Lo efímero de la naturaleza en mandalas de flores (FOTOS)

Kathy Klein revive esta herramienta de aprendizaje hinduista a través de los pétalos de distintas flores.

El mandala es un símbolo espiritual del hinduismo y del budismo que representa el universo en equilibrio. Aunque hay diversos diseños, los mandalas básicos contienen un cuadrado con cuatro puertas, y adentro un círculo con un punto central. Está compuesto por patrones geométricos que representan metafísica o simbólicamente el centro del todo.

El mandala se puede crear con diferentes materiales; en este caso, Kathy Klein decidió utilizar pétalos de flores para formar mandalas temporales y efímeros en lugares cercanos a su casa. Les compartimos las fotografías de lo que ella llama “piezas de danmalas”:

El término tiene su origen en el compendio sagrado Rig Veda, en donde se menciona como parte de tradiciones espirituales en distintas religiones. Los mandalas se utilizan para enfocar la atención espiritual, para enseñar la importancia de mantener un lugar sagrado para la meditación y la inducción. El hinduismo afirma que el mandala es un símbolo de las verdades cósmicas como un mapa instructivo de la experiencia humana dentro de un aspecto espiritual.



El universo estaría incompleto sin ti

Para ser hombres y mujeres conscientes del universo, hay que aceptar una realidad cósmica fundamental: todo está interconectado.

La postura holística dice que el universo entero está en el interior de la mente humana y que a la vez, la mente humana es parte de la mente que es energía o luz universal. Para ser hombres y mujeres conscientes del universo hay que aceptar una realidad cósmica fundamental: todo está interconectado.

John Muir, uno de los primeros ecologistas modernos y gran caminante de la naturaleza, escribió lo siguiente:

El universo estaría incompleto sin el ser humano; pero también sería incompleto sin la criatura transmicroscópica más pequeña que habita más allá de nuestros ojos y conocimiento ocultos.

Por lo tanto, la naturaleza no se manifiesta como un conjunto de componentes combinados, predecibles e independientes, sino como un campo vibracional: un gran organismo vivo.

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“Yo… un universo de átomos… un átomo en el universo”, escribió el físico ganador del Premio Nobel, Richard Feynman, en su poema en prosa sobre la evolución. La base para la filosofía de Feynman era que las divisiones de la vida son artificiales y arbitrarias.

Sobre la interconexión del universo, la bióloga evolutiva Lynn Margulis señaló que: “El hecho de que estamos conectados a través del espacio y el tiempo muestra que la vida es un fenómeno unitario, sin importar cómo expresemos ese hecho”.

Precisamente, ese dinamismo orgánico del planeta en el que vivimos es el que mejor expresa la realidad de la naturaleza como un todo, incluyendo en ella al ser humano; un proceso que incluye lo espiritual-psíquico y lo físico.

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Perspectiva de nuestro universo

Desde esta perspectiva, la experiencia del ser humano en relación con la naturaleza se liga a la experiencia de totalidad, tema recurrente en las teorías del campo unificado que propone la física cuántica. Incluso, la física cuántica concuerda con el taoísmo en que no sólo nuestras vidas individuales, sino la vida del universo y del cosmos con su infinidad de espacios, tiempos y materias, son olas que aparecen y desaparecen en el océano de la luz infinita.

Desde la física cuántica, el comportamiento de la energía en forma de luz (onda, pensamiento) transforma las experiencias visibles, tangibles, observables, de la materia (partícula, átomo). La energía en forma de luz sigue creando el mundo a cada instante.

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Carl Sagan también afirmaba que, como todas las criaturas, estamos “hechos de materia estelar”. Y no son los científicos, sino los poetas y escritores, los que mejor pueden captar ese sentido de reverencia terrenal, desde el relato de Virginia Woolf sobre la visita a Stonehenge hasta la crónica de Hans Christian Andersen sobre haber escalado el Vesubio.

Una reveladora sensación de interconexión, descrita por Muir en su libro Nature Writings:

Cuando contemplamos todo el globo como una gran gota de rocío, rayada y salpicada de continentes e islas, volando por el espacio con otras estrellas todas cantando y brillando juntas como una sola, el universo entero aparece como una tormenta infinita de belleza.

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Una forma bella de crear la unión entre ambas partes, una amistad recíproca, y no esperar que la naturaleza esté al servicio permanente del hombre y de sus necesidades y caprichos. Así como la ola es al océano, los seres vivientes somos energía en constante transformación o, como decían los antiguos sabios taoístas, las diminutas briznas que danzan en la hoguera de la eternidad.



¿Por qué existe el universo? Una historia detectivesca existencial

El escritor Jim Holt explora la pregunta eterna de la ontología cósmica; el novelista John Updike responde con un espíritu lúdico ante el misterio primordial.

La eterna pregunta de por qué existe el universo (o cómo es que algo surgió de la nada) es revisitada por el escritor Jim Holt en su libro Why Does the World Exist?: An Existential Detective Story, donde trata este fascinante e inagotable tema a través de un abanico de múltiples perspectivas, una visión poliédrica.

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Holt se sirve de las mente más brillantes de la actualidad y de tiempos pasados para abordar la cuestión de la ontología cósmica, una pregunta “tan profunda que sólo se le ocurriría a un metafísico, y al mismo tiempo tan simple que sólo se le ocurriría a un niño”. Para promover este interesante libro se ha publicado en Internet la intervención del novelista estadounidense John Updike, quien parece inclinarse al asombro como el estado que mayor sintonía tiene con este predicamento. Updike responde:

Una opinión que he encontrado es que, ya que llegar de nada a algo involucra tiempo, y el tiempo no existe antes de que haya algo, la pregunta es insignificante y deberíamos dejar de preguntárnosla. Va más allá de nuestros límites intelectuales como especie. Ponte en la posición de un perro. Un perro es responsivo, muestra intuición, nos ve desde ojos en los que yace una cierta inteligencia, pero un perro no entiende la mayoría de las cosas que ve hacer a las personas. No debe de tener ninguna idea de cómo se inventó, por ejemplo, el motor de combustión interna. Así que tal vez debamos imaginar que somos perros y que existen reinos que van más allá de nuestro entendimiento. Tengo problemas creyendo –y esto te ofenderá— la explicación científica estándar de cómo creció rápidamente el universo de la nada. Sólo piensa en ello. La noción de que todos los planetas y estrellas que vemos, y miles de veces más de los que vemos —que todo esto estaba comprimido en un punto del tamaño de, ¿qué, un punto o una uva?—. ¿Cómo, me pregunto, puede ser esto? Y luego pienso en otra cosa.

Updike concuerda con el filósofo Ludwig Wittgenstein, quien dijo que “no es cómo es el mundo lo que es místico, sino que es”. La simple existencia, inefable, es lo místico.

Updike juega con la idea de un creador divino: “¿Dije yo que Dios creó el mundo por aburrimiento? Bueno, [Tomás de] Aquino dijo que Dios creó el mundo ‘en jugo’. En juego. En un espíritu lúdico hizo el mundo. Eso a mí me suena más cerca de la verdad”.

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El universo, ¿un juego misterioso?

Tal vez sí. Un juego infinito en el que no se trata de ganar sino de que el juego siga existiendo, de que siga creando, de que se lleven a cabo todos los movimientos concebibles. Un juego en un tablero invisible cuya razón de ser podría ser el juego mismo (la razón del universo sería el propio universo). Y entonces, también, se trata de invocar a un creador: la creación (el mundo) sería el creador mismo.