Nubes, árboles y ríos: espejos del espíritu

La naturaleza tiene mucho que enseñarnos, quizá porque en un nivel básico, al observarla nos reconocemos en sus formas.

En la actualidad, es fácil ignorar a la naturaleza. No tenemos tiempo, corremos constantemente de un lado al otro, si tenemos suerte puede ser a pie y si no, pasamos horas en automóviles o en el transporte público. Estamos desconectados, lo cual conlleva serios problemas mentales y físicos relacionados con la depresión y el estrés.

Ya lo hemos dicho antes: la mejor manera de combatir los males de nuestra época es a través de la reconexión con la naturaleza. Varios estudios científicos han demostrado que en las zonas con más árboles se comenten menos crímenes, que tener plantas en la oficina nos hace más eficientes, y que el sol combate el insomnio. Lo que necesitamos es darnos un breve respiro, y para hacerlo basta con voltear a ver las nubes, los árboles y ríos, cuerpos naturales como el nuestro.

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¿Cómo podemos identificarnos con las nubes? Quizá se trata de no hacerlo, de aceptar que ellas flotan a su propio ritmo, indiferentes a lo que podemos sentir o querer de ellas. Si observamos las nubes vemos que se unen y separan, siempre aparentemente ligeras, un ejemplo de desapego absoluto. Sus ritmos no son constantes, pueden tener remolinos o tornarse negras en cualquier momento; sin embargo, los momentos más fuertes son transitorios. En la vida de las nubes y en la nuestra, ningún estado es permanente.

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Los árboles, en su silencio, nos hablan de soportar el paso de los años. Sus troncos muestran el daño causado por plagas, insectos y demás fuerzas naturales. La vida de los árboles no es fácil, pero ellos no se rinden; mientras más arraigan sus raíces en la tierra, más crecen con ramas extendidas hacia el cielo. El crecimiento es simultáneamente interno y externo. Los árboles permanecen de pie en los tiempos más difíciles, inviernos, sequías y tormentas; se adaptan, sobreviven. Pueden perder sus hojas y ramas, pero se mantienen. En tiempos de abundancia crecen y dan flores y frutos, embelleciendo el mundo.

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Los ríos, riachuelos y otros cuerpos de agua son literalmente las fuentes de la vida, pero también sonorizan todo lo que los rodea, nos arrullan y crean ambientes de reflexión. En temporadas de lluvia, su caída es más fuerte; al igual que los árboles, se adaptan a las temporadas y nunca son los mismos. Nada nos remueve del ajetreo de las ciudades como el sonido de un río, un movimiento azaroso y extrañamente melódico que nos permite los más bellos momentos de introspección.

Pero en el mundo en el que vivimos la mayoría, en enormes ciudades de asfalto y concreto, no podemos esperar a que se den los momentos para observar a la naturaleza; hay que crearlos. Tómate un tiempo para ir a caminar después de comer, para regar las plantas de tu oficina, para asomarte por la ventana y observar los árboles. Es la naturaleza la que detona los más afortunados momentos de introspección, un tesoro que debemos conservar para sentir las vibraciones que nos unen al planeta. 



Otra forma de civilización es posible: lecciones de democracia, cortesía de las hormigas

Otra forma de civilización es posible: las hormigas utilizan la memoria colectiva para sobrevivir y, aunque tienen reina, no necesitan de nada semejante a un gobierno.

Muchos insectos son capaces de hacer cosas que nosotros, en nuestra vanidad, creemos ser los únicos capaces de hacer. Las abejas, por ejemplo, parecen ser capaces de comprender el concepto del 0, mientras que las termitas son arquitectas de complejos túneles subterráneos.

Pero quizá uno de los insectos más asombrosos sean las hormigas: no sólo son grandes arquitectas también, sino que inventaron la agricultura antes que nosotros y saben utilizar antibióticos naturales, algo que los humanos aprendimos a hacer hace menos de 1 siglo. Y por si fuera poco, las colonias de hormigas son un ejemplo de que otras formas de civilización son posibles.

