Monjes budistas están protegiendo a los leopardos de las nieves de cazadores furtivos

Los majestuosos leopardos de las nieves que merodean las zonas cercanas a los monasterios budistas tienen la suerte de tener a estos guardianes, que los protegen de ser asesinados. Habría que pensar cómo utilizar las otras religiones del mundo para lo mismo.

Las diversas filosofías y religiones del mundo podrían ser uno de los grandes agentes de conservación del medioambiente y el respeto a la naturaleza. Sin duda, este es un tema que valdría la pena desarrollar a fondo, para poner en marcha un plan que se base en las enseñanzas sagradas de cada una de las religiones para salvaguardar a las criaturas salvajes.

Uno de los ejemplos más imponentes en este tema es lo que sucede en los monasterios del Tíbet. Muchos monjes budistas patrullan activamente las áreas para prevenir la matanza de los leopardos de las nieves, y no sólo esto, sino que enseñan a la gente local que matar a estas majestuosas criaturas está mal.

Gracias a su razonamiento budista de respetar a todos los seres vivos, la mayoría de las personas que habitan la zona del Tíbet y los Himalayas no matan a ningún espécimen de la vida salvaje. Sin embargo, la historia es un poco más cruel: al igual que ocurre con los cuernos de rinoceronte y los colmillos de elefante, la demanda por los leopardos de las nieves es impulsada por el uso de estos animales en la medicina tradicional china y también, por el increíble frío de la zona del Tíbet.

nature-snow-leopard-1tl73yu

Así, mientras estos monjes y aldeanos protegen a los bellísimos leopardos de las nieves gracias a sus valores de no violencia, también es verdad que todas las religiones principales del mundo tienen enseñanzas que apoyarían la conservación del medioambiente y los animales.

Después de ver el éxito con que estos monjes educan a los locales para no herir a los leopardos o a otros animales, habría que pensar cuáles técnicas similares podrían funcionar en la India, África y Asia, en donde la caza ilegal ha provocado una preocupante crisis.



La vida de los 2 últimos rinocerontes blancos y sus cuidadores (fotos)

Una historia de empatía entre animales y humanos que es contada en imágenes.

Entre nosotros y los animales no hay tanta diferencia. El abanico de emociones que los animales son capaces de sentir y expresar lo demuestra, así como la empatía que esto nos genera hacia ellos. Es así que el mundo está repleto de historias de amor entre animales y humanos que han tejido vínculos más fuertes de los que a veces pueden tejerse de ser humano a ser humano.

Lamentablemente, hemos fallado como especie.
Por lo menos hasta ahora.

Así lo demuestra el hecho de que millones de especies están hoy en riesgo inminente de extinción, y entre ellas se cuentan decenas de animales. Muchas otras ya se han extinguido, real o técnicamente, como es el caso del rinoceronte blanco del norte, del cual quedan únicamente dos hembras en Kenia, África, llamadas Fatu y Nain. El último macho, pese a haber sido el soltero más codiciado del mundo e inspirar toda clase de estrategias para salvar a su especie ­―incluso “usar” Tinder―, murió en marzo de 2018, según reportó la organización Ol Pejeta Conservancy.

El fotoperiodista Justin Mott ha querido mostrar, a través de su proyecto a largo plazo Kindred Guardians, cómo es la vida de estos últimos ejemplares de rinoceronte blanco. Mott comenzó a trabajar en este proyecto tras la muerte de Sudan, el último rinoceronte blanco macho, motivado por trabajos previos relacionados con la conservación animal.

Retratar la existencia de los rinocerontes lo llevó inevitablemente a retratar la de los cuidadores que los protegen día con día de los cazadores furtivos, y que lo arriesgan todo por mantener con vida a estos majestuosos animales. Alguien podría pensar: ¿tiene sentido esto, si los rinocerontes ya están técnicamente extintos? Sí, porque quien salva una vida, salva el mundo entero. Lamentablemente, no pudimos evitar la extinción de esta especie y de muchas otras, pero podemos hacer de la vida de quienes aún están aquí algo digno de ser vivido. Y eso es lo que estos guardianes intentan hacer cada día, cuidando de estos dos bellos ejemplares con valentía y mucha ternura.

