Reducir el uso de automóviles beneficia las economías locales

Las personas que conducen menos dan menos dinero a corporaciones distantes y más dinero a la economía local, que es el futuro del bienestar urbano.

Estados Unidos es la potencia económica que es en gran medida porque cada localidad apoya a sus productores. Buy local es el lema que ha llevado a esta nación a tener una autonomía realmente efectiva. Y la nueva idea que ha surgido dentro de este método es que reducir el uso de automóviles, ya que casi siempre son exportados al igual que la gasolina, podría llevar a generar ahorros increíbles.

Un nuevo análisis llevado por CEOs for Cities encontró que si todas las personas en las 51 areas de metro redujeran su uso de automóvil por 1.5 kilómetros al día, EU en su totalidad podría ahorrar 31 mil millones al año. Lo importante de todo esto es que ese dinero probablemente se iría a un uso más productivo que el que tiene hoy, atado a la economía de combustible fosil.

“El dinero ahorrado en manejar menos tiene más posibilidad de ser gastado en la economía local, ayudando a negocios locales y creando empleos locales”, se lee en el reporte. “Ya que pocas áreas metropolitanas fabrican coches o gasolina (la mayoría importan ambos de otros países o naciones), el grueso del dinero que los consumidores locales gastan en comprar y operar autos inmediatamente deja la economía local. En contraste, otros gastos así como viviendas, servicios y entretenimiento tienen más probabilidad de quedarse en la economía local”.

El reporte, escrito por Joe Cortright, incluye por supuesto beneficios ambientales. 1.5 kilómetros ahorrados al día de traducen en 3 mil millones de galones de gasolina ahorrados por año, y 30 millones de toneladas menos de emisiones de carbón.

Si las ciudades desarrollan un plan de barrios cada vez más caminables y con más rutas para bicicletas, un inmenso dividendo ecológico estaría al alcance para usos mucho más productivos y con menos consecuencias para el planeta.



La economía budista: una propuesta para comenzar a cultivar bienestar por encima de la productividad

Un modelo de economía budista, según Clair Brown, busca cultivar la prosperidad compartida

El mundo no tiene suficientes recursos como para que todo seamos millonarios, pero tal vez sí suficientes para que todos podamos vivir moderadamente. La economía tradicional cree que más es más, mientras que la economía budista considera que menos es más.

El trabajo y el dinero son sólo una parte de la vida; existen otras cosas en qué involucrarse. Así es como los economistas interesados en el budismo traducen la ecuación de las finanzas. Crecimiento y desarrollo basado en principios espirituales (incluso naturales) como la felicidad misma, sería la premisa de una economía budista, en vez de adquisición de bienes materiales; en esencia, darle prioridad a lo que es importante, las personas.

La doctora Clair Brown es profesora de economía y la directora del Centro para el Trabajo, la Tecnología y la Sociedad de Berkeley. Interesada en estudiar la pobreza y formas alternativas al capitalismo escribió Buddhist Economics: An Enlightened Approach to the Dismal Science, donde el planteamiento fundamental es que necesitamos, en todo el mundo, un modelo holístico de economía.

El budismo es el camino de no excederse, el camino medio; en términos del dinero y los bienes, esto implica “tomar lo suficiente”. Si el capitalismo se basa justamente en generar oferta y demanda y tomar más de lo que necesitas, ¿quién y cómo decidir cuánto es suficiente?

Lo que mueve y ha movido la actividad económica es generar necesidades que no lo son, gastos basados en la apariencia y en una idea de realización dependiendo de cuántas cosas se pueden comprar. La publicidad y la economía pueden llegar a manipular miedos y deseos para hacernos adquirir cosas por estatus o para llenar un vacío.

Muchas veces la gratificación y el éxito se miden por bienes materiales y la idea de obtener éstos casi sin importar los medios; con ello, se genera un ambiente de competitividad y oportunismo insaciable.

Desde temprana edad la doctora Brown se dio cuenta de la distribución desigual y la segregación, y esto la inspiró a buscar nuevos modelos de economía.

Un modelo de economía budista estaría enfocado en cultivar “prosperidad compartida” (es decir sustentabilidad, pero con un marco espiritual). Una vida con sentido y propósitos menos egocéntricos genera bienestar y el bienestar, de acuerdo con los especialistas, también genera riqueza.

Se ha llegado a reducir la idea de generosidad; pensar en las generaciones futuras, en qué mundo y con qué recursos los vamos a dejar, es pensar con prospectiva y reciprocidad, un grado de conciencia que se plantea en el budismo.

El óctuple noble sendero es la “guía” del budismo hacia la liberación. Uno de estos ocho puntos consiste en llevar una correcta manera de vivir, contemplar lo que recibimos y lo que damos: ¿quién lo hizo, cómo lo hizo, dónde lo vende, a quién se lo vende… qué se hace con las ganancias? Si todos aplicáramos esta conciencia, podríamos contrarrestar el derroche y la avaricia.

Más bienes compartibles y compartidos y mejores servicios para una mejor calidad de vida serían principios fundamentales que el budismo podría aportar a la economía.

En resumen, ahorro, empatía, austeridad y moderación, serían las nobles verdades para una economía que nos permita vivir con menos, pero con mayor bienestar entre todas las naciones.

Hay motivaciones psicológicas detrás de las decisiones económicas, pero en la medida en que somos éticamente maduros, es posible una vida menos centrada en el consumismo y más en la cooperatividad.

