Investigadores construyen chip que se disuelve en agua (VIDEO)

El software tiene una vida útil limitada, ¿por qué el hardware debería quedarse atrás? Si esta tecnología llegara a implementarse, podríamos reducir a cero nuestra basura electrónica.

La obsolescencia programada hace que nuestros dispositivos electrónicos dejen de ser útiles después de un tiempo; si los sistemas operativos terminan su vida útil, ¿por qué seguir guardando los contenedores físicos de la información? Investigadores de la universidad de Illinois imaginan que el futuro de la tecnología, además de seguir siendo rentable para las marcas de software, verá una generación de hardware que puede disolverse y no convertirse en basura.

El objetivo es desarrollar tecnología “que pueda disolverse al final de su vida útil, salvando así espacio en basureros y reduciendo la basura.” Y aunque aún no hayan conseguido deshacer una tablet completa, al menos ya existe un chip hecho de fibras de seda que se disuelve al ser mojado con agua.

John Rogers, profesor en ciencia e ingeniería de materiales, afirmó que “uno no necesita que su celular dure 25 o 50 años. Nadie quiere conservarlo tanto tiempo después de todo.” Aunque no se tiene un panorama de salida al mercado, esta tecnología abre interesantes líneas de investigación, además de planear un futuro sin desechos de procedencia electrónica.

[Tree Hugger]



Vivir sin generar basura: nada es un desperdicio, todo se transforma

En tiempos de desechos masivos, existe una comunidad que propone lo opuesto: nada se desperdicia.

Imagina que el mínimo de basura que puedes generar durante 1 año quepa en este frasco:

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Es posible, y de eso trata el Zero Waste (Cero desperdicio), una iniciativa que, más allá de acabar con el plástico, busca replantear el concepto de basura: nada es un desperdicio, todo se transforma. A partir de esta idea, cada vez son más aquellos que deciden replantearse su existencia y comenzar a reducir su basura a un pequeño frasco. Un verdadero logro para quienes buscan trascender desde dinámicas que impactan colectivamente. 

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En estos tiempos, en donde mucho de lo que se consume es desechable (servilletas de papel, móvil, envases de plástico, accesorios, entre otros), existe una comunidad que busca vivir a partir del principio opuesto: nada se desperdicia.

El movimiento Zero Waste cobra cada vez más fuerza y sentido en un mundo en el que, de acuerdo con el Banco Mundial, el nivel actual de residuos sólidos habrá aumentado en un 70% (de 1,300 millones de toneladas al año a 2,200 millones de toneladas) para el 2025.

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Además de la iniciativa global, existe en cada país una necesidad de actuar para un futuro sustentable.

¿En qué consiste el Cero desperdicio?

Según la revista National Geographic, no se trata de que logres guardar toda tu basura en frascos, sino de que un frasco de máximo 500 mililitros sea suficiente para guardar toda la basura anual que no se pudo reutilizar, reciclar o renovar.

Muchas de las soluciones que propone el Cero Desperdicioson prácticas que eran comunes antes de la era de los plásticos y los productos desechables.

Ser Cero Desperdicio es pensar en servilletas de tela y pañuelos, vinagre y agua para limpiar, recipientes de vidrio o acero inoxidable para guardar las sobras y bolsas de tela para guardar alimentos.

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Soluciones similares de la vieja escuela, que no producen desperdicios y son más baratas a largo plazo.

Bolsas de tela

La revista Yorokobu pone un ejemplo: tu abuela seguro iba a la tienda con su bolsa de tela. Además, en lugar de comprarla, es probable que se la hubiera hecho ella misma con retales de tela.

 

Comprar a granel

Las legumbres se compraban a granel, al peso y presentadas en grandes sacos de arpillera. En este caso, los sacos incluso pueden ser de plástico porque, como se reutilizan y generan menos residuos que los paquetes pequeños, el costo ecológico no es tan grande.

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Comercio justo y responsable

Cada vez son más las tiendas que se suman al movimiento Cero Desperdicio. En la Ciudad de México, existe una tienda que busca “fomentar una vida más sana y más responsable con el medioambiente (…) trayendo sus propios recipientes y bolsas reutilizables”.

Suena difícil, pero puede lograrse, mediante cambios en los hábitos cotidianos. Es así como la comunidad Cero Desperdicio está reduciendo radicalmente su producción de desechos, mientras viven vidas más plenas.

 

Agentes de cambio

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Laura Singer

Blogueras como Kathryn Kellogg y Laura Singer, son un ejemplo de personas que, en pocos años, han logrado reducir su basura de tal manera que sus desperdicios sólidos quepan en un frasco de 500 mililitros por año o dos años.