Pero las fotografías te lo contarán mejor que nosotros.

rinoceronte-blanco-norte-ultimos-ejemplares-fotografias-empatia-animal

rinoceronte-blanco-norte-ultimos-ejemplares-fotografias-empatia-animal

rinoceronte-blanco-norte-ultimos-ejemplares-fotografias-empatia-animal

rinoceronte-blanco-norte-ultimos-ejemplares-fotografias-empatia-animal

rinoceronte-blanco-norte-ultimos-ejemplares-fotografias-empatia-animal

rinoceronte-blanco-norte-ultimos-ejemplares-fotografias-empatia-animal

rinoceronte-blanco-norte-ultimos-ejemplares-fotografias-empatia-animal

rinoceronte-blanco-norte-ultimos-ejemplares-fotografias-empatia-animal

rinoceronte-blanco-norte-ultimos-ejemplares-fotografias-empatia-animal

rinoceronte-blanco-norte-ultimos-ejemplares-fotografias-empatia-animal

rinoceronte-blanco-norte-ultimos-ejemplares-fotografias-empatia-animal

rinoceronte-blanco-norte-ultimos-ejemplares-fotografias-empatia-animal



Kaihōgyō: el mortal maratón budista de 1,000 días para alcanzar la iluminación

Sólo 46 monjes han logrado la proeza de terminar el riguroso reto del kaihōgyō desde el siglo XIX.

Los maratones en las ciudades son eventos que reúnen a multitudes y las obligan a ir más allá de sus propios límites. Pero existe un maratón que no sólo pone a prueba la disciplina física, sino que también obliga a sus participantes a trascender sus límites espirituales. Se trata de un reto de 1,000 días (7 años), con el objetivo de convertirse nada menos que en un buda viviente: el kaihōgyō.

Los monjes de la secta Tendai viven en el monte Hiei, a las afueras de Kioto, en Japón. Cuando un monje decide embarcarse en un kaihōgyō, se sabe que está frente a una prueba extrema que probablemente no logrará completar.

Se espera que los primeros 100 días el monje corra 30 kilómetros diarios por las montañas, deteniéndose en alguno de los 260 altares a lo largo del camino para ofrecer oraciones a los ancestros y a otros monjes pasados.

Muchos de esos altares son para monjes que se quitaron la vida al no ser capaces de completar el kaihōgyō.

 

Atravesar las puertas de la muerte

Los primeros 100 días, el monje se levanta a medianoche y comienza a correr en la oscuridad durante 30 kilómetros. Al terminar de correr, más o menos a las 8 de la mañana, se espera que el monje cumpla sus obligaciones normales en el templo durante el día. Esto les deja poco más de 4 horas de sueño diario.

kaihogyo-maraton-budista-1000 dias rituales budismo
Sandalias tradicionales para correr

Hoy en día los monjes pueden abandonar el kaihōgyō antes de los 100 días. Pero si atraviesan el día 101, su tradición exige completar la prueba o morir. El monte Hiei está lleno de tumbas de monjes que no completaron la prueba.

Los siguientes 5 años transcurren así, corriendo 30 kilómetros diarios. En ese momento viene la prueba más difícil: el dōiri, un ritual de 9 días donde el monje no puede comer, beber ni dormir.

El monje debe repetir un mantra sin parar, además de traer agua de un manantial a las 2 de la madrugada, no para beber, sino para ofrecer a la estatua del Buda Fudō Myō-ō. Todo esto bajo la estricta vigilancia de otros monjes, que no le permiten dormitar.

El dōiri simboliza la muerte física del monje, un paso por el inframundo en una de las torturas físicas más brutales que se puedan concebir.

El comienzo del sexto año consiste en correr 60 kilómetros diarios por 100 días consecutivos, y el séptimo año debe correr 84 kilómetros durante los primeros 100 días, luego de lo cual la prueba termina con otros 30 kilómetros diarios durante el tiempo restante.

La distancia total que los monjes corren durante el kaihōgyō equivale a la circunferencia de la Tierra.

 

¿Por qué?

Solamente 46 monjes han completado el kaihōgyō desde 1885. Al final ellos no reciben una medalla ni un premio, ni siquiera una invitación a las Olimpiadas.

Esta dura prueba no es un evento deportivo, sino un desafío espiritual: el kaihōgyō simboliza un entrenamiento para acceder a la iluminación, así como para llevar a otros a alcanzarla mediante el ejemplo.

A diferencia del maratón occidental, esta prueba de los monjes Tendai no está hecha para hacer más fuerte el cuerpo, sino para fortalecer la mente a través del sufrimiento físico.

Se trata de crear una nueva relación con la naturaleza transitoria de la vida, además de destruir todo lo que el monje cree de sí mismo, para dar paso a una nueva naturaleza que sólo pueden conocer quienes han atravesado las puertas de la muerte.

¿Te parece una prueba extrema? ¿Alguna vez has fantaseado con someterte a un régimen espiritual así de estricto? Cuéntanos tu opinión en los comentarios.