Descubre cómo adornar tu hogar con estas kokedamas

Las kokedamas, plantas ornamentales, son unas pequeñas bolas de musgo que sostienen arbustos o plantas florales

Las kokedamas, plantas ornamentales, son unas pequeñas bolas de musgo que sostienen arbustos o plantas florales. Aparecieron en Japón a principios de la década de los 90 como una fusión de varias técnicas ancestrales como el nearai, kusamono y bonsai. 

Del japonés koke, que quiere decir musgo, y dama, bola, esta técnica unifica el simbolismo de lo tradicional y la practicidad de la modernidad. Gracias a su accesibilidad, las kokedamas son plantas ideales para mantenerlas en el interior del hogar. 

Con un poco de paciencia, puedes hacer una kokedama tú mismo. Sólo necesitas: 

1 planta pequeña, tierra para macetas, tierra para bonsai (o tierra akadam), musgo seco, hojas de musgo, tijeras, hilo y 1 jarra de agua. 

Primero elige una planta de interiores, limpiando sus raíces para eliminar la suciedad. Mientras tanto, coloca el musgo seco en el agua hasta que se humedezca, y entonces envuelve las raíces de la planta con él; aprieta con suavidad a fin de eliminar el exceso de agua. Finalmente, envuelve el musgo con hilo de algodón hasta formar una bola. A continuación mezcla ambos tipos de tierra, usando un poco de agua. Divide la bola en dos para colocar las raíces, envueltas previamente en el musgo, en la tierra y así volverlas a unir. Para terminar, cubre la bola con hojas de musgo y colócala en un plato. 

Recomendaciones: evita que se exponga de manera directa al Sol; no aprietes demasiado a la kokedama; rocía las hojas con agua en caso que el ambiente sea seco; sumerge la bola de musgo cuando esté seca; evita el exceso de agua; limpia las hojas con un algodón humedecido; corta las hojas secas; cose los hilos con aguja en caso que se rompan; habla con tu kokedama. 

Gergely Hideg / Flickr

Fotografía principal: Gergely Hideg / Flickr



Johnson & Johnson sabía desde hace décadas que su talco para bebé era cancerígeno

Difícil imaginar algo más siniestro que un grupo de ejecutivos persiguiendo ventas a costa de vidas humanas.

Sicarios, terroristas, genocidas, asesinos seriales y psicópatas activos. Uno pensaría que este breve listado de “roles” englobaría a lo más nocivo de la fauna humana, pero ¿dónde quedan esos ejecutivos que a costa de millones de vidas humanas, del futuro del planeta y de la salud colectiva, persiguen obscenamente mayores ganancias?

El pasado 14 de diciembre se confirmó, vía un reporte publicado por Reuters (que puedes consultar aquí), que la monumental Johnson & Johnson sabía por décadas que su masivamente popular talco para bebé contenía asbesto, una sustancia potencialmente cancerígena, y que en lugar de enmendar su fórmula –suponemos que en detrimento de sus ganancias–, hizo todo lo posible por ocultarlo.

El reporte de Reuters se basa en cientos de documentos internos de esta compañía, además de otros obtenidos a lo largo de juicios contra esta corporación y otros recopilados por periodistas y organizaciones. Todos estos documentos también fueron hechos públicos y puedes consultarlos aquí.

La pulverización de la ética y la moral

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¿Qué nos ha ocurrido como sociedad, incluso como especie, para llegar a escenarios como el que dibuja el caso Johnson & Johnson? ¿En qué momento permitimos el cultivo de grupos que privilegian el margen de rentabilidad de sus respectivas compañías por encima de la vida humana? ¿Cómo vamos a frenar a estos grupos e intereses para erradicarlos a la mayor brevedad posible? ¿Cómo pueden vivir, dormir y reproducirse personas que practican o solapan este tipo de políticas corporativas ? 

Un cambio de paradigma

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Más allá de clamar por un castigo proporcional al daño cometido –si es que existe una pena de esas dimensiones–, y de condenar categóricamente el anti-espíritu que reina detrás de acciones como las de Johnson & Johnson, valdría la pena hacer de este funesto precedente un parteaguas en el papel que juegan las marcas y las compañías en el destino de nuestra especie y en la forma de relacionarnos con el planeta. 

Si los consumidores, es decir todos nosotros, castigamos a las marcas y compañías que atentan contra nuestra salud y la de nuestro entorno, que explotan a sus empleados y recurren a procesos productivos absolutamente irresponsables, que ponen su patológica búsqueda de ganancias por encima de cualquier otro factor y repercusión, entonces estarán irremediablemente condenadas a la extinción. Además, si en cambio premiamos a aquellas marcas y productos que abiertamente están esforzándose por cambiar el paradigma de ganancia a toda costa –aún cuando tengan una historia poco loable pero, hasta cierto punto, “entendible” por la falta de conciencia de momentos anteriores en la historia–, y sobretodo a aquellas iniciativas que desde su misma esencia están orientadas a ser sustentables, entonces este proceso podría acelerarse.   

