¿La respuesta a problemas ambientales y emocionales? Reconecta con la naturaleza

La manera en que vivimos en muchas urbes, completamente aislados entre muros de cemento y practicando hábitos insustentables, no sólo es dañina para el medio ambiente: también afecta nuestra salud mental y emocional.

La desconexión y la reconexión con la naturaleza han sido temas ampliamente tratados en este sitio. Esto se debe a que en el fondo, la idea de vivir de manera sustentable nace de darle prioridad a nuestro medio ambiente, en vez de a un consumismo sin responsabilidades.

Innegablemente, estar lejos de la naturaleza tiene efectos evidentes en nuestra salud; por ejemplo, las personas que habitan en ciudades tienden a ser más sensibles al estrés. Pero la importancia de llevar una vida sustentable va más allá de un simple hobby. Lo que deseamos es un cambio en nuestro estilo de vida: reconectar con el medio ambiente que nos rodea nos hará más felices en todos los aspectos de nuestra vida.

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Explorando lo que significa reconectar con la naturaleza, recientemente Llewellyn Vaughan-Lee de The Guardian, escribió un artículo que se enfocaba en el efecto nocivo que la crisis ambiental tiene sobre el aspecto íntimo del ser humano. En sus palabras:

Si vamos a la raíz de la actual crisis ambiental encontraremos un estado de desconexión. Parecemos estar alarmantemente desconectados de una verdadera conciencia de los efectos que nuestra cultura materialista tiene sobre el ecosistema que nos sostiene.

Su punto, además de valido, es irrefutable.

Si observamos nuestras actividades cotidianas nos daremos cuenta de cómo, a cambio de un poco de comodidad, algunos de los hábitos que tenemos son completamente antinatura. Ir al supermercado, por ejemplo, a comprar alimentos que se cosecharon a miles de kilómetros, en otros países, que se manipularon genéticamente para verse de cierta manera o para combatir a ciertas plagas (y luego se cubrieron con cera para verse más atractivos), es algo que hace 200 años hubiera sido considerado una locura.

Aunque pensamos que cosechar nuestros propios alimentos es la mejor manera de ayudar al medio ambiente (y por lo tanto a nosotros mismos), por el momento no es una posibilidad para todos. Entonces ¿qué podemos hacer?

Según Vaughan-Lee, la única manera de asegurar nuestra supervivencia y la de la biodiversidad del planeta es enfocarnos en crear y apoyar un modelo económico sustentable:

tenemos que explorar maneras de crear negocios que puedan servir a la humanidad en un sentido profundo, en vez de crear una pobreza espiritual y un baldío ecológico (debemos estar más conscientes de la comida que comemos, la ropa que usamos, la energía que utilizamos; no son sólo comodidades que están ahí para ser consumidas, sino parte de la tela viviente de un planeta sagrado). Sólo así podemos establecer una verdadera relación con nuestro medio ambiente.

Aunque para muchos sea difícil entender la idea de que somos parte de una Tierra sagrada, quizá sea más lógico relacionar esto con la esfera mental y física, en vez de la espiritual. Alejarnos un poco del ajetreo de nuestra vida diaria y pasar un rato en la naturaleza nos lleva a sentirnos mejor de manera casi inmediata. ¿Entonces, por qué no hacerlo diario? ¿Por qué no desafiar al orden establecido y unirnos a la revolución verde?

 



¿Dónde están los lugares vírgenes del planeta? Sólo 5 países conservan el 70% de estos paraísos

Proteger lo que queda de nuestro ecosistema debe ser prioridad mundial.

El 70% de los ecosistemas intactos de nuestro planeta se distribuye en sólo 5 países. Cuidar la tierra virgen que nos queda, debe ser una prioridad global.

Los ecosistemas intactos son valiosos por una sencilla razón: amortiguan los efectos del cambio climático, que sigue en aumento. Aun con esto, su protección todavía no se considera un objetivo explícito en la política internacional, según la revista Nature.

