Descubre cómo adornar tu hogar con estas kokedamas

Las kokedamas, plantas ornamentales, son unas pequeñas bolas de musgo que sostienen arbustos o plantas florales

Las kokedamas, plantas ornamentales, son unas pequeñas bolas de musgo que sostienen arbustos o plantas florales. Aparecieron en Japón a principios de la década de los 90 como una fusión de varias técnicas ancestrales como el nearai, kusamono y bonsai. 

Del japonés koke, que quiere decir musgo, y dama, bola, esta técnica unifica el simbolismo de lo tradicional y la practicidad de la modernidad. Gracias a su accesibilidad, las kokedamas son plantas ideales para mantenerlas en el interior del hogar. 

Con un poco de paciencia, puedes hacer una kokedama tú mismo. Sólo necesitas: 

1 planta pequeña, tierra para macetas, tierra para bonsai (o tierra akadam), musgo seco, hojas de musgo, tijeras, hilo y 1 jarra de agua. 

Primero elige una planta de interiores, limpiando sus raíces para eliminar la suciedad. Mientras tanto, coloca el musgo seco en el agua hasta que se humedezca, y entonces envuelve las raíces de la planta con él; aprieta con suavidad a fin de eliminar el exceso de agua. Finalmente, envuelve el musgo con hilo de algodón hasta formar una bola. A continuación mezcla ambos tipos de tierra, usando un poco de agua. Divide la bola en dos para colocar las raíces, envueltas previamente en el musgo, en la tierra y así volverlas a unir. Para terminar, cubre la bola con hojas de musgo y colócala en un plato. 

Recomendaciones: evita que se exponga de manera directa al Sol; no aprietes demasiado a la kokedama; rocía las hojas con agua en caso que el ambiente sea seco; sumerge la bola de musgo cuando esté seca; evita el exceso de agua; limpia las hojas con un algodón humedecido; corta las hojas secas; cose los hilos con aguja en caso que se rompan; habla con tu kokedama. 

Gergely Hideg / Flickr

Fotografía principal: Gergely Hideg / Flickr



Las abejas usan los hongos como medicina (y esto podría evitar su extinción)

Este instinto en las abejas ha sido estudiado por un experto en hongos, que cree poder salvar a estos nobles polinizadores.

Los seres humanos hemos desarrollado una fijación con el futuro. Pero para salvar el presente deberíamos voltear hacia atrás y volver a la naturaleza; o por lo menos a sus principios. Porque si retomáramos su inherente sabiduría y resiliencia podríamos resolver muchos de los problemas actuales que nos están acercando peligrosamente a la catástrofe mundial.

El más contundente ejemplo de lo anterior está en las abejas, que no sólo son seres con una serie de comportamientos fascinantes, sino que incluso podrían haber encontrado la manera de eludir la extinción a la cual las estamos conduciendo desde principios de este siglo.

Las abejas han encontrado una cura a todos estos males en los hongos.

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Pero, ¿que está extinguiendo a las abejas?

Las colonias de abeja están experimentando lo que los expertos han llamado un “colapso”, es decir: las abejas están muriendo de manera masiva, causando el colapso de sus complejas comunidades. Esto tiene que ver con una docena de razones que investigadores como el mexicano Ernesto Guzmán-Novoa se han dedicado a develar.

El uso masivo de pesticidas tóxicos –por ejemplo, los de Monsanto– es la principal causa detrás del colapso de las colonias de abejas. Pero no solamente: la contaminación del aire les dificulta localizar las flores, y el cambio climático está trastocando los ciclos naturales. No obstante, ahora lo fundamental es curar a las abejas de los virus que las invaden, mientras se pone en marcha el uso de pesticidas alternativos.

Por qué un extracto en los hongos cura a las abejas

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En un estudio reciente publicado en la revista Nature se probó a dos grupos de abejas. El primer grupo  se alimentó de jarabe de azúcar mezclado con un extracto del micelio fúngico –una serie de filamentos presentes en los cuerpos del hongo. Este grupo desarrolló defensas contra dos virus comunes que están causando el colapso. Al segundo grupo, que sólo se les alimentó del jarabe de azúcar, resultó ser mucho más propenó a contraer ambos virus.

Lo más curioso es que el estudio se llevó a cabo… porque las propias abejas condujeron a él.

En 1984, el micólogo, escritor y activista Paul Stamets notó que las abejas en su patio se alimentaban de los hongos que usaba para sus investigaciones, creyendo que lo hacían por las azúcares naturales presentes en los hongos. Pero sabiendo sobre las propiedades mágicas del micelio fúngico –que entre otras cosas es un gran antiviral–, Stamets pronto se preguntó si las abejas no estarían más bien medicándose con los hongos.

