10,853 de 10,855 científicos están de acuerdo: el calentamiento global está sucediendo, y es culpa de los humanos

Virtualmente todos los artículos científicos pubicados en 2013 aceptan el cambio climático. No existe tal cosa como un debate en torno a esto.

Contrario a lo que los conservadores puedan sugerir, no existe ningún debate en la comunidad científica acerca de si el cambio climático es real. Es real y es causado por el humano. Como el geoquímico James Lawrence Powell continúa probando, las únicas personas que siguen discutiendo acerca de esto son los que no están haciendo las investigaciones.

En un avance de su proyecto actual, Powell revisó cada uno de los estudios científicos publicados en medios académicos durante el calendario del 2013 y encontró 10,855 en total. De ellos, solamente dos rechazaron el calentamiento global antropogénico. El consenso se ve así:

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De lo anterior, Powell ha desarrollado una teoría propia:

Muy pocos de los negadores públicos del calentamiento global han escrito artículos académicos en los que digan explícitamente que el antropogénico global es falso. ¿Por qué? Porque entonces tendrían que proporcionar la evidencia y, evidentemente, no la tienen.

¿Qué se puede concluir de esto?

1. Hay una montaña de evidencia científica a favor del calentamiento global antropogénico y no hay evidencia convincente en su contra.

2. Aquellos que niegan el calentamiento global antropogénico no tienen una teoría alternativa para explicar el incremento observado en el CO2 atmosférico y la temperatura global.

Estos dos datos juntos significan que el así llamado “debate acerca del calentamiento global” es una ilusión, un engaño conjurado por un puñado de científicos apóstatas y una media desviada y a veces conspiradora, pagada por compañías de combustible fósil y fundaciones de derecha.

El calentamiento global no es un debate, es una realidad.



La cartografía del desastre ecológico que nos muestra cómo será el mundo si sube la temperatura 4 grados

Territorios desertificados, costas tragadas por el mar y una Antártica urbanizada es lo que predice este mapa.

Mediante la cartografía se han conocido y reconocido los territorios, recreándolos en mapas que nos ayudan a comprender las delimitaciones de cada lugar y sus especificidades. Pero, ¿qué tal si pudiéramos prever cómo será el territorio, y no sólo recrearlo?

Eso es lo que hizo Parag Khanna, un experto en relaciones internacionaleS, un futurista geopolítico, que defiende la utilidad de la geografía para comprender nuestro pasado, nuestro presente e, incluso, nuestro futuro, porque los cambios de los mapas son los cambios de la civilización. Khanna utilizó para probarlo un mapa muy distinto a cualquiera conocido:

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Aquí puedes ver el mapa a mayor escala

Se trata de una cartografía de la catástrofe ecológica que podríamos enfrentar en unos años, si la temperatura sigue subiendo. Porque según Khanna, el mapa del mundo cambia constantemente por las acciones del hombre, y una de las mayores razones detrás de ello son los cambios que estamos provocando en el metabolismo de la tierra, y que están ocasionando una gran crisis ecológica.

Ésta, como muchos sabemos, está causando un aumento de la temperatura por la emisión de C02, el deshielo acelerado en zonas polares y el acrecentamiento de los mares. Junto con la pérdida de la biodiversidad, esto constituye una catástrofe sin precedentes que es difícil de imaginar. Es por eso que Khanna se ha valido de la cartografía para ayudarnos a hacerlo, utilizando un mapa anteriormente publicado en la revista New Scientist.

Las zonas amarillas son las desertificadas, mientras que las marrón son aquellos lugares que quedarán inhabitables por climas extremos. Lo marcado en rojo son costas e islas tragadas por el mar; lo verde son nuevos lugares habitables, y los puntos simbolizan zonas donde podrían ubicarse enormes parques de paneles solares y otras energías limpias. 

¿Y cómo es el desastre ecológico mapeado?

Una Sudamérica desértica, una Patagonia a punto de perderse entre las aguas y una Antártica densamente poblada y urbanizada: una especie de oasis, como lo serían también Escandinavia, Siberia y el norte de Canadá, los lugares fríos que podrían convertirse en nuevos campos de cultivo.

Aquí puedes ver el mapa a mayor escala.

La población del Ártico es de menos de 4 millones de personas, pero podría llegar a las 400 millones en los próximos años.

No obstante, las pérdidas serían demasiadas. Todo lo que conocemos desaparecería: ciudades enteras, llenas de patrimonios y de historia. Peor aún, cientos de especies hoy en riesgo se extinguirían junto con sus ecosistemas. Verlo así, en un mapa, resulta apabullante y estremecedor.

Pero según Khanna, podemos anticiparnos a esos cambios y evitarlos. De eso se trata el ejercicio gráfico y cartográfico que realiza en su libro, Connectography, mapping the future of global civilization, donde busca indagar en las soluciones a los conflictos bélicos, a las crisis económicas y por supuesto, a la crisis ecológica.

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Estos ejercicios de imaginación cartográfica podrían, sin duda, contribuir a sembrar un poco de conciencia contemporánea, pero sobre todo a cimbrarla para hacer algo al respecto.