 

Lecciones de democracia directa, cortesía de las hormigas

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Una colonia de hormigas opera sin un control central: son más como un cerebro que como una sociedad humana. Cada hormiga es como una neurona y juntas, intercambiando información entre sí, forman una suerte de memoria colectiva que es de suma importancia para la supervivencia de la colonia entera.

Este mecanismo varía de especie a especie. La colonia de hormigas de madera roja, por ejemplo, recuerda el sistema de senderos que la lleva a los mismos árboles a los que cada año debe ir para conseguir alimento. Pero las hormigas por separado no son capaces de llegar hasta los árboles.

La bióloga Deborah Gordon es quien ha llegado a estas conclusiones. Entre otras cosas, Gordon realizó una serie de experimentos en los cuales perturbó el orden habitual de un grupo específico de hormigas trabajadoras al interior de una colonia. Al hacerlo, la actividad del grupo perturbado se vio modificada, mientras que la actividad de otros grupos no paró, pero se modificó a partir de la interrupción en otro espacio de la colonia. Esto demuestra el grado de organización en las colonias de hormigas, y cuán específico es el rol de cada hormiga al interior de éstas.

Además, Gordon repitió el experimento varias veces, lo que generó una memoria colectiva sobre las perturbaciones que hizo que las hormigas cambiaran sus tareas de la manera más óptima cada vez que la perturbación volvía a ocurrir.

Individualmente, las hormigas no generaban la memoria de lo sucedido, pero colectivamente sí.

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Otro hallazgo de Gordon fue que las hormigas más viejas reaccionaban a las perturbaciones de manera más estable, concentrándose en su trabajo más que en responder a las perturbaciones directamente. En cambio, las hormigas jóvenes reaccionaban de manera más visceral y no siempre precisa, lo que demuestra que siempre es necesaria la sabiduría de los que han estado más tiempo en este mundo.

De esta manera, algunos de los insólitos comportamientos de las hormigas nos demuestran que una sociedad puede ser más horizontal, con un mecanismo que no vaya de arriba hacia abajo, sino que se base en el apoyo mutuo y que se sustente en la memoria colectiva. Algo así deben ser las bases de una democracia directa, lo que nuestra civilización debe poner en práctica cada vez más si es que queremos sobrevivir y, más aún, si queremos evolucionar colectivamente.



Difícilmente olvidarás esta serie de fotografías aéreas (📸)

El territorio es arte en sí mismo, y estas imágenes lo comprueban.

El mundo adquiere otra dimensión cuando se le contempla desde las alturas. No poder ver sus detalles, como cuando lo recorremos a pie, nos invita a imaginar todo lo que allá abajo está ocurriendo.

Por suerte, no necesitamos viajar en avión para experimentar las sensaciones que producen los territorios en su abstracción, ni para poder contemplar el arte que éstos son en sí mismos. Apasionados de las fotografías aéreas, como Stas Bartnikas, nos dan la oportunidad de conocer ese otro mundo que es el de las alturas.

Bartnikas llama a sus capturas “aero-arte”, y éstas van desde lo más abstracto hasta los paisajes más preciosos y lo urbano más inédito. Todas sus fotografías áreas demuestran cuán fotogénicos son todos los territorios. Pero además, nos permiten pensar al mundo desde otra perspectiva. Una, además, muy humana, pues las fotografías de Bartnikas no son hechas con drones, sino que son tomadas con cámara en mano.

Y él dice que fotografiar a la Tierra en su abstracción es como “fotografiar retratos humanos”, porque cada retrato es único y transmite su propio mensaje. Así lo dijo a My Modern Met:

Es lo mismo con mis imágenes. Seguido veo rostros en mis fotografías. Les llamo “rostros de la Tierra”.

Aquí están los “rostros de la Tierra”: fotografías aéreas que difícilmente olvidarás

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