Un recorrido virtual por las fuerzas globales que crean una camiseta

“Dinero planetario hace una camiseta” decidió, no sólo hacer una camiseta desde cero, sino rastrear todo el procedimiento y acompañar a la camiseta alrededor del mundo durante su fabricación.

Las historias detrás de la ropa que llevamos puesta no son muy populares, la mayoría de las personas prefieren no dedicar tiempo a leer acerca de esto porque es largo y casi siempre desalentador. Es por ello que Planet Money de NPR decidió mostrar en lugar de decir.

El fascinante proyecto multimedia que armaron trata acerca de las cadenas de abastecimiento que se dedican a fabricar nuestras prendas baratas. En lugar de contarnos acerca de las condiciones en fábricas, el equipo de NPR hizo algo más simple: decidió hacer una camiseta e, inteligentemente, utilizar las preventas para financiar a 10 periodistas que rastrearon la camiseta en su viaje desde su comienzo, en una granja de algodón en EU, y luego a darle la vuelta al mundo para regresar a EU.

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Por medio de imágenes, video, texto y gráficas, “Dinero planetario hace una camiseta” contó la historia de la camiseta en una amigable aplicación web. Aprendemos acerca de la automatización de las máquinas, la ingeniería genética de semillas, el poquísimo dinero que cuesta la mano de obra en Indonesia –donde mujeres trabajan demasiadas horas por un sueldo ridículo–, la industria de traslados en contenedores, y el dinero que cuesta todo el trabajo y el viaje alrededor del mundo por cada camiseta: 10 centavos de dólar.

Vale la pena ver la serie completa, que está muy bien realizada, y no te tomará más de 15 o 20 minutos. Te hará pensar dos veces acerca de lo que conlleva comprar la vestimenta que usas. La pieza, sin embargo, no es moralista. Es sólo una historia que te abre los ojos a entender las implicaciones e historias detrás de las decisiones que tomamos acerca de lo que compramos y la demandas de producto que generamos.



La gentrificación en Berlín provoca avistamiento de fantasmas callejeros

La instalación “Los desahuciados” del colectivo Reflektor busca crear empatía con las historias de quienes fueron desalojados por la gentrificación.

Fatma es una inmigrante turca que vivía en el distrito de Neukölln, un barrio obrero de Berlín, que en los últimos años se ha puesto muy de moda. Cuando su esposo Ali no pudo pagar el alquiler de la casa donde vivían, tuvieron que mudarse con sus suegros, donde Fatma tiene que ocuparse de todas las labores.

Historias como esta son las que el colectivo de arte callejero Reflektor intenta recuperar a través de la instalación Los desahuciados.

Se trata de muñecos fantasmales dejados en distintos puntos del barrio que buscan romper con la inercia de la ciudad ideal, y recordar que antes de que llegaran las galerías y los cafés de moda, Neukölln era un barrio residencial cuyos habitantes fueron expulsados paulatinamente debido al encarecimiento de la vivienda y la voracidad inmobiliaria.

La gentrificación ocurre cuando una zona se pone de moda, por lo que los precios de la vivienda y los servicios aumentan. Estudios recientes indican que estos movimientos en la organización de las ciudades podrían llevar a un aumento en casos de depresión y ansiedad clínica, entre otros padecimientos mentales.

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Los desahucios en la zona han aumentado dramáticamente los últimos años (imagen: Eva Maria Stotz)

Según Matthias Holland-Moritz de Reflektor, las esculturas representan historias ficticias basadas en hechos reales. “Se trata de la estigmatización, de estar ahí afuera, socialmente muertos.”

Desde hace unos años, la zona se volvió blanco de grupos inmobiliarios internacionales que han abierto bares, restaurantes y cafés, lo que provocó el desalojo masivo de mucha gente que solía vivir ahí.

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Las esculturas de todas las edades tienen un globo de texto en el que los transeúntes pueden leer sus historias, así como visitar el sitio web del proyecto para concientizarse sobre las condiciones de los antiguos habitantes del barrio.

