Entérate de lo que está y no permitido en el tema de los transgénicos en México

Las leyes consienten que hoy se apliquen experimentaciones de cultivo y programas piloto. Conoce los alimentos sembrados con fines probatorios pese a un escepticismo social

Todos en algún momento hemos escuchado algún comentario macabro sobre los transgénicos, o al menos sobre sus empresas productoras. Desde el hecho de que las semillas (el inicio de la cadena alimenticia) sean patentadas, y por lo tanto privatizadas, suena temible. ¿Te imaginas que el alimento del mundo pertenezca a los de por sí poderosos consorcios? Y más aún, ¿si los transgénicos contaminan los cultivos adyacentes?

Las discusiones científicas sobre los efectos de los transgénicos, nocivos o benéficos, para la salud humana y el medio ambiente apuntan, en resumen, a la ambigüedad. Es decir, no existe certeza de las consecuencias de los transgénicos y esto, en cierto sentido, bastaría para tener prudencia con el tema hasta alcanzar mayor certidumbre. Lo que es un hecho es que las coroporaciones transgénicas más grandes suelen incurrir en prácticas poco éticas.

En México el primer contacto con transgénicos comenzó con la importación de productos provenientes de Norteamérica, acentuado el hecho con la firma del Tratado de Libre Comercio con América del Norte. Cabe recalcar que en este país no es obligatorio que el etiquetado especifique la presencia de transgénicos en un producto; por ello, quizá desde hace más de 1 década la población ha consumido, sin saberlo, productos transgénicos.

Más tarde, en 2005, con la creación de la Ley de Bioseguridad de Organismos Genéticamente Modificados se establecieron tres etapas para la posibilidad de los cultivos genéticamente modificados: la experimental, la liberación al ambiente en programa piloto y la comercial.

¿Hoy dónde estamos?

Hasta hoy se ha permitido, mediante la Secretaría de Agricultura, Pesca y Ganadería (SAGARPA), que los transgénicos avancen en el grado de cultivos de experimentación y la liberación al ambiente en el programa piloto. Aún no se ha autorizado la venta comercial de cultivo transgénico mexicano.

¿Cuántos permisos se han otorgado?

Hasta 2013, las empresas agrícolas trasnacionales consiguieron 740 permisos para sembrar maíz, soya, trigo y canola genéticamente modificados en casi 6 millones de hectáreas en el país, pero tres comunidades lograron revertir estos permisos de soya transgénica en dos estados enteros, un alcance inédito: en Campeche y en Yucatán.

En el caso del maíz, organismos ciudadanos han logrado que no se cultive maíz transgénico, ni siquiera en una etapa de experimentación. Esa resolución se ha mantenido desde hace 4 años, e incluso un tribunal determinó recientemente que los argumentos de Monsanto para omitir esta determinación eran inválidos.

¿Qué sigue?

El esfuerzo de la sociedad civil está mostrando que la vía judicial puede ser un aliado para defender derechos colectivos. Aunque se ha afirmado que la Reforma Agraria que promoverá el presidente de México, Enrique Peña Nieto, pretende promover la comercialización de transgénicos, está creciendo una conciencia sobre la necesidad de pelear por la pureza de los alimentos. Los logros anteriores pintan una nueva etapa en la defensa de la seguridad alimentaria libre de la -con motivos- polémica transgenia.



Este mapa muestra el avance del cultivo de transgénicos en México (te explicamos por qué urge frenarlo)

La tecnología genética está apostando por dominar las bases vitales de la naturaleza: ¿lo permitiremos?

Los transgénicos son, quizá, el límite más distópico al que nos ha llevado hasta ahora la experimentación hecha con los alimentos. Va mucho más allá de la ya de por sí nociva comida procesada (algo que ha dejado saldos desastrosos en todo el mundo, incluyendo pandemias de obesidad y diabetes).

