El problema de los descuentos de “2×1” en los supermercados

Los supermercados transfieren compulsivamente el exceso de la comida a otras áreas de cadena de suministro; por consiguiente, los expendedores la venden por medio de incentivos y promociones como el de “2×1” o “3×2”. ¿Qué sucede con esto?

Cuando vamos al supermercado, tendemos a encontrar productos que están con el descuento de “2×1” ó “3×2”. Y aunque no necesitemos tal cantidad de los artículos, a veces los compramos bajo una emoción impulsiva (o compulsiva). Como resultado de ese consumo desmedido, generamos más desechos innecesarios.

Desde hace algunos años, se ha considerado que uno de los responsables de la crisis de desechos de comida a nivel mundial han sido los supermercados y algunos expendedores menores; los cuales contribuyen con cientos de toneladas de basura cada año. Por ejemplo, los países industrializados producen 222 millones de toneladas de comida al año; en contraste con 10 millones de toneladas de la producción neta de alimentos en África.

De acuerdo con un reporte del House of Lords EU Committee, en Reino Unido,  el problema no sólo se enfoca en los supermercados, sino también en los consumidores quienes aceptan ese tipo de ofertas. Por ello, quienes pueden finalizar esta práctica son los expendedores, ya que poseen cierta “influencia en el comportamiento de los productores, fabricadores y consumidores, pero han fallado en tomar seriamente esa responsabilidad.

Investigaciones han demostrado que los supermercados transfieren compulsivamente el exceso de la comida a otras áreas de cadena de suministro; por consiguiente, los expendedores la vende a través de incentivos y promociones como el de “2×1” o “3×2”. El resultado: el consumo desmedido de productos innecesarios, donde los clientes provocan el 42% de los desperdicios, y los productores, 39%:

Está claro que los expendedores deben asumir una mayor responsabilidad para prevenir los residuos alimenticios en el hogar. Ellos deben asegurarse que los incentivos y las promociones que ofrecen al público no provoque que se transfieran los desechos de la tienda a la casa.

Otra crítica que los expendedores recibieron por parte del Comité es la negligencia respecto a la comunicación informativa de adquirir eficientemente diversos productos y de interpretar los datos de las marcas. Por ejemplo, sólo el 37% de los consumidores comprenden la diferencia entre “preferentemente antes” y “utilizarse antes de” sobre los empaques de los alimentos; mientras que el 58% ni siquiera revista la fecha de caducidad antes de comprar el artículo.

Incluso, también se llegó a poner relieve es el impacto y el control que los expendedores poseen sobre los productores de alimentos. Por ejemplo, los granjeros son usualmente penalizados sino abastecen lo suficiente a los vendedores; en consecuencia, los primeros producen demasiado para evitar el riesgo: “Muchos de los granjeros quienes no cuentan con otro cliente, muchas veces deben desechar sus productos si no encuentran quién los compre.[…] En el caso en que una orden se cancele en el último minuto, es el granjero quien debe absorber el costo de los desechos de la comida.”

WRAP, una organización del gobierno de Reino Unido, tiene como objetivo reducir a la mitad, para 2025, los desechos de los alimentos. Dr. Liz Goodwin, directora de la organización, comenta:

Los consumidores también pueden hacer algo. Es regresar a la toma de conciencia: las personas todavía no creen que desperdician comida, todavía están confudidos con los datos de las marcas, y no hay suficiente información acerca de cómo hacer uso de los residuos. Necesitamos apoyarnos mutuamente para hacer algo respecto a los residuos de la comida, dado que aún hay mucho de eso y es apabullante. Es una desperdicio de energía y de dinero.

Como proyecto de contensión de la crisis, The British Retail Consortium anunció que a partir del próximo año, los supermercados deberán revelar anualmente el volumen de los residuos de los alimentos en sus tiendas.  Otra respuesta para atacar el problema es la nueva Comisión Europa, la cual tendrá lugar en noviembre, con el fin de lanzar una estrategia que durará cinco años.



¿Comprar sin generar basura? En la Ciudad de México ya es posible

Las tiendas zero waste (cero basura) ofrecen alternativas a quienes desean consumir sin contaminar.

En México, generamos mucha basura. Tan sólo en las fiestas decembrinas, la cantidad de desechos producidos por persona sube de 1.4 kilos a 4 kilos, más del doble. El resto del año, es una realidad que el plástico ya es prácticamente parte de nosotros; incluso está en nuestros cuerpos.

Al conocer estos datos, surge la urgencia de hacer todo lo posible por reducir estos hábitos nocivos para el medioambiente. Por fortuna, entre el bullicio de la Ciudad de México existen tiendas que atienden justamente esta necesidad.