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Las esculturas buscan romper la inercia de los nuevos inquilinos y turistas (imagen: fantasma-gentrificacion-Eva Maria Stotz)

Además de ser un interesante proyecto artístico, Los desahuciados busca prevenirnos mediante un ejercicio de empatía de que cualquiera de nosotros puede encontrarse en algún polo de la lógica de la gentrificación: apropiándose del espacio de alguien que solía vivir ahí, o siendo desalojado al no ser capaz de pagar lo que los administradores inmobiliarios exigen.

 

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Las “niñas sumangali” de India, las manos que cosen la moda barata americana

La reportera Dana Liebelson viajó a la India en busca de información acerca de quién fabricaba su ropa. Encontró la historia de las “niñas sumangali”.

“Sumangali” es una palabra hindú que significa “mujer casada”. Refiere a una forma de trabajo infantil que, aunque prohibido, es practicado en India, particularmente en la industria textil de Tamil Nadu. En este sistema se contrata a una niña por tres o cinco años, durante los cuales ella gana un salario y después se le paga una suma total para pagar por un dote. En la India una mujer es auspiciosa porque está casada. De no estar casada en sus veintes, es rechazada por su comunidad y su familia. Para poder casarse, una mujer debe tener al menos tres soberanos de oro británicos, el equivalente de alrededor de $1,200 dólares americanos. Las familias promedio de Tamil Nadu ganan poco más de $400 dólares al año.

Este sistema de explotación comienza con un reclutador visitando la casa de potenciales trabajadoras, que casi siempre son mujeres muy jóvenes y pobres. Ahí convencen a los padres y les ofrecen beneficios falsos como más dinero, aire acondicionado, tiempo para estudiar, la posibilidad de casarse cuando terminen el contrato. Todas las fábricas de este estado trabajan para compañías como Walmart, H&M, Gap, Abercrombie, Mothercare y otras compañías de moda barata, y el 80% emplea a niñas sumangali. Así, la próxima vez que veamos “hecho en India” en la etiqueta de nuestros pantalones, lo más seguro es que esté hecha por las manos de niñas sumangali bajo condiciones deplorables por decir lo menos.

La reportera Dana Liebelson viajó a Tamil Nadu este año y regresó con una historia devastadora sobre lo que sucede con las “niñas sumangali”. Allá tuvo la oportunidad de entrevistar a varias de ellas después de haber trabajado años en alguna de las fabricas de textiles del estado. La mayoría habían trabajado de 12 a 20 horas al día los siete días de la semana; vivido en “hoteles” que alojan a 12 niñas y sus hijos por cuarto; habían sido abusadas verbal o sexualmente por sus supervisores; se les había pagado menos de la mitad de lo que prometieron los empleadores en el contrato.

“No encontrarás un manufacturero de ropa occidental que apruebe abiertamente del trabajo sumangali”, apunta Liebelson, “pero tomar medidas al respecto es otra cosa. Ello es porque las cadenas de abastecimiento son vastas, confusas y complejas. La camiseta hindú promedio comienza en un campo de algodón en estados del oeste como Gujarat y Maharashtra, donde pelotas acolchadas del tamaño de una ciruela son cosechadas por trabajadores que generalmente provienen de castas bajas. De ahí, las bolas son enviadas en camiones a fábricas y vendidas a fábricas de hilado, donde máquinas (como la que cortó la mano de Arunda [una de las niñas sumangali que entrevistó]) procesan las bolas crudas en hilo. Después trabajadores tejen el hilo en tiras, las pintan y las mandan a fábricas que hacen el proceso final”.

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Dana Liebelson intentó llegar a una de estas fábricas pero fue violentada por algunos hombres que le pidieron que borrara las fotografías que tomó del lugar, y la fueron a buscar al hotel donde se había quedado para amenazarla con llevarla a la cárcel por tratar de meterse donde nadie la había llamado. “traté de ver se dónde provenía mi camiseta, y la fábrica mandó mafiosos a buscarme”. Su artículo es una llamada de atención para las compañías de ropa que manufacturan en India, donde casi seguramente (aunque no lo sepan, o no quieran saberlo) están explotando a niñas con la promesa de que pueden casarse algún día, y una llamada de atención a todos nosotros que compramos ropa bonita y barata sin saber las historias que llevan detrás y sin saber que estamos contribuyendo a un sistema podrido de abuso y de mentiras.