¿Hay más granos de arena en la Tierra o estrellas en el universo?

No se puede calcular un número exacto, pero la estimación que se tiene es inesperadamente bella.

Para ver el mundo en un grano de arena,
Y el Cielo en una flor silvestre,
Abarca el infinito en la palma de tu mano
Y la eternidad en una hora.

– William Blake

¿Cuántos granos de arena hay en el planeta, y cuántas estrellas en el universo? Aunque la pregunta sea tautológica –ya que a simple vista la respuesta puede parecer poco útil– el acto de preguntarlo es imprescindible para vislumbrar la maravillosa maquinaria del universo.

Un grupo de científicos en Hawái se propuso contestar estas dos preguntas, y averiguar si hay más granos de arena que estrellas, o viceversa. Para ello, primero postularon el tamaño promedio de un grano de arena y el número de granos de arena que caben en una cucharada de té. Luego el número de playas y desiertos del mundo. Multiplicados todos juntos, el número es impactante: 7.5 x 10 a la dieciochava potencia. En otros términos, 7 quintillones, 500 cuatrillones de granos.

Calcular el número de las estrellas es aún más complicado, ya que los límites del espacio son en gran medida especulativos. Los científicos estimaron el número de estrellas potencialmente observables por el Hubble (el telescopio satelital más poderoso del planeta) e incluyeron todo lo que tintinea en el firmamento, desde estrellas ordinarias, cuásares, enanos rojos e incluso galaxias completas. ¿El resultado? 70 mil millones de millones de millones de estrellas (y sólo es un estimado).

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Las implicaciones de esta respuesta son grandiosas. La Tierra es un pequeño planeta en el contexto del universo entero, y el hecho de que contenga tantos granos de arena comparados con las estrellas en el cielo es inspirador, por decir lo menos. El universo es tan vasto visto desde cerca como lo es desde lejos. La Tierra es un grano de arena del inconcebible universo, que contiene a su vez millones y trillones de granos de arena. Y lo decía William Blake: Para ver el mundo en un grano de arena y el cielo en una flor silvestre, abarca el infinito en la palma de tu mano.

Para rematar esta investigación, los científicos se hicieron una tercera pregunta: ¿Cuántas moléculas hay en una gota de agua? Resulta que toma solo 10 gotas de agua para que el número de moléculas de H2O igualen el número de estrellas en el cielo.

Si consideras esta información, la perspectiva de la realidad da un tremendo giro. Si un universo puede caber en una gota de agua, entonces quizá todo lo que conocemos este contenido en una un grano de arena cósmico o en una gotita.

Este tipo de cuestionamientos, como por ejemplo ¿Cuánto pesa una nube? parecen diseñadas para hacernos reflexionar y narrarnos la existencia desde otra perspectiva.



El universo estaría incompleto sin ti

Para ser hombres y mujeres conscientes del universo, hay que aceptar una realidad cósmica fundamental: todo está interconectado.

La postura holística dice que el universo entero está en el interior de la mente humana y que a la vez, la mente humana es parte de la mente que es energía o luz universal. Para ser hombres y mujeres conscientes del universo hay que aceptar una realidad cósmica fundamental: todo está interconectado.

John Muir, uno de los primeros ecologistas modernos y gran caminante de la naturaleza, escribió lo siguiente:

El universo estaría incompleto sin el ser humano; pero también sería incompleto sin la criatura transmicroscópica más pequeña que habita más allá de nuestros ojos y conocimiento ocultos.

Por lo tanto, la naturaleza no se manifiesta como un conjunto de componentes combinados, predecibles e independientes, sino como un campo vibracional: un gran organismo vivo.

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“Yo… un universo de átomos… un átomo en el universo”, escribió el físico ganador del Premio Nobel, Richard Feynman, en su poema en prosa sobre la evolución. La base para la filosofía de Feynman era que las divisiones de la vida son artificiales y arbitrarias.

Sobre la interconexión del universo, la bióloga evolutiva Lynn Margulis señaló que: “El hecho de que estamos conectados a través del espacio y el tiempo muestra que la vida es un fenómeno unitario, sin importar cómo expresemos ese hecho”.

Precisamente, ese dinamismo orgánico del planeta en el que vivimos es el que mejor expresa la realidad de la naturaleza como un todo, incluyendo en ella al ser humano; un proceso que incluye lo espiritual-psíquico y lo físico.