Las tiendas zero waste (cero basura) ofrecen una gran gama de productos dedicados a fomentar la conciencia sostenible.

Zero Market México, ubicada en Coyoacán, es una de las primeras tiendas en la capital comprometida con eliminar toda rastro de basura de sus artículos, uniéndose a este movimiento mundial de consumo ético y sustentable.

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¿Cómo lo logran? 

En estas tiendas, no hay lugar para los empaques. Además de terminar casi inmediatamente en la basura, los envases que envuelven el shampoo, los jabones, el maquillaje y muchos alimentos tienden a aumentar su precio.

La alternativa sostenible consiste en utilizar envases de vidrio rellenables para comprar a granel. Además de reducir drásticamente el uso de bolsas de plástico, se cercioran de que los productos que adquieras apoyen a la economía local. 

Con estas prácticas recobramos la conciencia de cómo se produce y distribuye lo que consumimos. 

Y es que, en una enorme ciudad donde siempre hay algo que comprar en cada esquina, es difícil no sucumbir al ciclo de consumir cosas que no necesitamos sólo para desecharlas. 

Para Zero Market, el primer paso hacia una existencia sin basura consiste en rebelarse contra las necesidades imaginarias que el consumismo nos vende y aprender a rechazarlas. 

Por ejemplo, una costumbre que podemos adquirir cada que vayamos de compras es preguntarnos: ¿realmente necesito esto? Te sorprenderá lo mucho que esta sencilla pregunta simplificará tu vida y tus finanzas.

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Aunque un acto individual nos pueda parecer inocuo, lo que realmente se busca es inspirar el cambio colectivo. Esto es más fácil de lo que creemos: de hecho, nuestros antepasados vivían de esta forma. ¿Por qué no podríamos hacerlo de nuevo?

Si todos rechazamos los productos que crean basura, la ley de oferta y demanda que rige nuestra economía provocaría que eventualmente dejaran de producirse.

De esta manera, no sólo dejamos de contaminar, sino que apreciamos más lo que consumimos. Nada se desperdicia.

Este cambio tomará tiempo. Por eso es importante ponerse en acción ya. Además de comprar a granel, utilizar tus propios envases y evitar a toda costa el plástico, puedes dejar de imprimir tus recibos del banco o decir “no” a las tarjetas de presentación.

Aunque sea poco a poco, todos podemos unirnos a esta manera responsable de consumir. Aquí encontrarás algunos consejos para empezar desde ya una vida sin desperdicios.



Nuestros padres y abuelos vivían sin plástico, ¿qué podemos aprender de ellos?

Si queremos saber cómo vivir sin plástico, debemos voltear al pasado.

El plástico sintético lleva mucho tiempo entre nosotros. O por lo menos eso aparenta, ya que su presencia es tan omnipresente que pareciera haber estado ahí desde siempre. No obstante, a mitades del siglo XX este material era visto todavía como toda una novedad, y la gente ―nuestros padres y abuelos― se las arreglaban para vivir sin plástico.

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Ahora, el plástico es un material cualquiera. Es, sin duda, muy poco estético: tan feo y corriente que ya sólo lo asociamos con la basura ―ya que el uso que más se le da a este material es para la fabricación de objetos desechables que terminan, la mayoría, en el mar―.

Pero no podemos imaginarnos vivir sin plástico, ¿cierto?

¿Cómo reemplazar bolsas, envases, piezas de motores, materiales de construcción, fibras textiles, muebles y todo lo que se hace con este feo material?

Muchas veces, buscamos soluciones a nuestros problemas viendo hacia el futuro. En el caso del problema de la contaminación plástica, existen muchos esfuerzos por crear sustitutos del plástico, innovando con tecnología y mucha creatividad ―incluso existen cubiertos comestibles y otros objetos biodegradables por el estilo―.

Pero, ¿y si la solución está mirando hacia atrás, al pasado?

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Nuestros padres ―y sus padres antes que ellos― sabían vivir sin plástico. ¿Cómo lo hacían? No necesitaban de mucha tecnología, ni de grandilocuentes inventos. Así que podríamos aprender mucho de quienes supieron vivir sin plástico toda su vida ―y también, de los que ya están viviendo sin plástico en el presente―.

El autor Mark Blackburn, del blog One Brown Planet, pensó en esto, y por eso le preguntó a su madre cómo era su vida sin plástico. Ella le contó cómo eran algunos de sus hábitos en 1950, cuando vivía con una familia de siete en Blackpool, Reino Unido, y el plástico apenas estaba usándose en algunos tejidos y muebles.

