Coyotes que cruzan semáforos y otros animales salvajes en la ciudad

Al parecer la vida salvaje está retomando los espacios urbanos de un tiempo para acá. Desde coyotes que aprenden a cruzar la calle hasta halcones peregrinos que sobrevuelan los edificios.

Normalmente pensamos en las ciudades como páramos inhabitables para especies salvajes, donde sólo los animales domésticos y los más adaptativos (como las ratas o las cucarachas) pueden sobrevivir. Pero como algunos científicos en el área de la ecología urbana han encontrado, esto no necesariamente es verdad.

Más y más animales nativos se están ajustando, increíblemente, a la vida en las calles. En Nueva York, por ejemplo, los venados blancos han regresado después de doce años de casi desaparición. Focas, hurones, halcones peregrinos y águilas de cola roja también lo han hecho.

Al parecer, lo que está pasando en Nueva York –que además es la metrópolis más edificada del mundo—no es del todo anormal. Los expertos apuntan que la adaptación de la vida salvaje a áreas urbanas ha incrementado en todo el mundo, en parte porque las ciudades se están reverdeciendo, gracias al control de contaminación y el énfasis creciente en los espacios abiertos.

El coyote, como sabemos, merodeaba por ciudades hace alrededor de veinte años. Un reciente estudio del área de Chicago encontró que los cachorros urbanos tienen cinco veces más posibilidad de sobrevivir que sus contrapartes rurales. “Los coyotes”, apunta Stan Gehrt, ecologista de la Universidad Estatal de Ohio, “pueden absolutamente existir incluso en la parte más urbanizada de una ciudad, sin ningún problema. Aprenden los patrones del tráfico y aprenden cómo funcionan los semáforos”.

Otros animales como los tlacuaches y los halcones obtienen grandes beneficios de vivir en la ciudad, que al contrario de la creencia popular, es cada vez más un ecosistema con interesante biodiversidad. Y aunque esto se parezca mucho al fin del mundo, es una buena señal de que algo estamos haciendo bien.



Ver el cielo desde la ciudad te hace más feliz (un recordatorio para navegar tu día)

Reconectar con la naturaleza desde las ciudades es motivo para (re)diseñar ciudades cada vez más verdes y, por qué no, más felices.

Voltear a ver el cielo te hace más feliz. En diversas ocasiones se ha demostrado que estar en contacto con la naturaleza tanto como sea posible mejora la salud, pero sobre todo, es clave para recuperar y mantener la alegría; escuchar a un pájaro cantar, tener a la vista un árbol, o simplemente mirar al cielo frecuentemente son detalles imprescindibles para empezar a buscar la felicidad desde otros paradigmas.

Los espacios verdes en zonas de gran densidad urbana son más que un adorno o una casualidad. Por salubridad y hasta para contrarrestar los efectos del hacinamiento, en las metrópolis los paseos arbolados proveen enormes bondades, tanto para el bienestar mental individual como para el bienestar colectivo.

Especialistas de diversas áreas, tanto sociales como urbanísticas y médicas, se encuentran estudiando el impacto que tiene la ciudad en los seres humanos, y recientemente la gran influencia de los pequeños nodos verdes de las ciudades en la psique de sus habitantes. De acuerdo con una investigación liderada por el King’s College de Londres y publicada en la revista BioScience, basta con pequeñas exposiciones al aire libre en medio de la vida laboral para recobrar el ánimo. 

 

Diseño de ciudades para habitantes más felices 

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El urbanismo verde puede mitigar la presión que ejerce la ciudad en la vida de las personas, sean niños o adultos mayores, hombres o mujeres. Por eso el King’s College desarrolló este estudio. La idea principal del artículo que presenta los resultados de dicha investigación, más allá de redundar en los beneficios de reconectar con la naturaleza desde la realidad urbana, radica en alentar el diseño de las ciudades teniendo como fin primordial la creación de más y mejores áreas verdes que potencialicen la calidad de vida en las urbes contemporáneas.

La escritora Rebecca Solnit afirma en su libro Wanderlust que al caminar, el cuerpo, el pensamiento y el mundo encuentran ritmo y sintonía: incluso para una mente urbana, el acto de aproximarse a un balcón o un espacio abierto incrementa la felicidad.