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Mapa de los ecosistemas intactos restantes/Revista Nature

A nivel mundial, sólo un 23% de la naturaleza sigue intacta. La mayor parte de ese porcentaje se concentra en Brasil, Canadá, Estados Unidos, Rusia y Australia. El resto de los ecosistemas vírgenes se encuentran en los océanos y zonas del Ártico.

Hoy más que nunca, los estragos de la actividad humana en el medioambiente son imposibles de ignorar. La agricultura, la minería y el desarrollo urbano han arrasado con 3.3 millones de kilómetros cuadrados de zonas vírgenes. Esta cantidad exorbitante equivale a un área que supera el tamaño de la India.

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El llamado a la acción es total. Científicos de la Universidad de Queensland insisten en que la protección de estas zonas se lleve a cabo en un 100%. Aunque los países involucrados tienen la mayor responsabilidad, la conservación de la naturaleza salvaje debe ser una prioridad mundial.

Las áreas vírgenes son un gran repositorio de material genético, pues en ellas se da la biodiversidad de manera natural y adaptada a los procesos evolutivos. Además, las zonas forestales intactas absorben mucho más dióxido de carbono que las áreas reforestadas. 

Así como las especies animales se extinguen, los hábitats en los que se desarrollan también se encuentran en constante peligro. Los daños siempre llegan, de una forma u otra, a las comunidades humanas. Junto a los esfuerzos de conservación internacionales, Nature resalta la importancia de defender los derechos de las comunidades indígenas que habitan gran parte de estas tierras.

El panorama es preocupante, pero todavía no es tarde: la Tierra nos está dando una oportunidad más para salvaguardar la naturaleza que nos queda. Queda en nosotros atender su llamado



Arte rural, el nuevo nicho del arte contemporáneo

Un granero se convirtió en la sede para una muestra de arte rústico. 160 trabajos de diferentes artistas y épocas que miran hacia los orígenes campiranos.

La galería internacional Hauser & Writh abrió hace tres años su galería Somerset. A tres horas y media de Londres, un granero se convirtió en la sede para una muestra de arte rústico. La exhibición The land we live in- The land we left behind, explora con eclectisimo un nuevo nicho en la conversación del arte contemporáneo: lo rural.

El curador Adam Shutherland conjugó objetos y saberes de artistas de distintas épocas para que el espectador que recorra este granero convertido en espacio estético atestigüe la relación amor-odio del citadino y su nostalgia por la vida campestre.

Lo contemporáneo en el arte se hace rural. Las más nuevas interpretaciones del espacio arquitectónico, lejos de los edificios y ambientes citadinos; así como una incorporación de la gastronomía y el agroturismo, son las apuestas de esta sede que acoge 160 trabajos de al menos 15 diferentes colecciones públicas, en donde la reflexión sobre la sociedad y su vínculo con lo rural, igualmente, se deifica como utopía o se desmitifica y no con poco sarcasmo.

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Si bien en el siglo XX y buena parte del siglo XXI los cascos urbanos eran por antonomasia “la meca del arte”, el vertiginoso y desmedido desgaste de las ciudades ha hecho volver la mirada sobre los puntos de origen de las materias primas: el medio rural.

Aun con toda la tecnología de punta de la que se puede disponer hoy, el sustento de las sociedad sigue siendo la agricultura y la ganadería, en miras hacia un futuro con sustentabilidad, incluso artistas y curadores se desplazan a lo rústico, y a veces rudimentario, para avistar desde esos páramos, otras formas de relacionarse y reconectar con la naturaleza y la intervención humana, como fuerzas creadoras y creativas.

The land we live in- The land we left behind no sólo es un discurso plástico, es la curaduría para una plataforma interdisciplinaria ya que dará lugar a 70 eventos, entre ellos, charlas, talleres de panadería, preparación de quesos, degustación en largas mesas compartidas y más de la parafernalia granjera que inspira hoy a artistas internacionales.

La vida campirana, la que prevalece y la que se ha quedado atrás, hacen repensar los ciclos creativos de siembra y cosecha, del arte bucólico y del arte transformativo.