Ahora nos enfrentamos a la modificación genética de los alimentos primigenios: una intrusión en las bases genéticas de las semillas, con la cual el dominio de la naturaleza por el hombre a llegado a límites tan insospechados como peligrosos. En la actualidad estamos alimentándonos de cultivos modificados, cuyos genes son alterados al punto de trascender las barreras reproductivas que existen entre distintas especies. ¿Qué podría provocar este fenómeno? En realidad, se trata de cambios cuyas consecuencias para nuestro organismo a largo plazo aún no se saben, como tampoco se sabía en su momento lo que la industria de la comida procesada podía generar.

La pregunta más importante sería: ¿cuándo se les ocurrió a unos pocos que el planeta podía ser su laboratorio, y nosotros sus sujetos de experimentación?

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No obstante, los transgénicos ya tienen un lado oscuro conocido: la modificación de la reproducción de los cultivos ha implicado el desgaste paulatino de las culturas indígenas, cuyas vidas giran en torno a los ciclos agrícolas naturales. Además, los transgénicos son una sentencia de muerte para las 64 de razas de maíz en México, pues se están creando híbridos antes inexistentes que podrían llegar a sustituir permanentemente a las razas nativas. Por si fuera poco, el monopolio de algunas trasnacionales sobre los productores locales (pues ellas ostentan la patente de las semillas) deja a los campesinos en más incertidumbre que nunca respecto a su futuro.

Más del 90% de los las tortillas consumidas en México tienen secuencias de maíz transgénico.

Lo peor es que los cultivos transgénicos han avanzado mucho en el territorio mexicano, pese a la resistencia de campesinos e indígenas, pues el país está siendo repartido entre unas pocas trasnacionales, como Monsanto y Bayer. Entre el 2005 –año en que se publicó en México la Ley Monsanto– y el 2017, sólo la Ciudad de México, Guerrero, Oaxaca y Tabasco han permanecido “libres” de esta embestida genética, aunque el cultivo ilegal sí ha llegado hasta estos territorios. Por su parte, el cultivo “legal” que se ha concesionado gracias a esta ley ha beneficiado expresamente a Monsanto y otras trasnacionales.

Desde el 2005, se le ha dado a las trasnacionales una extensión territorial equivalente a más de 20 mil veces el tamaño del Bosque de Chapultepec.

Este mapa del Centro de Estudios para el Cambio en el Campo Mexicano (CECCAM) y cuya difusión agradecemos al portal Sin Embargo, muestra la evolución de los transgénicos en el territorio y sus diversas fases:

 

¿Qué se está proponiendo contra la distopía genética?

Cabe destacar que durante el proceso electoral en marcha, pocos ecos se han escuchado respecto a la problemática de los transgénicos y el campo. Una voz colectiva con fuerza es la de la comunidad académica y de alumnos de la Universidad Autónoma de Chapingo, quienes han llamado a los candidatos presidenciales a que se apoyen en las nuevas generaciones de agrónomos para implementar políticas públicas que doten de nueva vida al campo, sin abusar del uso de tecnologías nocivas como los transgénicos.

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¿Y qué podemos hacer nosotros?

Son momentos en los que deberíamos estar regresando al campo y a la siembra, para combatir pandemias como la obesidad y para revitalizar la soberanía alimentaria. Sin embargo, las trasnacionales como Monstanto proponen erigir a la tecnología por encima de la naturaleza: tal soberbia es algo que no podemos permitir, ni siquiera si se hace en aras de generar “alternativas” de cultivo ante el cambio climático y las plagas. En lugar de eso hay que hacer cambios en las bases de nuestros insostenibles modos de vida, acercándonos a la naturaleza con humildad y con saberes ancestrales que han demostrado ser mucho más viables que nuestra fastuosa tecnología.

