La jardinería es una práctica a la que los seres humanos hemos recurrido desde hace milenios (las primeras evidencias de ‘horticultura ornamental’ datan del 1500 a. C.). En diversas culturas alrededor del mundo, y a lo largo de la historia, la jardinería ha desempeñado un significativo rol sociocultural, e incluso a través de ella se ha dado vida a algunas de las más exquisitas manifestaciones culturales. Pero, ¿qué hay de los efectos psicológicos y emocionales en torno a esta práctica?

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Un creciente número de estudios coinciden en señalar que cultivar un jardín implica beneficios sustanciales para nuestra salud física y mental. A continuación mencionaré algunas de las bondades comprobadas de esta actividad, con la esperanza de recordarnos que al cultivar un jardín también nos cultivamos, innegablemente, a nosotros mismos.

Investigadores de la Universidad de Texas entrevistaron a 298 personas mayores, solicitándoles que determinaran sus niveles de gozo y optimismo. Al analizar los datos en busca de patrones o indicadores constantes, notaron que aquellas personas que practicaban recurrentemente las ‘artes del jardín’ manifestaban significativamente una mayor satisfacción con sus vidas (lo cual nos lleva a proponer: más jardinería y menos Prozac).

Un estudio realizado en 2011 en Holanda, citado en un artículo de CNN Health, determinó que con sólo media hora dedicada a cultivar un jardín puedes reducir significativamente tus niveles de cortisol (la hormona producida por el estrés). Por otro lado, se ha asociado esta práctica con un modelo de meditación activa (lo cual nos remite a la exquisitez de los jardineros zen).

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En el mismo artículo se cita otra investigación en la que, continuando con esta línea, un grupo de investigadores noruegos creó un grupo piloto con individuos a quienes se les había diagnosticado depresión, problemas constantes en su estado de ánimo o desorden bipolar. Los pacientes participaron durante 3 meses en un taller de jardinería que incluía 6 horas semanales de esta práctica. Al terminar el taller, la mitad de los participantes reportó importantes mejorías, tendencia que continuó durante los siguientes 3 meses.

Los efectos positivos de la jardinería para nuestra mente y nuestro cuerpo –aparentemente 45 minutos de trabajar en el jardín te permiten quemar las mismas calorías que 30 minutos de ejercicio aeróbico– han motivado la creación de “terapias horticulturales”, corriente que desde hace al menos 4 décadas ha venido perfeccionándose y hoy arroja loables resultados para sus practicantes.

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Vale la pena aclarar que la jardinería no sólo nos reconecta con el estado primario –gracias a acciones como meter las manos en la tierra, contemplar el desdoblamiento de los ritmos naturales y afinar nuestra sensorialidad por medio de estímulos aromáticos o táctiles– sino que también conlleva una experiencia altamente estética, la cual demanda sutileza, creatividad y mucha paciencia. En pocas palabras, al hablar de jardinería estamos describiendo una actividad que, como pocas otras, se relaciona con un micromundo repleto de virtudes: contemplación, creatividad, templanza, inspiración y, por qué no, autonomía.

En fin, quizá sea buen momento para repetir y practicar la frase con la que alguna vez Voltaire se despidió: “Con su permiso, me retiro a cultivar mi jardín”.

 

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Twitter del autor: @paradoxeparadis