De este diálogo pueden surgirte, sin duda, muchas ideas para sustituir objetos de uso diario:

 

¿Qué tipo de alimentos estaban disponibles y cómo se empaquetaban?

La mayoría de los alimentos frescos, como papas, zanahorias, guisantes y demás, fueron cultivados localmente y estaban disponibles por temporada. También se podía obtener plátano y otras frutas del extranjero durante la mayor parte del año. Cuando un vegetal no estaba en temporada, teníamos que comprarlo en una lata o sustituirlo. También había una gran cantidad de alimentos secos disponibles, generalmente vendidos en grandes recipientes. Lo que sea que necesitaras, lo pesabas en una bolsa de papel marrón. Los artículos de ultramar, como el arroz y la pasta, también eran pesados ​​y luego empacados en una bolsa de papel.

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Para las bebidas, la leche era entregada a la casa en una botella de vidrio. El lechero recogía la botella vacía al día siguiente y la reutilizaba. Las botellas de cerveza y las botellas de refrescos también estaban hechas de vidrio y cuando las devolvías a la tienda obtenías algo de dinero. ¡Siempre andábamos buscando botellas para devolver!

También había un hombre de carne que venía con carnes frescas, una vez más, envueltas en papel.

En cuanto a los bocadillos y los postres, no había tanta disponibilidad como hoy, pero había papas fritas, galletas y dulces. Nuevamente, venían en grandes recipientes: podías tomarlos y ponerlos en una bolsa de papel o envolverlos en papel de aluminio. También comprábamos conservas y mermeladas en recipientes de vidrio, pero nos asegurábamos de guardarlas para luego usarlas para hacer nuestras propias mermeladas.

 

¿Había “comida rápida” disponible?

Donde vivíamos sólo estaba el pub y la tienda Fish & Chips. Todo en la tienda de pescado y papas fritas estaba envuelto en papel a prueba de grasa con periódico en el exterior. Recuerdo que, si guardabas todo el periódico de la semana y lo llevabas a Fish & Chips, ¡te daban una bolsa de papas gratis! ¡Era grandioso!

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¿Hacían muchas cosas en casa o lo compraban todo en la tienda?

Hacíamos mucho nosotros mismos. Comida, obviamente, pero también ropa. De hecho, tenía casi 13 años cuando mi madre compró mi primer vestido nuevo en una tienda. Antes de esto, toda nuestra ropa y ropa interior se fabricaban en casa, con el material comprado en la tienda. También tejíamos bufandas y jumpers y sombreros. Las únicas cosas nuevas que comprábamos todos los años eran los zapatos. Tenía un par de zapatos escolares, un par de botas y un par de zapatos deportivos para deportes. Si las suelas se desgastaban, papá las reparaba para que yo pudiera seguir usándolas hasta el próximo año.

Mamá también hacía sus propias mermeladas y conservas, con frutas como moras y ciruelas recolectadas de todo el pueblo. Las mermeladas se almacenaban en los frascos de vidrio que habíamos recolectado durante todo el año.

 

¿Y la limpieza de la casa y personal?

En aquel entonces, todos los productos de limpieza venían en cajas de cartón o botellas de vidrio. Usábamos barras de jabón para limpiarnos y el champú venía en baquelita o botella de vidrio. ¡Teníamos que tener cuidado de no romperlos! Recuerdo que incluso nuestra laca para el cabello venía en una botella recargable que llenábamos en la tienda local.

 

Entonces, ¿qué pasa con el desperdicio, a dónde se iba todo eso? ¿Y cuánto había?

Bueno, todo el papel de la comida se colocaba en la chimenea y se quemaba para mantener la casa caliente en el invierno o para calentar la caldera de agua para los baños. En ese entonces, solíamos tomar sólo un baño a la semana y, por supuesto, ¡teníamos que luchar para conseguir el agua limpia!

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Como mencioné anteriormente, todas las botellas de vidrio se devolvían por dinero en efectivo y teníamos nuestras propias bolsas de compras que reutilizábamos cada semana.

Nuestras sobras de alimentos nunca se desperdiciaron, se usaban principalmente para hacer caldos de verduras o carne. Todos los huesos sobrantes se los dábamos al perro o los quemábamos en el fuego.

Las latas se aplastaban y se ponían en el contenedor, porque no podíamos reciclarlas. Recuerdo que el papel, que originalmente envolvía el pan, se usaba para envolver los sándwiches. Luego lo quemábamos, pero con las cenizas del fuego solíamos hacer senderos, o en el invierno lo usábamos como arenilla para evitar derrapes.

Una familia como la nuestra, de siete personas, tiraría alrededor de la mitad de un contenedor por semana de cosas que no podían usarse o devolverse.