Kellogg aprendió de Lauren Singer de Nueva York, autora del blog Trash is for Tossers. Singer comenzó a reducir su huella de desechos cuando era una estudiante de estudios ambientales en el 2012 y ha convertido el Cero Desperdicio en una carrera que le permite compartir su experiencia a través de conferencias y consultorías.

 

Principios Cero desperdicio (en orden de importancia)

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  • Rehusar. No compres cosas envueltas o con muchas envolturas.
  • Reducir. No compres cosas que no necesitas.
  • Reutilizar. No dejes de usar los artículos desgastados, o compra productos usados.
  • CompostaCasi el 80% de los desperdicios son orgánicos.
  • ReciclarRequiere un mayor esfuerzo, pero es mejor que permitir que las cosas se conviertan en basura.


¿Qué es la obsolescencia programada y por qué debería enfurecernos que exista?

Si sabes lo que es, seguramente ya estás furioso. Si no lo sabes, entérate aquí y conoce lo que puedes hacer

Detrás de tu gadget descompuesto, o de la bombilla fundida de tu habitación, se encuentra la obsolescencia programada: una vil planificación que pone fecha de defunción a muchos de nuestros productos, y que incentiva el consumismo de manera voraz.

Todo empezó como una justificación para salir de la gran depresión durante los años 30 del siglo XX, cuando el agente inmobiliario Bernard London elaboró el concepto de “obsolescencia programada”, es decir: una programación consciente que determina la vida útil de un producto. En aquel entonces, los empresarios lo aplicaron a las bombillas. Éstas duraban mucho más tiempo del que ahora estamos acostumbrados.

Existe una bombilla en California que lleva prendida más de 100 años. En el 2015 le hicieron la “fiesta del millón”, en honor al millón de horas que lleva irradiando luz.

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Esto cambió, y los fabricantes de bombillas comenzaron a hacer productos que no alcanzaban las mil horas. Pero la obsolescencia programada no se limita a las bombillas. Ahora que la tecnología se ha posicionado en nuestra vida como un must, la obsolescencia ha alcanzado niveles realmente obscenos. Hemos visto ejemplos de ella en decenas de gadgets y herramientas, por ejemplo:

  • Los iPods

Sus baterías dejaban de funcionar justo pasada la garantía. Como era imposible repararlo, había que comprar uno nuevo.

  • Las impresoras

Los fabricantes colocan al interior de las impresoras una esponja que absorbe la tinta sobrante de cada impresión. Cuando ésta se llena, la impresora deja de funcionar. En el servicio técnico, invariablemente, sugieren comprar una nueva.

  • Las medias

Éstas eran hechas de nylon, lo que las hacía casi indestructibles, o por lo menos más durables, como cualquier prenda. La marca DuPont rediseñó el material para hacerlo más frágil y elevar sus ventas.

Pero las empresas han ido más lejos todavía: no sólo programan los productos sino, a veces, también nuestras mentes. Esta es la obsolescencia del deseo: la caducidad que nosotros ponemos a la ropa, a los celulares o a los automóviles, que cambiamos irresponsablemente cada año o menos.

Esto tiene gravísimas consecuencias ecológicas, pues la basura que genera este esquizofrénico consumo está inundando hectáreas enteras de territorio: en el 2014, la chatarra producida ocupaba lo mismo que dos veces la distancia entre Tokio y Nueva York, y sólo se recicló el 17%. A esto se suma la basura orgánica que se desecha por la obsolescencia alimentaria, es decir, la fecha de consumo preferente, que es una caducidad engañosa, no basada en la integridad de las virtudes nutritivas y sanitarias reales de la comida.

 

¿Qué hacer, además de enfurecernos?

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Imágen: Christopher Dombres

La obsolescencia programada no se resolverá sólo con el avance de tecnologías de reciclaje, ni a partir de economías circulares (y tampoco sólo con nuestra furia). Debemos comprender que ningún recurso es infinito y que, por ende –aunque exista el reciclaje–, debemos consumir a tono con ello y ser resilientes.

Modificar nuestros hábitos de consumo es, por ello, primordial: no dejarnos llevar por el banal deseo del consumo, y buscar comprar productos cuya obsolescencia no esté programada. Para esto, es bueno apoyar las economías locales y comprar productos artesanales de los cuales podamos saber su procedencia. Si sumamos a esto las compras de segunda mano ­–para darle una segunda vida a los productos que los demás ya no ocupan– estaremos aportando mucho a la lucha contra la obsolescencia programada, uno de los más viles residuos del capitalismo.

 

*Imágen principal: Tumblr gepflanzteobsoleszenz