Entonces Staments comenzó a colaborar con Walter Sheppard, jefe del departamento de entomología de la Washington State University. Ambos analizaron los efectos del micelio, y sus estudios los llevaron hasta el más reciente estudio citado, publicado en Nature este año, y que es la conclusión de sus investigaciones a lo largo de 12 años.

Las abejas condujeron al descubrimiento del primer antiviral para insectos.
Con un poco de nuestra ayuda, esto podría evitar su extinción.

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Staments y su equipo seguirán probando esta insospechada cura en las colonias de abejas, esperando encontrar la solución al colapso de éstas. Pero en lo que esto sucede, este caso ya puede –y debe– servir como una pista para la humanidad, la cual nos está urgiendo a ver cómo la naturaleza es capaz de sobrellevar, incluso, el daño que le estamos causando. Sobre todo debemos concentrarnos en lo que podemos aprender de esto para poder ayudarle a resarcir nuestros errores.

Porque aún estamos a tiempo, no sólo de salvar a las abejas, sino a la casa que compartimos con ellas. Y parece que el precioso y virtuoso reino del fungi será en esto un gran aliado.



El arte japonés de inventar cosas inútiles: una parodia de nuestra realidad

Una prueba de que lo absurdo es parte inherente de la vida.

En Japón existe un arte conocido como chindōgu, el cual consiste en inventar gadgets que parecieran una ingeniosa solución a problemas cotidianos, pero que en realidad son inventos completamente inútiles. Eso sí: sirven para parodiar la realidad de manera por demás ingeniosa.

La palabra chindōgu se traduce como “herramienta extraña”, y fue usada por primera vez por el inventor japonés Kenji Kawakami, también editor de la revista para amas de casa “Mail Order Like”.

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En el Japón de 1990 era posible encontrar libros enteros dedicados a estos inventos inútiles, llamados Unuseless Japanese Inventions. Cada una mostraba al menos 100 inventos reales, fotografiados y descritos como si se tratase de productos disponibles en el mercado.

Entre los extravagantes gadgets se podían encontrar paraguas para zapatos, palillos con mini-ventiladores para enfriar los noodles, zapatos con agujeros en las suelas para evitar tropezar con canicas y, lo mejor: pantuflas para gato con quita polvos integrado, para hacer de los gatos aliados en la limpieza del hogar.

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En 1995 uno de los inventos destacados del libro 101 Unuseless Japanese Inventions fue el selfie stick, que 30 años más tarde se comercializaría en todo el mundo con un éxito rampante.

Así es: el selfie stick fue un chindōgu

La idea vino a Hiroshi Ueda, un aficionado a la fotografía y trabajador en una compañía de cámaras quien, durante unas vacaciones con su esposa, le dio su cámara a unos niños para que les tomaran una foto, pero estos se echaron a correr. De esa mala experiencia surgió el “Self Portrait Camera Stick” en 1983, el cual intento ser comercializado por la compañía donde trabajar Ueda, pero sin éxito alguno. Por eso, el curioso artefacto pasó al catálogo de chindōgu en 1995, y su patente se venció en 2003 sin que Ueda hiciera nada por evitarlo.  

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Tres décadas después, el selfie stick se convertiría en uno de los inventos más vendidos del siglo XXI…

¿Absurdo? Sin duda

El arte del chindōgu sin duda coquetea con lo absurdo, y es un deudor de esta filosofía. Porque lo absurdo ocurre ahí donde existe un conflicto entre la búsqueda por el sentido de la vida, por un lado, y la imposibilidad de encontrarlo en el contexto de lo humano, por el otro.

Lo bonito de esta curiosa materialización del absurdo que es el chindōgu es que demuestra la utilidad de lo absurdo en la vida de una manera por demás ingeniosa. Y es que existe una paradoja: en tanto exista una búsqueda de sentido, la vida cobra sentido. Así que, manteniendo un toque de absurdo en la vida es como de alguna forma la perpetuamos.

¿Qué sería de la existencia si todo tuviera sentido?
¿O si todos los problemas tuvieran solución en un invento?

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Así que también podemos agradecer al selfie stick por formar parte de esos absurdos de la vida que, paradójicamente, la dotan de sentido.

*Nota: odiamos los efectos negativos de la cultura selfie tanto como ustedes. Pero la parodia consiste en poder reírnos de nosotros mismos, lo cual siempre es algo positivo. Bien dijo Albert Camus que:

El absurdo es la lucidez de la razón comprobando sus límites.