En el video a continuación puedes encontrar más información sobre la economía budista de Brown:

 



Hacer ciudades más caminables: ¿cuáles son los grandes beneficios?

Sufrir la urbe no es algo a lo que haya que acostumbrarse, así lo demuestran algunas ciudades que son amigables con el peatón.

Peatón es sinónimo de movilidad sustentable, y la movilidad sustentable es ya una necesidad que, además de cuidar al medio ambiente, nos ayuda a tener una mejor calidad de vida.

Porque hacer a las ciudades más caminables mejora la salud física y emocional. Y no sólo porque una ciudad que camina reduce, por ejemplo, los altos niveles de polución que dañan a nuestros pulmones, también porque a menor uso del automóvil menos es el estrés que impacta tanto a la persona que maneja como a los agentes externos.

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Así, no hay duda de que los beneficios de la cultura peatonal son inmediatos y de proporciones asombrosas. Por ello es que muchas ciudades son ya ejemplo de la posibilidad de revertir los estragos que hasta ahora ha causado el modelo de urbe caótica, diseñada para consumir automóviles.

Estos cuatro puntos sintetizan los múltiples beneficios de las ciudades peatonales:

 

– Hay hasta 40% más de áreas verdes. Un ejemplo es Hamburgo, donde el espacio que se liberó a partir de esta planeación urbana pro-peatonal permitió mayor construcción de parques, centros deportivos y hasta huertos urbanos.

– Existe menos contaminación atmosférica. El parque vehicular es el causante de que se disparen los índices de contaminación debido a la emisión de CO2 por la combustión de gasolina. Ante eso, las ciudades peatonales imponen una lógica muy básica: a más peatones menos coches, lo que es lo mismo a un drástico descenso de los niveles de contaminación. Y también es igual a menos contaminación sonora, pues la mayoría de ésta proviene de los motores y las bocinas, afectándonos anímicamente e interrumpiendo nuestro sueño y tranquilidad.

– Mejora la salud. La contaminación atmosférica urbana aumenta el riesgo de padecer enfermedades respiratorias agudas, como la neumonía, y crónicas, como el cáncer de pulmón y enfermedades cardiovasculares. Además, una cultura peatonal incentiva el caminar o el uso de la bicicleta, algo que no solo previene enfermedades sino que mejora considerablemente la salud, ayudando con ello a disminuir la tasa de mortandad, pues la inactividad es la cuarta causa de mortalidad en el mundo

– Engendran mayor convivencia. La cultura individualista del automóvil se impone el salir a la calle, caminar o andar en bicicleta y ver a otras personas. Además, esta planeación pro-peatonal apuesta por centros urbanos con más espacios de recreación y locales pequeños donde convivir, como cafeterías y restaurantes, lo que a la postre ayuda a la economía de los pequeños negocios y hace de las ciudades sitios más seguros, como pasó en Houten.

– Incentiva el amor por tu ciudad. Caminándola o rodándola en bicicleta la conoces en todos sus detalles. Porque no se trata de demonizar las ciudades, pues éstas son muy hermosas, pero no cuando sólo las vemos a través de los cristales del automóvil, en momentos de ansiedad y estrés cuando nos trasladamos a toda velocidad o, peor aún, cuando estamos parados en un tráfico brutal.

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Por todo lo anterior, distintas ciudades del mundo han promovido políticas públicas para que más personas se trasladen a pie de forma segura y cómoda. El impacto de estas políticas puede verse sobre todo en Europa y en las ciudades estadounidenses de Nueva York y San Francisco; esta última ha trabajado de la mano con ONG’s para elaborar estrategias que buscan mejorar la calidad de vida urbana. Entre dichas estrategias están el evitar construir manzanas llenas de edificios, que los espacios públicos tengan equilibrio entre el espacio disponible para que circulen los peatones y el que destinan a los kiokos o tiendas, la construcción de estacionamientos “invisibles” —subterráneos o en la parte trasera de los edificios—, accesos peatonales claros y definidos y, finalmente, algo que en nuestras ciudades latinoamericanas hace mucha falta: construir banquetas grandes.

Según un estudio del Observatorio de Movilidad Urbana para América Latina, hoy en día casi el 80% de la población de la región vive en centros urbanos y esa proporción llegará a cerca del 90% en las próximas décadas. Además, de sus 60 ciudades cuatro son “megaciudades” con más de 10 millones de habitantes. Este desaforado crecimiento urbano se ha sustentado en gran parte en una cultura del automóvil, por lo cual el continente enfrenta problemas como que las banquetas no tienen un ancho estandarizado, que no existe un número adecuado de estacionamientos y no hay árboles o arcadas que protejan de los rayos solares, entre otros que problematizan la movilidad peatonal. 

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Por eso, en América Latina se hace urgente tomar medidas. Hace falta una revolución peatonal que resuelva los problemas que conllevan las ciudades caóticamente planeadas y pensadas para automóviles pues, además, el automóvil exige el 85% del espacio de las calles para apenas el 29% de la población, lo que es un absurdo total.

Autonombrarnos peatones y ejercer el acto de caminar diariamente es por donde puede comenzar esta revolución peatonal, que no tiene sino múltiples beneficios y son más que suficientes para optar por este cambio que, con suerte, revierta lo que ya ha ocasionado lo que los geógrafos llaman la “urbanización salvaje”.

 

*Fuente de consulta:

Observatorio de Movilidad Urbana para América Latina Información para mejores políticas y mejores ciudades