán Hernández; 3) CC