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Perspectiva de nuestro universo

Desde esta perspectiva, la experiencia del ser humano en relación con la naturaleza se liga a la experiencia de totalidad, tema recurrente en las teorías del campo unificado que propone la física cuántica. Incluso, la física cuántica concuerda con el taoísmo en que no sólo nuestras vidas individuales, sino la vida del universo y del cosmos con su infinidad de espacios, tiempos y materias, son olas que aparecen y desaparecen en el océano de la luz infinita.

Desde la física cuántica, el comportamiento de la energía en forma de luz (onda, pensamiento) transforma las experiencias visibles, tangibles, observables, de la materia (partícula, átomo). La energía en forma de luz sigue creando el mundo a cada instante.

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Carl Sagan también afirmaba que, como todas las criaturas, estamos “hechos de materia estelar”. Y no son los científicos, sino los poetas y escritores, los que mejor pueden captar ese sentido de reverencia terrenal, desde el relato de Virginia Woolf sobre la visita a Stonehenge hasta la crónica de Hans Christian Andersen sobre haber escalado el Vesubio.

Una reveladora sensación de interconexión, descrita por Muir en su libro Nature Writings:

Cuando contemplamos todo el globo como una gran gota de rocío, rayada y salpicada de continentes e islas, volando por el espacio con otras estrellas todas cantando y brillando juntas como una sola, el universo entero aparece como una tormenta infinita de belleza.

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Una forma bella de crear la unión entre ambas partes, una amistad recíproca, y no esperar que la naturaleza esté al servicio permanente del hombre y de sus necesidades y caprichos. Así como la ola es al océano, los seres vivientes somos energía en constante transformación o, como decían los antiguos sabios taoístas, las diminutas briznas que danzan en la hoguera de la eternidad.



¿Por qué existe el universo? Una historia detectivesca existencial

El escritor Jim Holt explora la pregunta eterna de la ontología cósmica; el novelista John Updike responde con un espíritu lúdico ante el misterio primordial.

La eterna pregunta de por qué existe el universo (o cómo es que algo surgió de la nada) es revisitada por el escritor Jim Holt en su libro Why Does the World Exist?: An Existential Detective Story, donde trata este fascinante e inagotable tema a través de un abanico de múltiples perspectivas, una visión poliédrica.

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Holt se sirve de las mente más brillantes de la actualidad y de tiempos pasados para abordar la cuestión de la ontología cósmica, una pregunta “tan profunda que sólo se le ocurriría a un metafísico, y al mismo tiempo tan simple que sólo se le ocurriría a un niño”. Para promover este interesante libro se ha publicado en Internet la intervención del novelista estadounidense John Updike, quien parece inclinarse al asombro como el estado que mayor sintonía tiene con este predicamento. Updike responde:

Una opinión que he encontrado es que, ya que llegar de nada a algo involucra tiempo, y el tiempo no existe antes de que haya algo, la pregunta es insignificante y deberíamos dejar de preguntárnosla. Va más allá de nuestros límites intelectuales como especie. Ponte en la posición de un perro. Un perro es responsivo, muestra intuición, nos ve desde ojos en los que yace una cierta inteligencia, pero un perro no entiende la mayoría de las cosas que ve hacer a las personas. No debe de tener ninguna idea de cómo se inventó, por ejemplo, el motor de combustión interna. Así que tal vez debamos imaginar que somos perros y que existen reinos que van más allá de nuestro entendimiento. Tengo problemas creyendo –y esto te ofenderá— la explicación científica estándar de cómo creció rápidamente el universo de la nada. Sólo piensa en ello. La noción de que todos los planetas y estrellas que vemos, y miles de veces más de los que vemos —que todo esto estaba comprimido en un punto del tamaño de, ¿qué, un punto o una uva?—. ¿Cómo, me pregunto, puede ser esto? Y luego pienso en otra cosa.

Updike concuerda con el filósofo Ludwig Wittgenstein, quien dijo que “no es cómo es el mundo lo que es místico, sino que es”. La simple existencia, inefable, es lo místico.

Updike juega con la idea de un creador divino: “¿Dije yo que Dios creó el mundo por aburrimiento? Bueno, [Tomás de] Aquino dijo que Dios creó el mundo ‘en jugo’. En juego. En un espíritu lúdico hizo el mundo. Eso a mí me suena más cerca de la verdad”.

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El universo, ¿un juego misterioso?

Tal vez sí. Un juego infinito en el que no se trata de ganar sino de que el juego siga existiendo, de que siga creando, de que se lleven a cabo todos los movimientos concebibles. Un juego en un tablero invisible cuya razón de ser podría ser el juego mismo (la razón del universo sería el propio universo). Y entonces, también, se trata de invocar a un creador: la creación (el mundo) sería el creador mismo.