¿Dejarías de comer estas frutas y verduras solo porque están “feas”?

Intermarché, la tercera cadena más grande de supermercados en Francia, lanzó esta iniciativa para darnos cuenta de que en realidad no hay razón para desperdiciar una fruta o verdura deforme.

Como sabemos de sobra, uno de los principales problemas en el ámbito de la alimentación es el desperdicio. En nuestra época y nuestro planeta existe desde hace varias décadas una paradoja a este respecto: mientras que en algunos países los niveles de hambruna y desnutrición alcanzan niveles mortales, en otros la población se permite arrojar al cesto de basura toneladas y toneladas de carne, frutas, vegetales y todo tipo de alimentos aún comestibles.

Para generar conciencia en torno a este problema que, como decimos, afecta a millones de personas en todo el mundo, la mayoría en los países más pobres, la cadena de supermercados de origen francés Intermarché lanzó una campaña para rehabilitar las frutas y vegetales de aspecto imperfecto que por esta razón (y un tanto absurdamente) no llegan a los estantes de las grandes tienda y más bien terminan como basura.

¿Por qué, en efecto, no comeríamos una manzana “deforme” o una zanahoria que creció con dos puntas? ¿Solo porque se ven feas? ¿No es esto demasiado banal, excesivamente frívolo?

La manzana grotesca, la papa ridícula, la naranja horrible, el limón malogrado, la berenjena desfigurada, la zanahoria fea y la toronja desafortunada son las protagonistas de esta iniciativa que, además, brindará un descuento en el precio de venta a los consumidores que se animen a llevar a casa a estos fenómenos de la naturaleza y descubrir que son tan buenos o mejores que sus parientes más agraciados.

 

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El arte japonés de la moderación: una forma de cambiar tus hábitos alimenticios expandiendo la conciencia

Tener una mejor nutrición puede no ser tanto cuestión de dietas como de espiritualidad, tal como lo demuestra la sabiduría oriental.

La manera en la que nos alimentamos puede decir mucho de nuestra sociedad, y es a la par una expresión individual de nuestra espiritualidad, así como de la forma en la que navegamos la existencia. Porque los hábitos alimenticios de cada cultura son una reminiscencia de prácticas y creencias milenarias, las cuales subyacen tras las modificaciones que el pasar del tiempo ha impuesto en la nutrición de cada comunidad humana.

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Alimentarnos es, así, mucho más que el simple acto de comer. Ínfimas cuestiones como pueden ser el tipo de vajilla que elegimos o cuántas veces masticamos un bocado, reúnen el total de rituales que giran en torno a la nutrición, mismos que trascienden el momento de comer y que pueden tener un impacto –positivo o negativo– en el resto de nuestras prácticas.

Incluso pueden incidir en nuestra longevidad

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Por eso, un principio básico de la filosofía japonesa –desde el zen hasta Confucio– es el de la moderación: una norma que permea todos los aspectos de la vida, incluido el de la alimentación. Pero por moderación no debemos entender una restrictiva dieta hipocalórica, sino una visión multidimensional de la vida, misma que parte de la nutrición y que confía a la sabiduría de nuestro organismo el destino de nuestro bienestar en el plano material.

Y como siempre en la filosofía oriental, no hay pensamiento disociado de la práctica. Esta es la base del hara hachi bu, un principio del confusionismo que instruye a la gente a comer hasta que estén llenos en un 80% de su capacidad, lo que significa una ingesta de entre 1,800 y 1,900 calorías al día. 

En cambio, el mexicano promedio puede llegar a consumir hasta 3 mil calorías por día, pues solemos comer mucho más allá de la saciedad.

El principio del hara hachi bu es desarrollado a lo largo de los textos del confusionismo. En el libro 7 de las Analectas de Confucio, una sentencia nos dice:

Cuando el Maestro estaba cerca de alguien que estaba en duelo, nunca comía hasta la saciedad. 

Y en el libro 10: 

Aunque su arroz sea de la mejor calidad, no come en exceso; aunque su carne esté finamente picada, no la engulle.

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Hara hachi bu

¿Cuánto no cambiaría si adoptásemos nuevos hábitos alimenticios desde un enfoque filosófico y práctico como el del confusionismo? Podría parecer exagerado, pero una autotransformación sólo puede empezar desde la base. Y esa base, en el confusionismo, son los alimentos y la manera en la que nos relacionamos con ellos desde la conciencia.

Así que no se trata solamente de contrarrestar lo que los malos hábitos alimenticios ocasionan –cientos de enfermedades producto de la obesidad, o una “mala” apariencia física–. El objetivo no es ni siquiera vivir más tiempo –como los japoneses: la población más longeva de la Tierra, gracias a sus hábitos alimenticios–. Esas son, digamos, metas secundarias; se trata, en realidad, de que toda práctica se sustente en una conciencia expandida: desde cómo comemos y qué comemos, hasta cosas aparentemente más importantes como el cuidado que prodigamos a nuestros proyectos personales.

Por supuesto que, adicionalmente a poner en práctica el mantra hara hachi bu antes de ingerir cualquier comida, vendrán a la par todos los beneficios que podríamos esperar de cualquier dieta, e incluso más en términos de salud. Pero ello estará sustentado en una primigenia reconexión con las bases mismas de la vida, que es lo que fundamentalmente nos enseña la filosofía oriental.