Lluvia de estrellas Gemínidas: el último gran espectáculo astronómico de 2013

Este fin de semana podremos presenciar la última lluvia de estrellas del año: entre 120 y 160 meteoros nos deleitarán por hora.

Conocida por ser la lluvia de estrellas “más satisfactoria” del año, la lluvia de las Gemínidas es también una de las más esperadas. El fenómeno alcanzará su máxima actividad el 13 y 14 de diciembre con la caída de más de 120 meteoros por hora.

Esta lluvia es una de las dos que no son causadas por un cometa, en vez, es el resultado del asteroide Phaeton 3200. Este asteroide, por cierto, viaja más cerca del sol que cualquier otro. Los meteoros del Phaeton viajan a una velocidad menor a la del Leonid, cuya lluvia ocurrió el mes pasado.

De acuerdo a la NASA, la lluvia podrá ser vista desde cualquier parte del mundo pero recomiendan que aquellos que quieran verla más claramente se alejen de fuentes de luz artificial, así se optimizarán las posibilidades de ver el paso de los meteoros.

Para aquellos que no pueden escaparse de la ciudad pero desean ver la lluvia, Bill Cooke, Danielle Moser y Rhiannon Blaauw, astrónomos de la NASA, ofrecerán un chat en vivo para responder preguntas en torno a la lluvia, además, el canal oficial de la NASA ofrecerá una transmisión en vivo.

En lo que esperamos, les compartimos el video de la lluvia de las Gemínidas del año pasado:



¿Qué son las constelaciones?

Dibujos, guías y depósitos de historias; ¿quién las descubrió?

En algún momento de la historia, todo lo que veías en el cielo nocturno era el incandescente brillo de las estrellas; había poca luz artificial y poco ruido que interrumpiera los mapas que trazaban en el cielo. Los navegantes les encomendaron viajes, los antiguos griegos vieron en ellas la continuación a sus historias y hoy son reconocidas por todos.

Las constelaciones son el producto directo de la unión entre la naturaleza y el artificio: su existencia comprueba la fuerza de la imaginación colectiva a través del tiempo. Todas tienen nombre y ubicación pero, ¿qué son exactamente?

Una constelación es un grupo de estrellas que crean un patrón en el cielo. Actualmente se cuentan 88 de ellas, según registra la Universidad de Saint John’s.

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The Celestial Atlas of Flamsteed (1795)

 

¿Quién las nombró? 

La interpretación de estos patrones difiere por culturas: lo que los griegos llamaron Ursa Maior era una caravana de reyes para los árabes, un cucharón para los nativos americanos y una enorme ave (Wuqüb’ Kaqix) para los mayas.

Varias de las 88 constelaciones reconocidas oficialmente fueron nombradas en el siglo 270 a. C. por el poeta Arato en su poema “Fenómenos”Otras, como Microscopium, se descubrieron en el siglo XVII. 

El astrónomo árabe Al-Sufi tradujo el Almagesto de Ptolomeo (un catálogo detallado del conocimiento astronómico griego) en el siglo X. Gracias a su trabajo se conocieron los nombres latinos que los astrónomos de hoy en día utilizan para ubicar cuerpos celestes. 

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Un mapa de leyendas

Durante milenios, las constelaciones han sido el depósito de un sinfín de historias. Según los astrónomos, algunas secciones del cielo permiten leer mitos como el de Perseo y Andrómeda parte por parte.

Las constelaciones representaban una manera realmente práctica para transmitir toda esta sabiduría popular, pero también tenían una función predictiva. Los humanos de hace siglos miraban el cambio de las estaciones en el cielo y establecían en torno a ellas el ritmo de sus vidas.

Hoy no son sólo un espectáculo visual, también son esenciales para los astrónomos. Las constelaciones marcan territorios específicos en el cielo; por ejemplo, Sagitario se encuentra justo en el centro de la Vía Láctea. Además, las estrellas deben sus nombres a ellas, como Alpha Centauri, que se ubica en la constelación Centauro. 

 

¿Algún día desaparecerán?

Estos patrones de luz son prácticamente fijos: las estrellas que observamos agrupadas ahora son las mismas de hace 3,000 años.

Incluso si se modificaran, no sería difícil hallarlas de nuevo. En algún momento, esas 88 constelaciones fueron iguales al infinito: aún hoy las posibilidades de ensanchar, acortar o borrar por completo ese número son incalculables.

Quizá en el siguiente siglo las constelaciones muden de nombre y símbolo. Lo seguro es que la naturaleza continuará inspirando la creatividad de los seres humanos y configurando las inmensas posibilidades de la vida en este planeta.



Espiritualizar el universo (de cosmovisiones y seres antropocósmicos)

Una reconciliación entre lo cósmico y lo humano es el germen teórico y científico que podría alentar nuestra evolución.

