Monjes budistas están protegiendo a los leopardos de las nieves de cazadores furtivos

Los majestuosos leopardos de las nieves que merodean las zonas cercanas a los monasterios budistas tienen la suerte de tener a estos guardianes, que los protegen de ser asesinados. Habría que pensar cómo utilizar las otras religiones del mundo para lo mismo.

Las diversas filosofías y religiones del mundo podrían ser uno de los grandes agentes de conservación del medioambiente y el respeto a la naturaleza. Sin duda, este es un tema que valdría la pena desarrollar a fondo, para poner en marcha un plan que se base en las enseñanzas sagradas de cada una de las religiones para salvaguardar a las criaturas salvajes.

Uno de los ejemplos más imponentes en este tema es lo que sucede en los monasterios del Tíbet. Muchos monjes budistas patrullan activamente las áreas para prevenir la matanza de los leopardos de las nieves, y no sólo esto, sino que enseñan a la gente local que matar a estas majestuosas criaturas está mal.

Gracias a su razonamiento budista de respetar a todos los seres vivos, la mayoría de las personas que habitan la zona del Tíbet y los Himalayas no matan a ningún espécimen de la vida salvaje. Sin embargo, la historia es un poco más cruel: al igual que ocurre con los cuernos de rinoceronte y los colmillos de elefante, la demanda por los leopardos de las nieves es impulsada por el uso de estos animales en la medicina tradicional china y también, por el increíble frío de la zona del Tíbet.

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Así, mientras estos monjes y aldeanos protegen a los bellísimos leopardos de las nieves gracias a sus valores de no violencia, también es verdad que todas las religiones principales del mundo tienen enseñanzas que apoyarían la conservación del medioambiente y los animales.

Después de ver el éxito con que estos monjes educan a los locales para no herir a los leopardos o a otros animales, habría que pensar cuáles técnicas similares podrían funcionar en la India, África y Asia, en donde la caza ilegal ha provocado una preocupante crisis.



Kaihōgyō: el mortal maratón budista de 1,000 días para alcanzar la iluminación

Sólo 46 monjes han logrado la proeza de terminar el riguroso reto del kaihōgyō desde el siglo XIX.

Los maratones en las ciudades son eventos que reúnen a multitudes y las obligan a ir más allá de sus propios límites. Pero existe un maratón que no sólo pone a prueba la disciplina física, sino que también obliga a sus participantes a trascender sus límites espirituales. Se trata de un reto de 1,000 días (7 años), con el objetivo de convertirse nada menos que en un buda viviente: el kaihōgyō.

Los monjes de la secta Tendai viven en el monte Hiei, a las afueras de Kioto, en Japón. Cuando un monje decide embarcarse en un kaihōgyō, se sabe que está frente a una prueba extrema que probablemente no logrará completar.

Se espera que los primeros 100 días el monje corra 30 kilómetros diarios por las montañas, deteniéndose en alguno de los 260 altares a lo largo del camino para ofrecer oraciones a los ancestros y a otros monjes pasados.

Muchos de esos altares son para monjes que se quitaron la vida al no ser capaces de completar el kaihōgyō.

 

Atravesar las puertas de la muerte

Los primeros 100 días, el monje se levanta a medianoche y comienza a correr en la oscuridad durante 30 kilómetros. Al terminar de correr, más o menos a las 8 de la mañana, se espera que el monje cumpla sus obligaciones normales en el templo durante el día. Esto les deja poco más de 4 horas de sueño diario.

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Sandalias tradicionales para correr

Hoy en día los monjes pueden abandonar el kaihōgyō antes de los 100 días. Pero si atraviesan el día 101, su tradición exige completar la prueba o morir. El monte Hiei está lleno de tumbas de monjes que no completaron la prueba.

Los siguientes 5 años transcurren así, corriendo 30 kilómetros diarios. En ese momento viene la prueba más difícil: el dōiri, un ritual de 9 días donde el monje no puede comer, beber ni dormir.

El monje debe repetir un mantra sin parar, además de traer agua de un manantial a las 2 de la madrugada, no para beber, sino para ofrecer a la estatua del Buda Fudō Myō-ō. Todo esto bajo la estricta vigilancia de otros monjes, que no le permiten dormitar.

