TOP: 10 deliciosas maneras de comer vegetales crudos

Los vegetales crudos tienen muchos beneficios para la salud, y además son el alimento más fresco que podríamos encontrar en un día caluroso.

El verano trae consigo una buena dosis de productos frescos que en otras épocas no se dan o no se antojan. Los mercados, las tiendas y los huertos rebosan de vegetales frescos listos para consumirse. Se pueden asar a la parrilla o saltear, pero esta época se presta para comerlos en su estado natural: crudos. Aquí hay diez recetas para disfrutar vegetales crudos. (Las recetas completas se pueden encontrar en cada enlace.)

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 1. Cous cous de rábano

Es un platillo un poco crujiente y un poco cremoso, balanceado entre dulce, amargo y un poco de picante. El aceite de aguacate le agrega profundidad al aderezo sin hacerlo demasiado pesado. Es una ensalada que se puede hacer en menos de treinta minutos, perfecta para una cena ligera entre semana, tal vez con una copa de vino rosado.

2. Pepino cremoso como guarnición

El éxito de este platillo está en los detalles: salar el pepino y la cebolla para evitar que estén pastosos y demasiado suaves, aumentar lo dulce del yogur con un poco de vinagre y azúcar, y agregar limón y eneldo fresco para alcanzar esas sutiles capas de perfume.

3. Ensalada de col veraniega

Algunos chef aligeran la ensalada de col al quitarle la mayonesa al aderezo, pero, ¿por qué quitar ese gusto? Se pueden agregar trocitos de almendra y ajonjolí para un resultado más crujiente, y un poco de jengibre le dará brillo.

4. Ensalada César con queso de cabra

Este es el tipo de receta que podría parecer de restaurante, pero que tiene un alma de comida casera. Tiene su complejidad: una cama de queso de cabra condimentado debajo de la ensalada, unos cuantos jitomates cherry y una capa de queso parmesano. Sin embargo cada una de esas partes es fácil y se puede hacer con anticipación.

5. Slaw de apio, rábano y nabo en salsa de blue cheese

Esta ensalada de verano combina un aderezo agrio y cremoso con una genial lista de vegetales crujientes: rábanos, nabos jóvenes, apio y cebolletas. Ni siquiera es necesario prender la estufa: con un cuchillo y una tabla para cortar estás preparad@.

6. Ensalada de elote y pepino

El aderezo con tintes agrios de yogur recubre este platillo, con elote y pepino cubiertos por una fina capa de sabor. El eneldo y el perejil combinados con la cebolla y el ajo del aderezo se juntan con el queso feta para hacerlo aún más atractivo.

7. Ensalada picante de pepino

Esta ensalada se puede disfrutar inmediatamente o guardarse en el refrigerador para picar ocasionalmente. Va bien con pescado o carne de cordero, y por supuesto también sola

8. Ensalada de verdolaga

Mientras la verdolaga mantiene la ensalada crujiente, el melón le da un contraste dulce y suave, junto con un poco de queso feta salado que redondea el sabor. Pepinos y rábanos también le agregan otra capa a la textura: una rica combinación agridulce.

9. Ensalada de menta y espárragos rasurados

El brillante sabor del espárrago a veces se pierde cuando es cocinado, por eso esta ensalada guarda ese sabor. Cada listón de espárrago le da una sensación crujiente. Las avellanas le hacen eco al queso, y la menta le da a la ensalada una frescura placentera.

10. Ensalada verde partida

Una variedad de verdes se juntan en este platillo: pepino, pistache, aguacate y lechuga entre pasas y queso. Simple como la tradicional ensalada verde con algunas modificaciones que le dan un toque perfecto para esta temporada.

(Huffington Post)



El arte japonés de la moderación: una forma de cambiar tus hábitos alimenticios expandiendo la conciencia

Tener una mejor nutrición puede no ser tanto cuestión de dietas como de espiritualidad, tal como lo demuestra la sabiduría oriental.

La manera en la que nos alimentamos puede decir mucho de nuestra sociedad, y es a la par una expresión individual de nuestra espiritualidad, así como de la forma en la que navegamos la existencia. Porque los hábitos alimenticios de cada cultura son una reminiscencia de prácticas y creencias milenarias, las cuales subyacen tras las modificaciones que el pasar del tiempo ha impuesto en la nutrición de cada comunidad humana.

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Alimentarnos es, así, mucho más que el simple acto de comer. Ínfimas cuestiones como pueden ser el tipo de vajilla que elegimos o cuántas veces masticamos un bocado, reúnen el total de rituales que giran en torno a la nutrición, mismos que trascienden el momento de comer y que pueden tener un impacto –positivo o negativo– en el resto de nuestras prácticas.

Incluso pueden incidir en nuestra longevidad

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Por eso, un principio básico de la filosofía japonesa –desde el zen hasta Confucio– es el de la moderación: una norma que permea todos los aspectos de la vida, incluido el de la alimentación. Pero por moderación no debemos entender una restrictiva dieta hipocalórica, sino una visión multidimensional de la vida, misma que parte de la nutrición y que confía a la sabiduría de nuestro organismo el destino de nuestro bienestar en el plano material.

Y como siempre en la filosofía oriental, no hay pensamiento disociado de la práctica. Esta es la base del hara hachi bu, un principio del confusionismo que instruye a la gente a comer hasta que estén llenos en un 80% de su capacidad, lo que significa una ingesta de entre 1,800 y 1,900 calorías al día. 

