La quinoa, los hongos y la coca mantuvieron a este hombre vivo por 124 años

El Boliviano Carmelo Flores podría ser el hombre más longevo que haya vivido y atribuía esto a su dieta andina que consistía de quinoa, hongos silvestres y hojas de coca.

Carmelo Flores, indígena y granjero de Frasquia, Bolivia, podría ser la persona más vieja que jamás haya vivido y atribuyó su longevidad a los granos de quinoa, hongos silvestres y hojas de coca. Flores decía que esta dieta tradicional andina lo había mantenido vivo por 123 años (murió en junio de 2014 pasado).

“La papa con quinoa es deliciosa”, apuntaba Flores en Aymara, el único lenguaje que habla. Y aunque debido a que Frasquia empezó a emitir certificados de nacimiento hasta 1940 y por lo tanto es imposible verificar su edad, el boliviano tenía un certificado de bautismo que data de 1890.

Flores vivía en una cabaña en las alturas de Bolivia, y aún en 2013, era suficientemente fuerte para tomar caminatas diarias con sus huaraches de llanta reciclada. El resto del tiempo se sentaba sobre una cobija a ver la vida del pueblo pasar y masticar hojas de coca.

[NBC]



El arte japonés de la moderación: una forma de cambiar tus hábitos alimenticios expandiendo la conciencia

Tener una mejor nutrición puede no ser tanto cuestión de dietas como de espiritualidad, tal como lo demuestra la sabiduría oriental.

La manera en la que nos alimentamos puede decir mucho de nuestra sociedad, y es a la par una expresión individual de nuestra espiritualidad, así como de la forma en la que navegamos la existencia. Porque los hábitos alimenticios de cada cultura son una reminiscencia de prácticas y creencias milenarias, las cuales subyacen tras las modificaciones que el pasar del tiempo ha impuesto en la nutrición de cada comunidad humana.

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Alimentarnos es, así, mucho más que el simple acto de comer. Ínfimas cuestiones como pueden ser el tipo de vajilla que elegimos o cuántas veces masticamos un bocado, reúnen el total de rituales que giran en torno a la nutrición, mismos que trascienden el momento de comer y que pueden tener un impacto –positivo o negativo– en el resto de nuestras prácticas.

Incluso pueden incidir en nuestra longevidad

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Por eso, un principio básico de la filosofía japonesa –desde el zen hasta Confucio– es el de la moderación: una norma que permea todos los aspectos de la vida, incluido el de la alimentación. Pero por moderación no debemos entender una restrictiva dieta hipocalórica, sino una visión multidimensional de la vida, misma que parte de la nutrición y que confía a la sabiduría de nuestro organismo el destino de nuestro bienestar en el plano material.

Y como siempre en la filosofía oriental, no hay pensamiento disociado de la práctica. Esta es la base del hara hachi bu, un principio del confusionismo que instruye a la gente a comer hasta que estén llenos en un 80% de su capacidad, lo que significa una ingesta de entre 1,800 y 1,900 calorías al día. 

En cambio, el mexicano promedio puede llegar a consumir hasta 3 mil calorías por día, pues solemos comer mucho más allá de la saciedad.

El principio del hara hachi bu es desarrollado a lo largo de los textos del confusionismo. En el libro 7 de las Analectas de Confucio, una sentencia nos dice:

Cuando el Maestro estaba cerca de alguien que estaba en duelo, nunca comía hasta la saciedad. 

Y en el libro 10: 

Aunque su arroz sea de la mejor calidad, no come en exceso; aunque su carne esté finamente picada, no la engulle.

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Hara hachi bu

¿Cuánto no cambiaría si adoptásemos nuevos hábitos alimenticios desde un enfoque filosófico y práctico como el del confusionismo? Podría parecer exagerado, pero una autotransformación sólo puede empezar desde la base. Y esa base, en el confusionismo, son los alimentos y la manera en la que nos relacionamos con ellos desde la conciencia.

Así que no se trata solamente de contrarrestar lo que los malos hábitos alimenticios ocasionan –cientos de enfermedades producto de la obesidad, o una “mala” apariencia física–. El objetivo no es ni siquiera vivir más tiempo –como los japoneses: la población más longeva de la Tierra, gracias a sus hábitos alimenticios–. Esas son, digamos, metas secundarias; se trata, en realidad, de que toda práctica se sustente en una conciencia expandida: desde cómo comemos y qué comemos, hasta cosas aparentemente más importantes como el cuidado que prodigamos a nuestros proyectos personales.

Por supuesto que, adicionalmente a poner en práctica el mantra hara hachi bu antes de ingerir cualquier comida, vendrán a la par todos los beneficios que podríamos esperar de cualquier dieta, e incluso más en términos de salud. Pero ello estará sustentado en una primigenia reconexión con las bases mismas de la vida, que es lo que fundamentalmente nos enseña la filosofía oriental.



En 5 zonas del mundo, la gente vive más de 100 años: ¿cuál es su secreto?

La longevidad no tiene tanto que ver con los genes como con los hábitos cotidianos, y estos casos lo demuestran contundentemente.