También en Ecoosfera: La extinción masiva que, según un cálculo matemático, podríamos alcanzar para 2100

 



La extinción masiva que, según un cálculo matemático, podríamos alcanzar para 2100

Cientos de factores confluyen, pero el calculado por este investigador es un síntoma a tomar muy en cuenta.

El planeta Tierra ha sido lugar, en 540 millones de años, de por lo menos cinco procesos que han llevado a extinciones masivas. Éstas han ocurrido en distintas épocas geológicas que no necesariamente vieron su fin tras dichas extinciones. Porque, una extinción en masa puede no significar el fin de una era, aunque ello implique un determinante final de casi toda la biodiversidad terrestre. Por eso, el debate en torno a estos procesos se centra, por un lado, en sus alcances y, por otro, en la posibilidad de que sucedan, y no tanto en qué tan definitivos sean.

Todo ello es difícil de predecir debido a lo complejo que es comprobar las hipótesis sobre lo ocurrido hace millones de años en el planeta. Por eso las causas de las extinciones masivas siguen estando sobre la mesa y los científicos no logran ponerse de acuerdo sobre ellas.

¿Por qué podría ocurrir otra extinción masiva en nuestra era?

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Antes que nada es importante no confundir las extinciones de especies animales que está habiendo a menor escala con las llamadas “masivas”, pues en éstas últimas convergen más bien factores como pueden ser el choque de algún cuerpo celeste, cambios en la actividad del sol, o cambios atmosféricos que tienen que ver con la contaminación. Aunque todas se caracterizan por ser derivadas de la actividad humana y, por ello, la catástrofe que podríamos vivir en nuestra era sería sui generis. Porque el ser humano ha modificado el ciclo de carbono en cantidades de tiempo record, lanzando enormes cantidades de CO2 a la atmósfera, lo cual es una modificación que antes ocurría de manera natural y precedida por millones de años entre una y otra.

Una investigación de Science Advances indica que el detonante final de una extinción masiva podrían ser las cantidades de carbono que están siendo absorbidas de la atmósfera por el océano, mismas que si siguen su curso y llegan a 310 gigatonetas significarán el final del Holoceno. Según el autor de dicha investigación, Daniel Rothman —quien se basó en proyecciones del Intergovernmental Panel on Climate Change—, estamos muy cerca de alcanzar esa cantidad, momento tras el cual entraremos en un “territorio desconocido”.

El límite en el ciclo de carbono es también el límite de la catástrofe

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No está comprobado, pero hay ciertos síntomas comunes que los geólogos han encontrado en las extinciones masivas que relacionan el ciclo de carbón con éstas. Y es que éste es un equilibrio fundamental de la vida el cual es sumamente frágil, y en el cual los océanos juegan un papel fundamental —como por ejemplo en el equilibrio del pH—. Por eso estos cambios constituyen un patrón el cual estos investigadores siguen de cerca.

El también profesor de geofísica explicó a Kate Lunau de la revista Motherboard que modificar el ciclo de carbono es hacer entrar a la Tierra en procesos de cambios radicales como los que distinguen —a saber— a las extinciones masivas de hace millones de años. Pero también remarca que en otros periodos de la historia planetaria, el ciclo de carbón se ha visto interrumpido y aun así la mayoría de seres vivos no han muerto.

La cuestión está en que los ecosistemas tengan tiempo de adaptarse al cambio. Por eso Rothman derivó de una fórmula matemática el rango y magnitud de estos cambios en una escala de tiempo. Luego, calculando las 31 interrupciones del ciclo de carbón en los últimos 542 millones de años con la masa de carbón añadida a los océanos en cada una, encontró que casi ninguno ha alcanzado a llegar al límite, por lo cual no han provocado muertes masivas ni catástrofes.

El problema es que hay proyecciones que indican la posibilidad de llegar incluso a 500 gigatonetas de carbón para 2100, ante lo cual la catástrofe es indudable. Aun así, Rothman señala que el desastre no es predecible en años. “Podrían pasar otros 10,000 años antes de que un verdadero desastre venga”, dice este especialista.

¿Fin del “capitaloceno”?

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El académico Jason Moore cataloga la era actual no sólo como una era geológica sino, también, como una era marcada por el ser humano y sus actividades. Por eso, este académico le llama a esta era el capitaloceno, un concepto que nos ayuda a orientarnos entre las diferencias de cada una y que también funciona para divergir entre las causas de las extinciones masivas previas y a la que probablemente nos enfrentamos ahora.

Mucho habría que atribuir, según este autor, a la actividad del hombre. Pero no sólo del hombre en abstracto sino, específicamente, a la de los hombres que han puesto a la naturaleza al servicio del mercado, lo cual es una antítesis terrible e irresoluble de la civilización contra la naturaleza que necesita de que cambiemos de paradigmas económicos y sistémicos.

Retomando al filósofo alemán Walter Benjamin, parece claro que “hay que cortar la mecha que arde antes que la chispa alcance la dinamita”. La cuestión es si lo haremos a tiempo.

*Referencia: Entrevista a Jason Moore: Del Capitaloceno a una nueva política ontológica