El mexicano Sanjaya Rajaram obtiene el premio “nobel” de la agricultura

Con un método amigable para la salud humana y la ecología, este científico ha diversificado las especies del trigo en 480 tipos, un avance que podría solventar grandes tragedias como la hambruna.

La experimentación genética ha sido un tema milenario. Cientos de culturas han cruzado razas, desde animales hasta plantas. La verdadera mala reputación de estas pruebas llegó cuando empezaron las experimentaciones genéticas, implantadas entre distintas especies, sin que ello se hiciera a la par de estudios que comprobaran, claramente, que eran salubres para el ser humano y para el medio ambiente.

Algunas experimentaciones genéticas son benévolas, de hecho, si se hacen con ética, pueden ayudar en  la lucha contra el hambre, la desnutrición y algunas enfermedades. Sajaya Rajaram, nacido en la India, pero naturalizado mexicano, ganó este año el equivalente al nobel de arquitectura, el prestigioso Premio Mundial de Alimentación 2014. Este reconocimiento se otorga a quienes han contribuido al desarrollo de la humanidad, a través de la mejora de la calidad y disponibilidad de alimentos.

Rajaram ha generado cientos de variantes de trigo, diversificando la variedad de este producto, pero sobre todo, haciendo especies que tienen rendimientos mucho más altos, no bajo una lógica clásica mercantilista, sino con un esquema que permita aliviar problemas sociales con estas ventajas.  

Este científico ha desarrollado hasta 480 variedades de trigo resistentes a las enfermedades y adaptables a múltiples climas, sus productos han permitido, por ejemplo, lograr dos cosechas al año, en lugar de una.  El premio se lo entregarán en octubre en Iowa. Rajaram ha trabajado en el Centro Internacional para el Mejoramiento del Maíz y el Trigo (CIMMYT) desde 1969, donde ha entrenado a más de 400 científicos. Este estudioso es ejemplo de una experimentación genética amigable a la salud y el medio ambiente, un tema que  podría recuperar su buena reputación si se hace con humanismo.



El arte japonés de la moderación: una forma de cambiar tus hábitos alimenticios expandiendo la conciencia

Tener una mejor nutrición puede no ser tanto cuestión de dietas como de espiritualidad, tal como lo demuestra la sabiduría oriental.

La manera en la que nos alimentamos puede decir mucho de nuestra sociedad, y es a la par una expresión individual de nuestra espiritualidad, así como de la forma en la que navegamos la existencia. Porque los hábitos alimenticios de cada cultura son una reminiscencia de prácticas y creencias milenarias, las cuales subyacen tras las modificaciones que el pasar del tiempo ha impuesto en la nutrición de cada comunidad humana.

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Alimentarnos es, así, mucho más que el simple acto de comer. Ínfimas cuestiones como pueden ser el tipo de vajilla que elegimos o cuántas veces masticamos un bocado, reúnen el total de rituales que giran en torno a la nutrición, mismos que trascienden el momento de comer y que pueden tener un impacto –positivo o negativo– en el resto de nuestras prácticas.

Incluso pueden incidir en nuestra longevidad

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Por eso, un principio básico de la filosofía japonesa –desde el zen hasta Confucio– es el de la moderación: una norma que permea todos los aspectos de la vida, incluido el de la alimentación. Pero por moderación no debemos entender una restrictiva dieta hipocalórica, sino una visión multidimensional de la vida, misma que parte de la nutrición y que confía a la sabiduría de nuestro organismo el destino de nuestro bienestar en el plano material.

Y como siempre en la filosofía oriental, no hay pensamiento disociado de la práctica. Esta es la base del hara hachi bu, un principio del confusionismo que instruye a la gente a comer hasta que estén llenos en un 80% de su capacidad, lo que significa una ingesta de entre 1,800 y 1,900 calorías al día. 

En cambio, el mexicano promedio puede llegar a consumir hasta 3 mil calorías por día, pues solemos comer mucho más allá de la saciedad.

El principio del hara hachi bu es desarrollado a lo largo de los textos del confusionismo. En el libro 7 de las Analectas de Confucio, una sentencia nos dice:

Cuando el Maestro estaba cerca de alguien que estaba en duelo, nunca comía hasta la saciedad. 

Y en el libro 10: 

Aunque su arroz sea de la mejor calidad, no come en exceso; aunque su carne esté finamente picada, no la engulle.

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Hara hachi bu

¿Cuánto no cambiaría si adoptásemos nuevos hábitos alimenticios desde un enfoque filosófico y práctico como el del confusionismo? Podría parecer exagerado, pero una autotransformación sólo puede empezar desde la base. Y esa base, en el confusionismo, son los alimentos y la manera en la que nos relacionamos con ellos desde la conciencia.

Así que no se trata solamente de contrarrestar lo que los malos hábitos alimenticios ocasionan –cientos de enfermedades producto de la obesidad, o una “mala” apariencia física–. El objetivo no es ni siquiera vivir más tiempo –como los japoneses: la población más longeva de la Tierra, gracias a sus hábitos alimenticios–. Esas son, digamos, metas secundarias; se trata, en realidad, de que toda práctica se sustente en una conciencia expandida: desde cómo comemos y qué comemos, hasta cosas aparentemente más importantes como el cuidado que prodigamos a nuestros proyectos personales.

Por supuesto que, adicionalmente a poner en práctica el mantra hara hachi bu antes de ingerir cualquier comida, vendrán a la par todos los beneficios que podríamos esperar de cualquier dieta, e incluso más en términos de salud. Pero ello estará sustentado en una primigenia reconexión con las bases mismas de la vida, que es lo que fundamentalmente nos enseña la filosofía oriental.