No se trata necesariamente de inaugurar una cacería de brujas, aunque si de exigir legislaciones que impidan que estas prácticas sigan ocurriendo y castiguen, con toda severidad, a los infractores. En realidad se trata de hacerles entender a las grandes trasnacionales, y a las marcas en general, que si quieren aspirar al privilegio de nuestro consumo, entonces tienen que asegurarnos que el bienestar de todos los involucrados –empleados, consumidores, medioambiente– es prioritario en su operación. 

Esperamos pues que Johnson & Johnson, y muchos otros, paguen por el daño, por cierto irreversible, que le han ocasionado a la sociedad en su persecución de más jugosas ganancias; pero sobretodo deseamos que casos como este alimenten sustancialmente los nuevos y urgentes paradigmas de consumo responsable, ética corporativa y humanización del mercado.   

Si quieres saber cómo convertirte en un consumidor responsable, y por lo tanto en un agente evolutivo, haz click aquí

 



Embellecer un barrio disminuye radicalmente la delincuencia (y funciona mejor que la mano dura)

Además es una forma de tejer lazos entre las comunidades urbanas.

Tiene su encanto ser seres urbanos. Pero lo cierto es que las ciudades, pese a estar densamente pobladas, promueven la fragmentación y el aislamiento de sus habitantes. Esto hace de los entornos citadinos muy complicados: habitarlos se vuelve difícil, ya que muchas de sus dinámicas nos absorben irremediablemente. Mientras tanto, las problemáticas que enfrenta cada ciudad parecen demasiado grandes como para que podamos combatirlas.

Y eso es en gran parte porque las ciudades nos vuelven muy individualistas…

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Quienes habitan las grandes metrópolis carecen de herramientas certeras para contribuir a tener mejores ciudades. Los ciudadanos tienen que dejar todo en manos de gobernantes y empresas, no obstante que éstos suelen traer más problemas que soluciones.

Un ejemplo está en las políticas que permiten que los barrios sean invadidos por la iniciativa privada: que se construyan centros comerciales, o que lleguen reconocidas cadenas comerciales. Esto ocasiona el encarecimiento de la vida y obliga a muchos a desalojar sus hogares, lo que constituye un fenómeno bastante reciente al que se le ha llamado “gentrificación”.

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Por otro lado existen zonas urbanas que son abandonadas, como Detroit, en Estados Unidos. El caso de esta ciudad demuestra mejor que cualquier otra lo que sucede cuando las empresas abandonan una ciudad: la economía comienza a flaquear y, con ésta, la ciudad entra en un proceso de paulatina decadencia. Inevitablemente la criminalidad comienza a subir, y lo único que hace el gobierno es aplicar “mano dura” contra la población a la que abandonó.

Pero existe una alternativa a la decadencia urbana: trabajo colectivo

Se ha comprobado que en zonas urbanas donde los vecinos colaboran en embellecer sus calles y fachadas, las tazas de criminalidad y violencia bajan drásticamente. En Estados Unidos esto ha sido observado por un grupo de investigadores de la Universidad de Michigan, quienes han documentado procesos comunitarios en la ciudad de Flint.

Esta ciudad se convirtió, debido a su paulatina desindustrialización, en una de las más peligrosas de Estados Unidos, con la segunda taza de homicidios más alta. Desde 2012, un grupo de vecinos de Flint comenzaron a limpiar sus calles, a alumbrarlas y a sembrar plantas en sus camellones y lotes.

Para 2108, los ataques con violencia bajaron en un 54%, los atracos en un 83% y los robos a casas y negocios en un 76%

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Esto ha pasado en México también…

Muchos piensan que las pintas callejeras son sinónimo de criminalidad. Por eso, ahí donde hay pintas hay más policías. Sin embargo, en México muchos artistas han demostrado que pintar paredes no es un crimen, y puede regenerar el tejido social de las zonas más marginadas.

Es el caso del barrio Las Palmitas, en Pachuca, Hidalgo. Ahí, el colectivo de artistas Germen Nuevo pintó 200 casas, haciendo de ellas un lienzo gigante que reflejaba la identidad de los habitantes del barrio. Esto hizo que los robos y asaltos disminuyeran un 73% en sólo tres años.

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Así como este hay muchos ejemplos más en México y el mundo, los cuales comprueban que el arte y el trabajo comunitario son agentes de regeneración sociocultural.

No obstante, el porqué de este fenómeno es aún un relativo misterio. Requiere de mayor investigación para que el trabajo comunitario y el arte formen parte de las agendas públicas en combate a la delincuencia. Sin embargo, no se necesitan muchas más pruebas empíricas para comprender que el futuro de las ciudades debe ser un futuro compartido, en el cual trabajemos comunitariamente por tener barrios bellos, espacios iluminados, calles caminables y muchas más áreas verdes donde expandir la conciencia individual y colectiva –en lugar del consumismo desenfrenado–.

Porque nadie lo hará por nosotros, ¿no crees?