En los tiempos antiguos el término espíritu nunca estuvo lejos de las ciencias exactas. Las bases de la medicina y la química, la espagiria y la alquimia, encontraron importante la existencia de la materia invisible –la parte no corpórea del ser–, la fuente de vitalidad del reino animal y mineral. Un suspiro.

Los monjes budistas que se dedican a estudiar cosmología, relacionan la información científica con su filosofía milenaria en un todo: la naturaleza de la realidad. En la historia del conocimiento humano, el micro y el macrocosmos están, de cierta forma, conectados desde una entidad fantasma que sí, podríamos llamar espíritu. 

En este sentido, el cosmos –la bóveda celeste– ha sido musa para inspirar todo tipo de creencias místicas y sagradas, que comparten su realidad con la ciencia y las leyes de la física que construimos acá abajo.

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¿Podemos pensar en el universo como si fuese un dios?

Quizá sí, porque aquello de que somos polvo de estrellas es más que una metáfora: podría ser que casi la mitad de los átomos que componen nuestro cuerpo provengan de galaxias más allá de la que habitamos. Y es que las primeras estrellas y, por lo tanto, los primeros átomos, nacieron cuando se formó toda la materia en el universo, así como la energía que los transformó eventualmente en planetas y creó vida en ellos.

Esto, que ahora lo explica la astronomía moderna, era lo que tenía su explicación esencialmente en los mitos de las cosmogonías antiguas: las narraciones centradas en los orígenes del universo, como el Popol Vuh de los mayas, que buscaba la génesis de lo humano en el campo de fuerzas estelares. Pero además de las cosmogonías, las culturas mesoamericanas también sabían cómo hacerse a ellas mismas parte del relato universal. Por eso tenían una cosmovisión.

 

¿Qué es la cosmovisión?

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Las cosmovisiones, como las cosmogonías, forman en conjunto lo que el pensamiento humano ha sido capaz de filosofar y crear hasta ahora. Una cosmovisión es una “concepción del mundo”, con historia y tradición, que se reactualiza cada tanto pero a su vez mantiene cierta continuidad. En ese sentido, las cosmovisiones no pertenecen sólo a las concepciones de las culturas mesoamericanas u originarias: en realidad, “cosmovisión” es un concepto alemán (Weltanschauung).

Pero curiosamente, no hay concepción del mundo que merezca más ser llamada cosmovisión que la de las culturas mesoamericanas. Sus habitantes compartían muchos principios, pero también eran fundamentalmente diversos. Su mayor fortaleza era estar conscientes de ello y no escindir lo humano de lo cósmico, lo orgánico y lo místico. Algo que puede constatarse en la actualidad, en las comunidades indígenas contemporáneas.

Porque según el historiador Alfredo López Austin, los procesos míticos mesoamericanos se expresaban como “pasiones humanas”. No había una división tajante entre el tiempo-espacio “mítico” o divino, y el tiempo-espacio “mundano” o humano. Ahí lo “divino” no podía ser escindido de lo humano, porque nada podía  ser concebido mas que por las pasiones humanas que permiten experimentar el mundo. La conciencia sobre este hecho pareciera haber sido mucho mayor en el mundo mesoamericano que en cualquier otro.

 

¿Tenemos nosotros una cosmovisión?

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Los científicos contemporáneos están comenzando a comprender que ellos, y la humanidad en su conjunto, necesitan volver a sus raíces: hace falta una concepción del mundo que parta de nosotros (en plural). No lo requerimos por una suerte de impulso antropocéntrico o egocéntrico, sino antropocósmico. Porque los seres humanos somos la mediación y la finalidad de todo lo que existe para nosotros, pero a su vez debemos ser conscientes de que estamos en correlación con el cosmos y con sus otros habitantes.

Tal cosa sería como el humanismo que necesitamos en estos tiempos convulsos. Y no por nada, la ciencia se está dando cuenta de ello. La astrónoma de la NASA Michelle Thaller ha sintetizado este nuevo paradigma científico de una manera preciosa:

Nuestras mentes, nuestra percepción de lo bello, nuestra noción de las matemáticas y cómo las cosas encajan, funcionan muy bien con las leyes físicas del universo. Pero eso no es una coincidencia: porque evolucionaron adentro del universo.

Así, nuestras mentes se hicieron conscientes con estas leyes físicas y estas condiciones. Por lo que creo que podemos aprender más del gran universo estudiándonos a nosotros mismos.

Esta inédita reconciliación entre lo cósmico y lo humano es el germen teórico y científico que podría alentar nuestra evolución. Porque más que una marcha forzada a un mundo heterogéneo, es una forma de alimentar la unidad de la diversidad –lo individual y lo colectivo– desde aquello más general: la humanidad, por un lado, y el cosmos, por el otro. 

Por eso necesitamos una concepción que nos permita ser seres antropocósmicos: transitar el tiempo presente y pensar a futuro sin escindirnos del cosmos ni de la naturaleza. Algo así como una cosmovisión contemporánea.

 

* Imágenes: 1, 3 y 4) Philipp Igumnov; 2) Edición Ecoosfera