El secreto de la longevidad suele ser, en la literatura y otras obras de ficción, un hechizo proporcionado por algún artificio o pócima. Pero extender la vida es una inquietud que no sólo ha permeado los mundos fantásticos, sino que ha sido objeto de interés para la ciencia desde hace milenios.

Curiosamente, conocer más sobre la longevidad y sus secretos requiere de un poco de ciencia demográfica. Resulta que desde el 2004 se ha investigado sobre los territorios del mundo con mayores índices de longevidad. En concreto, hay cinco zonas del mundo en donde el promedio de vida es de 100 años o más, y son conocidas como “zonas azules” porque están en las costas de Japón, Italia, Estados Unidos, Costa Rica y Grecia.

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Costa de Ikaría, en Grecia (Foto: Gianluca Colla)

En las zonas azules, 1 de cada 10 habitantes vive hasta los 100 años

y de ellos, el 20% alcanza los 110.

Esta peculiaridad geográfica ha sido aprovechada para estudiar científicamente la longevidad. Investigadores de la Universidad de Roma La Sapienza y la Escuela de Medicina de San Diego encontraron que los habitantes de Cerdeña, una de las zonas azules, tienen una circulación sanguínea óptima, lo que es resultado de los bajos niveles de una hormona llamada adrenomedulina, asociada al estrés.

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Una residente de Icaria, en Grecia (Foto: Gianluca Colla)

Los habitantes de las zonas azules son la prueba de que, en realidad, no hay un secreto para la longevidad, sino que está hecha de hábitos. Y también, que el ambiente influye más que los genes, como han comprobado las investigaciones sobre los habitantes de Okinawa, la zona azul de Japón donde viven las mujeres más longevas del mundo.

A diferencia de quienes habitan estas costas de la longevidad (quienes tienen la oportunidad de tener y mantener ciertos estilos de vida), nosotros vivimos en ecosistemas urbanos repletos de elementos nocivos para la salud. Pero sin duda podemos adoptar algunos de los hábitos saludables de las zonas azules, los cuales, más allá de longevidad, nos asegurarán de manera inmediata una mejor calidad de vida.

 

Los (secretos) hábitos para una mayor longevidad

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(Foto: flickr Eleazar Lazarao)

Alimentos naturales y poca carne

Desde hace mucho se ha estudiado cómo afecta la alimentación a la calidad de vida. Algunos avances en el tema han arrojado luz sobre la importancia de comer alimentos naturales y restringir calorías para ser más longevo. Pero lo mejor es transformar nuestra alimentación y hacerla más natural.

Las dietas de las zonas azules suelen consistir en alimentos locales, la mayoría de origen vegetal, lo que evita las enfermedades asociadas a los alimentos procesados, los ingredientes artificiales, los pesticidas y el exceso en el consumo de carne. Por eso debemos intentar consumir pocos alimentos de origen animal y que sean, de preferencia, orgánicos o de origen local. Esto evitará la ingestión de sustancias químicas y será más sustentable. Además, los productos animales locales sueles ser más ricos en nutrientes.

Gianluca Colla
(Foto: LUZphoto)

Una vida comunitaria y empática

En las zonas costeras la integración comunitaria es parte intrínseca de la vida, y a esto se puede atribuir una mayor plenitud que mejora considerablemente la salud. Asimismo, la gente cuida de sí mutuamente y la interacción rara vez está mediada por las redes sociales, tan nocivas para las relaciones personales como para la salud.

 

Mayor actividad sexual

Las investigaciones sobre la longevidad italiana demostraron que en Cerdeña la actividad sexual es mayor, incluso en personas de la tercera edad. Esto se atribuye al aire limpio y a la buena calidad de vida, que incentiva la actividad sexual placentera, la cual estaría vinculada a la longevidad, en tanto que es una práctica que promueve la neurogenesis y libera grandes cantidades de dopamina.

 

Movimiento continuo

Quienes habitas las zonas azules son muy activos. No siempre de manera intensa, pero su rutina diaria incluye caminatas y otras actividades prolongadas que mantienen los músculos ocupados y promueven el flujo sanguíneo.

La actividad cotidiana es, en parte, mejor que las rutinas de ejercicio, pues promueve la resistencia física y mejora la función del sistema inmune de manera continua. Contrario a este tipo de actividad, interrumpir cualquier rutina establecida de ejercicio es más fácil, lo que también detiene los beneficios de ésta.

 

Buen descanso

En las zonas azules el promedio de sueño es de 8 horas o más, y el patrón suele ser siempre el mismo: de sol a sol. Así evitan los desequilibrios hormonales y otras consecuencias de la interrupción del sueño o el poco descanso. También duermen siestas cuando es necesario.

 

Todos estos elementos permiten que estas comunidades estén prácticamente libres de estrés. Sus hábitos promueven bajos niveles de cortisol y otras hormonas y les brindan no sólo longevidad sino una mejor calidad de vida, lo que es todavía más valioso.

El “estilo de vida azul” es una hoja de ruta para la vida que permite ser más saludable, sustentable y feliz. En síntesis: nos permite evolucionar la vida. ¿Te animas a probarlo?

 

* Imagen principal: Gianluca Colla, National Geographic