Y aprovechando la conectividad tecnológica, el King’s College –en colaboración con J&L Gibbons, Nomad ProjectsA&E, el Van Alen Institute y la Sustainable Society Network– desarrolló una aplicación a partir de la cual se llegó a las conclusiones anteriores y se pudo comprender cómo la vida urbana está afectando el bienestar mental.

La app Urban Mind emite alertas durante el día al usuario para recordarle que reconecte con su entorno natural, por mínimo que éste sea, ya que el efecto de mirar por la ventana, salir a un parque o a respirar aire fresco durante unos instantes es restaurativo y puede durar varias horas, hasta en los momentos de claustrofobia masiva en una ciudad o inclusive al regresar a tu cubículo del trabajo.

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Para entender cómo los diferentes aspectos del entorno urbano afectan el bienestar mental, Urban Mind recopila datos de sus usuarios en tiempo real. Con base en sus resultados, las organizaciones involucradas en el proyecto esperan aportar, para el futuro compartido, un mejor planeamiento urbano y una política social orientada a mejorar el diseño y la salud de los habitantes. La última recopilación de datos se encuentra en el estudio presentado en BioScience, mismo que puedes consultar en inglés en este link.

Conforme la población siga creciendo en el planeta, el secreto para mantener las ciudades en equilibrio será defender y procurar que el asfalto no se quede sin paisaje. Los huertos urbanos y la forestación vertical conformarán bancos de oxígeno, pero también puntos de encuentro, aprendizaje y esparcimiento.



La próxima generación de edificios limpiará el medio ambiente

En el futuro, los edificios realizarán funciones ecológicas y su eficiencia reportará beneficios concretos para el entorno.

La investigación y construcción de edificios verdes, cada vez más inteligentes, es una tendencia ya consolidada. Son cada vez más los espacios arquitectónicos que auto-regulan sus funciones climáticas, reciclan su energía o almacenan su propia agua.

Un ejemplo de lo anterior, es la sede de Laboratorios de Investigación Zeo, ubicada en Malasia, la cual prescinde para su funcionamiento, de cualquier influjo energético externo, como la electricidad o el gas –además de convertirlo en un edificio con cero emisiones de carbono–.

Actualmente, universidades y despachos de arquitectura alrededor del mundo, concentran sus esfuerzos en desarrollar modelos integrales, los cuales ya no se limitan solo a evitar la generación de desechos, sino que están diseñados para purificar su entorno inmediato.

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La firma de ingeniería multidisciplinaria Arup, publicó hace unos años un trabajo, en forma de infográfico, sobre las posibilidades tenco-sustentables de edificios proyectados para el año 2050 –según las tendencias tecnológicas proyectadas para los próximos años. 

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Según los especialistas de Arup, para el año 2050 el mundo se encontrará en los 9 mil millones de habitantes y un 75 % de los mismos vivirá en ciudades:

En el mundo de entonces, la tecnología estará más enfocada en solucionar problemas específicos de cada persona y habrá un flujo constante de elementos y recursos en evolución constante, todo con la finalidad de adaptarse a los cambios. Los edificios se asemejarán a organismos vivos y por tal razón, su estructura misma necesitará ser adaptable y multifuncional, con componentes dinámicos, inteligentes y reactivos. Estos también generarán recursos para su propia habitabilidad y contarán con fachadas y exteriores reactivos, casi como si tuvieran piel.

Si bien la hipótesis de la firma de ingeniería es bastante radical –casi como una historia de sic-fi–, y apela a un futuro positivo en el que tomamos acción sobre los impactos que implica nuestro actual modelo de desarrollo, es una opción bastante viable y no estaría nada lejos de materializarse. 

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Hace cuatro décadas, arquitectos como Ian McHarg, en Estados Unidos, y Robert Vale, en el Reino Unido y Nueva Zelanda, participaron en la cimentación de los fundamentos de lo que hoy conocemos como arquitectura sostenible –la cual desde un inicio estuvo inspirada funcionamiento de la naturaleza–.

La realidad actual, caracterizada por el encarecimiento de los combustibles y fuentes de energía, el cambio climático, la sobrepoblación en las ciudades, etc. nos demanda restablecer una relación armónica entre el interior y el exterior, entre los inmuebles y el medioambiente. Afortunadamente, una arquitectura orientada a la simbiosis con su entorno, se erige como una determinante tendencia del actual “arte de los espacios”.