La quinoa, los hongos y la coca mantuvieron a este hombre vivo por 124 años

El Boliviano Carmelo Flores podría ser el hombre más longevo que haya vivido y atribuía esto a su dieta andina que consistía de quinoa, hongos silvestres y hojas de coca.

Carmelo Flores, indígena y granjero de Frasquia, Bolivia, podría ser la persona más vieja que jamás haya vivido y atribuyó su longevidad a los granos de quinoa, hongos silvestres y hojas de coca. Flores decía que esta dieta tradicional andina lo había mantenido vivo por 123 años (murió en junio de 2014 pasado).

“La papa con quinoa es deliciosa”, apuntaba Flores en Aymara, el único lenguaje que habla. Y aunque debido a que Frasquia empezó a emitir certificados de nacimiento hasta 1940 y por lo tanto es imposible verificar su edad, el boliviano tenía un certificado de bautismo que data de 1890.

Flores vivía en una cabaña en las alturas de Bolivia, y aún en 2013, era suficientemente fuerte para tomar caminatas diarias con sus huaraches de llanta reciclada. El resto del tiempo se sentaba sobre una cobija a ver la vida del pueblo pasar y masticar hojas de coca.

[NBC]



La Tierra estuvo poblada por hongos gigantes (y eso formó al mundo como lo conocemos)

Los hongos fueron, mucho antes que los árboles, los primeros pobladores gigantes del mundo.

Los hongos son un vibrante reino natural que nos sigue intrigando. Sabemos que con ellos podemos curarnos, alimentarnos y hasta salvar a las abejas de la extinción. Y también que algunos son venenosos –incluso mortales–, mientras que otros abren compuertas desconocidas de nuestra psique. Pero tan sólo en México existen más de 100,000 tipos de hongos, de los cuales únicamente han sido estudiados 3,000.

Esto quiere decir que aún desconocemos muchísimo de los hongos: esos seres que el profesor Gerry Wright llama “químicos notables”, ya que producen moléculas que todavía no es posible reproducir en un laboratorio.

No obstante, también sabemos otra cosa: que los hongos fueron una de las primeras formas complejas de vida.

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Hace aproximadamente 400 millones de años, la Tierra estuvo poblada por hongos gigantes que medían hasta 9 metros de alto. Estos hongos prehistóricos, como los de hoy en día, también extraían los nutrientes de la tierra, lo que favoreció la formación del suelo. De esta forma también proporcionaron minerales esenciales para las plantas terrestres, los cuales permitieron a éstas expandirse y volver verde al planeta.

Esto fue esencial para la evolución… pero se trata de un hallazgo sobre el que aún se sabe muy poco.

El primer fósil de hongo gigante, llamado Prototaxites, fue descubierto en Canadá en 1859 –país donde, por cierto, existe una sinfonía multicolor de hongos endémicos–. Pero en aquel entonces, los paleontólogos no pudieron descifrar la anatomía del extraño fósil en forma de espina. Fue así que, según la Universidad de Chicago, el misterio sobre qué era el Prototaxites permaneció vigente durante 130 años, tiempo durante el cual la comunidad científica siguió debatiendo si el fósil era realmente un hongo prehistórico, un tipo de árbol primigenio o un alga.

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No fue sino hasta 2007 que un estudio concluyó que el Prototaxites sí era un hongo prehistórico, ya que diversos estudios sobre nuevos fósiles ayudaron a concluir que esta especie careció de fotosíntesis y, contrario a las plantas, absorbía su carbono de fuentes distintas a la de la atmósfera. Sin embargo, aunque este organismo fue catalogado como parte del reino fungi, el verdadero hongo sólo estaba bajo tierra, en forma de filamentos.

¿De qué servía entonces la estructura gigante del Prototaxites? Ese es uno de los tantos misterios que todavía falta esclarecer. Algunas hipótesis apuntan a que el Prototaxites es una especie de híbrido de hongo y liquen; pero lo que es seguro es que estos ancestros de los hongos fueron esenciales en la evolución, lo cual demuestra que sin el reino fungi ni siquiera existiríamos.