No podemos seguir dependiendo de las decisiones que tome la comunidad científica especializada y las grandes trasnacionales, si es que queremos volver a las bases resilientes que caracterizaban a la vida en el planeta antes de que el hombre irrumpiera bruscamente en su equilibrio. Para ello hacen falta nuevas filosofías y pensamientos: nuevas propuestas para reaprender a habitar este mundo y trabajar el campo. Y que la tecnología –sobre todo la tecnología genética– no se vuelva nuestra condena inminente, como sucede en las distopías de ciencia ficción.

 

* Imágenes: 1) Enrico Becker; 2) Marco Polo Guzmán Hernández; 3) CC



¿Por qué están muriendo tantos defensores ambientales en el mundo?

Proteger al medio ambiente y luchar por la tierra es vital; sin embargo, los ambientalistas se enfrentan, paradójicamente, a la posibilidad de morir por ello.

En los últimos años, la violencia contra los defensores del medio ambiente ha escalado considerablemente. El periódico The Guardian, en un intento por hacer visible esta terrible situación, ha generado un registro en línea en donde da cuenta de todas las muertes ligadas a la defensa del planeta y sus recursos naturales. Según sus estadísticas, es probable que en una sola semana mueran alrededor de cuatro defensores de la tierra.

Diversos países en América Latina se encuentran entre los más peligrosos para los defensores ambientales. La causa principal son las industrias que invierten en megaproyectos de explotación de la tierra. Buscando la conservación ambiental, activistas locales e internacionales realizan acciones pacíficas para llamar la atención de gobiernos y otras instituciones. Además de la protesta, se dedican a documentar lo que ocurre en cada localidad o a intervenir físicamente los espacios, para cerrar el paso a las empresas frecuentemente extranjeras que invaden el territorio.

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Como resultado, reciben amenazas, son víctimas de violencia física e incluso son asesinados. Los gobiernos de muchos de los países afectados no han efectuado acciones concretas para frenar esta situación. En su lugar, las concesiones otorgadas para la explotación desmedida de la tierra se siguen sumando.

La minería es la industria más letal en este sentido (y también de las más dañinas para el medio ambiente), seguida de la explotación forestal, la agricultura comercial, las hidroeléctricas y la caza furtiva. Los países más peligrosos, según The Guardian, son Brasil, Colombia, Filipinas y Honduras. Este último tiene la mayor cantidad de muertes por número total de habitantes. En México, en los últimos tres años, se ha registrado la muerte de más de 20 defensores de la tierra.

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Berta Cáceres, ambientalista hondureña asesinada.

Entre ellos se cuenta a Gabriel Ramos Olivera, un guardabosque del parque nacional de Chacahua en Oaxaca. Él fue presuntamente asesinado por cazadores furtivos. Ramos Olivera, era un biólogo dedicado a la protección y conservación de las lagunas encontradas en el parque, en donde habitan tortugas y cocodrilos, ambos en peligro de extinción. También relata The Guardian, el asesinato de Isidro Baldenegro López, campesino tarahumara y protector del bosque. Ganó el premio Goldman por sus campañas pacíficas en contra de la deforestación. La historia de Baldenegro siempre ha estado ligada al activismo medioambiental, pues su padre también fue asesinado por luchar en contra de la explotación forestal de la Sierra Madre de Oaxaca.

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Hacer visibles estas devastadoras historias es mucho más que un homenaje a la vida de los defensores de la tierra: es un llamado a la acción. Este llamado apela a las autoridades, responsables de aplicar estrategias para terminar con la violencia y  parar la impunidad con la que operan las industrias que explotan los recursos naturales; pero también nos habla a todos. La conciencia sobre lo que está ocurriendo en nuestros ecosistemas, nos invita a pensar en los recursos que estamos consumiendo. Cada uno de nosotros puede elegir productos fabricados con materias primas sustentables, extraídas de forma legal y socialmente responsable. Son muchos los que están defendiendo a la tierra, pero desafortunadamente son más los que continúan financiando la violencia que conlleva la explotación desmedida de nuestro entorno.

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También en Ecoosfera: 

Un recuento de activistas ambientales asesinados en América Latina

 

*Imagen principal:  Luis Cortés