En cambio, el mexicano promedio puede llegar a consumir hasta 3 mil calorías por día, pues solemos comer mucho más allá de la saciedad.

El principio del hara hachi bu es desarrollado a lo largo de los textos del confusionismo. En el libro 7 de las Analectas de Confucio, una sentencia nos dice:

Cuando el Maestro estaba cerca de alguien que estaba en duelo, nunca comía hasta la saciedad. 

Y en el libro 10: 

Aunque su arroz sea de la mejor calidad, no come en exceso; aunque su carne esté finamente picada, no la engulle.

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Hara hachi bu

¿Cuánto no cambiaría si adoptásemos nuevos hábitos alimenticios desde un enfoque filosófico y práctico como el del confusionismo? Podría parecer exagerado, pero una autotransformación sólo puede empezar desde la base. Y esa base, en el confusionismo, son los alimentos y la manera en la que nos relacionamos con ellos desde la conciencia.

Así que no se trata solamente de contrarrestar lo que los malos hábitos alimenticios ocasionan –cientos de enfermedades producto de la obesidad, o una “mala” apariencia física–. El objetivo no es ni siquiera vivir más tiempo –como los japoneses: la población más longeva de la Tierra, gracias a sus hábitos alimenticios–. Esas son, digamos, metas secundarias; se trata, en realidad, de que toda práctica se sustente en una conciencia expandida: desde cómo comemos y qué comemos, hasta cosas aparentemente más importantes como el cuidado que prodigamos a nuestros proyectos personales.

Por supuesto que, adicionalmente a poner en práctica el mantra hara hachi bu antes de ingerir cualquier comida, vendrán a la par todos los beneficios que podríamos esperar de cualquier dieta, e incluso más en términos de salud. Pero ello estará sustentado en una primigenia reconexión con las bases mismas de la vida, que es lo que fundamentalmente nos enseña la filosofía oriental.



Sobre cómo la comida nos civilizó y nos volvió salvajes de nuevo

La comida como un pulso a partir del cual danzan la antropología, la civilización, la ciudadanía y, por qué no, la alquimia.

Según el famoso antropólogo Claude Lévi-Strauss, la comida cocinada fue —incluso más que el lenguaje– el gran factor civilizatorio de la raza humana. El hecho de comer alimentos pasados por un proceso intermedio (cocer, hervir, hornear, etc.) creó una serie de prácticas nuevas e inéditas en el orden de la naturaleza: convenir con los miembros de la tribu un horario y un ritual propio de la preparación, y a través del ritual (entendido como receta que debe seguirse, una serie de pasos ordenados) nos mostró nada menos que la magia.

En su libro Cooked: A Natural History of Transformation, el escritor Michael Pollan afirma que el proceso civilizatorio iniciado por la comida prehistórica ha llegado a ponerse en riesgo en nuestros días: la diferencia entre comer comida preparada en casa y la expresión más brutal del capitalismo en la comida procesada amenaza con subvertir definitivamente los órdenes que han permitido el desarrollo del ser humano sobre la Tierra.

Es en esta contradicción que Pollan encuentra tristemente fascinante el actual estatus de los chefs y conocedores de la haute cuisine en celebridades mediáticas: son el último reducto de lo que significó en algún momento la magia de observar y participar en la preparación de los alimentos. 

Muchos de nosotros tuvimos esa experiencia de primera mano en nuestra infancia al ver a nuestra madre o padre cocinar un plato simple (un par de huevos revueltos, o incluso un pastel en ocasiones especiales como los aniversarios), es decir, transformar un cúmulo de elementos disociados en una forma unitaria y deliciosa: mágica.

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La especialización de nuestra vida moderna nos hace conceptualizarnos, según Pollan, como trabajadores en un aspecto específico de la cadena productiva, con roles dados dentro de nuestra estructura familiar y social, y con apenas un esporádico papel cada tantos años en la elección de nuestros gobernantes, es decir, en el papel de ciudadanos. 

No hay tiempo para cocinar en una sociedad tan ocupada… 

Por lo que para recobrar el asombro de la alquimia que ocurría en las antiguas cocinas acudimos a locales de comida donde el aspecto humano está virtualmente disuelto.

Platos que parecen arquitectura modernísima, fast-food que parece salir totalmente armada de una fábrica, ingredientes llenos de conservadores y colorantes que apenas recuerdan a sus antiguos ancestros naturales: la comida que ponemos en nuestros platos parece venida de un planeta misterioso. Pronto, afirma Pollan para el sitio Brain Pickings, cocinar una ensalada, un sándwich o una pasta nos parecerá tan exótico como fermentar nuestra propia cerveza u hornear una hogaza de pan, actividades que por generaciones fueron parte de las actividades cotidianas de la familia.

La comida es deliciosa, eso es innegable. Pero el hecho de compartirla con seres queridos, el contacto visual, el compartir, incluso el retraerse y el ofrecer generosamente lo que tenemos son prácticas que sirvieron a nuestros antepasados para trascender el salvajismo atávico. 

Tal vez con un mínimo esfuerzo (cocinar en lugar de salir a comer fuera de vez en cuando) podría producir la magia que en otros tiempos tuvo el salir con un plato de comida recién preparada de nuestra cocina –como un cavernícola volviendo a la cueva con un delicioso pedazo de mamut, para alegría de todos los suyos.

 

*Imágenes: 1) Concrete Playground; 3)  design milk; 5) firstwefeast.com