Así, esto nos recuerda algo que solemos olvidar: todo empieza y acaba con los hongos. Son ellos el ciclo primigenio de la vida.

 

* Imágenes: 1) Blender; 2) Edward Weston; 3) CC



El arte japonés de la moderación: una forma de cambiar tus hábitos alimenticios expandiendo la conciencia

Tener una mejor nutrición puede no ser tanto cuestión de dietas como de espiritualidad, tal como lo demuestra la sabiduría oriental.

La manera en la que nos alimentamos puede decir mucho de nuestra sociedad, y es a la par una expresión individual de nuestra espiritualidad, así como de la forma en la que navegamos la existencia. Porque los hábitos alimenticios de cada cultura son una reminiscencia de prácticas y creencias milenarias, las cuales subyacen tras las modificaciones que el pasar del tiempo ha impuesto en la nutrición de cada comunidad humana.

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Alimentarnos es, así, mucho más que el simple acto de comer. Ínfimas cuestiones como pueden ser el tipo de vajilla que elegimos o cuántas veces masticamos un bocado, reúnen el total de rituales que giran en torno a la nutrición, mismos que trascienden el momento de comer y que pueden tener un impacto –positivo o negativo– en el resto de nuestras prácticas.

Incluso pueden incidir en nuestra longevidad

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Por eso, un principio básico de la filosofía japonesa –desde el zen hasta Confucio– es el de la moderación: una norma que permea todos los aspectos de la vida, incluido el de la alimentación. Pero por moderación no debemos entender una restrictiva dieta hipocalórica, sino una visión multidimensional de la vida, misma que parte de la nutrición y que confía a la sabiduría de nuestro organismo el destino de nuestro bienestar en el plano material.

Y como siempre en la filosofía oriental, no hay pensamiento disociado de la práctica. Esta es la base del hara hachi bu, un principio del confusionismo que instruye a la gente a comer hasta que estén llenos en un 80% de su capacidad, lo que significa una ingesta de entre 1,800 y 1,900 calorías al día. 

En cambio, el mexicano promedio puede llegar a consumir hasta 3 mil calorías por día, pues solemos comer mucho más allá de la saciedad.

El principio del hara hachi bu es desarrollado a lo largo de los textos del confusionismo. En el libro 7 de las Analectas de Confucio, una sentencia nos dice:

Cuando el Maestro estaba cerca de alguien que estaba en duelo, nunca comía hasta la saciedad. 

Y en el libro 10: 

Aunque su arroz sea de la mejor calidad, no come en exceso; aunque su carne esté finamente picada, no la engulle.

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Hara hachi bu

¿Cuánto no cambiaría si adoptásemos nuevos hábitos alimenticios desde un enfoque filosófico y práctico como el del confusionismo? Podría parecer exagerado, pero una autotransformación sólo puede empezar desde la base. Y esa base, en el confusionismo, son los alimentos y la manera en la que nos relacionamos con ellos desde la conciencia.

Así que no se trata solamente de contrarrestar lo que los malos hábitos alimenticios ocasionan –cientos de enfermedades producto de la obesidad, o una “mala” apariencia física–. El objetivo no es ni siquiera vivir más tiempo –como los japoneses: la población más longeva de la Tierra, gracias a sus hábitos alimenticios–. Esas son, digamos, metas secundarias; se trata, en realidad, de que toda práctica se sustente en una conciencia expandida: desde cómo comemos y qué comemos, hasta cosas aparentemente más importantes como el cuidado que prodigamos a nuestros proyectos personales.

Por supuesto que, adicionalmente a poner en práctica el mantra hara hachi bu antes de ingerir cualquier comida, vendrán a la par todos los beneficios que podríamos esperar de cualquier dieta, e incluso más en términos de salud. Pero ello estará sustentado en una primigenia reconexión con las bases mismas de la vida, que es lo que fundamentalmente nos enseña la filosofía oriental.