El dōiri simboliza la muerte física del monje, un paso por el inframundo en una de las torturas físicas más brutales que se puedan concebir.

El comienzo del sexto año consiste en correr 60 kilómetros diarios por 100 días consecutivos, y el séptimo año debe correr 84 kilómetros durante los primeros 100 días, luego de lo cual la prueba termina con otros 30 kilómetros diarios durante el tiempo restante.

La distancia total que los monjes corren durante el kaihōgyō equivale a la circunferencia de la Tierra.

 

¿Por qué?

Solamente 46 monjes han completado el kaihōgyō desde 1885. Al final ellos no reciben una medalla ni un premio, ni siquiera una invitación a las Olimpiadas.

Esta dura prueba no es un evento deportivo, sino un desafío espiritual: el kaihōgyō simboliza un entrenamiento para acceder a la iluminación, así como para llevar a otros a alcanzarla mediante el ejemplo.

A diferencia del maratón occidental, esta prueba de los monjes Tendai no está hecha para hacer más fuerte el cuerpo, sino para fortalecer la mente a través del sufrimiento físico.

Se trata de crear una nueva relación con la naturaleza transitoria de la vida, además de destruir todo lo que el monje cree de sí mismo, para dar paso a una nueva naturaleza que sólo pueden conocer quienes han atravesado las puertas de la muerte.

¿Te parece una prueba extrema? ¿Alguna vez has fantaseado con someterte a un régimen espiritual así de estricto? Cuéntanos tu opinión en los comentarios.



Shugendō: iluminando la conciencia en las montañas sagradas de Japón

Este cortometraje nos acerca a una práctica milenaria, de manera íntima e inspiradora.

¿Cómo iluminar la conciencia? En todas las prácticas y religiones del mundo, y sobre todo en la sabiduría asiática, esta es una de las preguntas más relevantes. En la búsqueda de aquella iluminación, casi siempre existe un elemento obligado: la reclusión. 

El Shugendō (el camino del entrenamiento ascético) es una de tantas místicas inenarrables que buscan la iluminación, pero que precisamente conservan su carácter místico para nosotros porque son prácticas que se realizan en la reclusión (y más aún: en la reclusión de las montañas). Aunque se puede ahondar mucho en el sincretismo del Shugendō, originado en el Japón prefeudal, lo cierto es que es esencialmente una experiencia y, como tal, sólo experimentándola con todos los sentidos se puede acceder a ella.

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No obstante, el cineasta francés Mathieu Le Lay realizó un íntimo cortometraje, Kumano, que podría llevarnos a algo similar a la experiencia del Shugendō: sentir sus rituales, sus sonidos, sus colores y sus silencios en las profundidades de las montañas sagradas de Japón, que aunque quizá se nos presenten intransitables podemos conocer gracias a este brillante trabajo audiovisual.

Kumano es un cortometraje que logra casi fundirnos con esta práctica ancestral, siguiendo cautelosamente a un monje yamabushi (“el que se oculta en las montañas”) llamado Kosho Tateishi, quien realiza los rituales propios del Shugendō de manera tan natural como si no hubiese una cámara grabando sus acciones. A través de los rezos y el incienso podemos ver a Tateishi casi fundiéndose con los cuatro elementos que lo rodean en las montañas, lo cual nos hace comprender por qué el Shugendō es una práctica que ha perdurado por siglos, pues está enraizada en las montañas y en sus disciplinados practicantes.

Así, aunque el Shugendō sea una práctica que no podemos conocer a cabalidad, es también un cúmulo de conocimientos (que incluyen sabiduría tao y budismo) en los cuales podemos inspirarnos. El cortometraje Kumano es una forma brillante de acercarnos a dichos conocimientos y llevarnos una lección del Shugendō sumamente valiosa: tal vez no se tenga que buscar trascender en este mundo, sino vivirlo en tanto tengamos vida. Porque más allá de la muerte, hay un aquí y un ahora; una naturaleza que podemos absorber con los sentidos, y una felicidad inmanente que podemos experimentar si tenemos la disciplina para llegar a ella.