La pobreza alimentaria aumenta cada vez más en Estados Unidos

Las condiciones del mundo actual hacen que cada vez más gente del llamado “primer mundo” o países desarrollados experimente dificultades para alimentarse a sí mismos y a sus familias.

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El Pew Research Center (PRC) ha elaborado la siguiente gráfica sobre gente que no puede permitirse en ocasiones comprar su propio alimento:

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En la gráfica destacan países africanos como Uganda y Senegal, y un país en desarrollo como México, donde millones de personas viven en extrema pobreza. Sin embargo, es de notarse que los Estados Unidos (cuyo ingreso per cápita anual es de alrededor de $55 mil dólares) posea una tasa del 24% de población que en ocasiones es incapaz de alimentarse a sí misma por falta de recursos económicos.

Analistas del PRC afirman que este nivel de escasez en Estados Unidos recuerda más a la experiencia de países como Indonesia o Grecia que a los propios del “primer mundo”, como Inglaterra o Canadá, añadiendo que el porcentaje de estadunidenses que el año pasado no pudieron alimentar correctamente a sus familias es el doble que en Italia y Canadá, y triplica el porcentaje de Alemania. Al hambre se agrega el 31% de la población de EU que no puede pagar por el acceso a la salud y el 27% para el vestido.

La situación de pobreza en EU no deja de ser alarmante, pero sirve sobre todo para contrastar el estado general del mundo con quienes –se supone– son aún una de las mayores potencias económicas del mundo. El acceso medio de 14 países en desarrollo a nivel mundial se mantiene en un nivel medio de 49% para alimentación, 55% de acceso a la salud y 56% de acceso a vestimenta. Uganda sigue siendo el país con el más bajo nivel de acceso a estos servicios básicos.

[Co. Exist]



En Islandia ya es un delito que las mujeres ganen menos que los hombres

De nuevo, Islandia le muestra al mundo cómo luchar por la igualdad de género.

Durante décadas, las mujeres han luchado por el derecho básico a recibir una paga igual a la de los hombres. A pesar de que ha habido avances al respecto, la brecha salarial sigue perjudicando a las mujeres alrededor del mundo. Según datos del Foro Económico Mundial, las mujeres reciben en promedio $9,000 dólares menos que los hombres por las mismas horas laborales. De acuerdo con la misma organización, cerrar la brecha salarial de género será una tarea difícil, pero países como Islandia ya lo están logrando. 

Islandia se ha convertido en el primer país del mundo en garantizar una paga equitativa para mujeres y hombres. 

Desde 2018, que una mujer islandesa reciba un salario menor al de un hombre se considera un delito ante la ley. La medida se había anunciado el año anterior en el marco del Día Internacional de la Mujer como parte de una legislación que busca erradicar por completo la brecha para el año 2022. Actualmente, las empresas islandesas tienen la obligación de certificar que sus empleadas reciben la misma paga que sus compañeros; de lo contrario, se someten a multas de 350 euros diarios.

Esta nación nórdica cuenta con un impecable expediente en asuntos de género: ha encabezado la lista de igualdad de género del Foro Económico Mundial por 9 años consecutivos. El informe mide la equidad de género evaluando aspectos como las oportunidades económicas, el empoderamiento y los índices de salud de las mujeres de cada país.

La admirable ejecución de los planes para acabar con la discriminación de género quizá se relaciona con el porcentaje de mujeres que conforman el parlamento de Islandia. El 50% de sus delegadas son mujeres y el compromiso por garantizar sus derechos une incluso a los partidos políticos en oposición.

México, por su parte, se encuentra 48 posiciones por debajo de Islandia en este ranking, reflejando una brecha salarial que aún divide a ambos géneros en un 30%, según reporta El Economista. Esto indica que en todas las entidades del país, los salarios más altos en promedio siguen siendo percibidos por hombres. 

Parece ser que Islandia comprende bien la importancia de cerrar la brecha salarial, lo que no es para menos: la mitad de la población del mundo está compuesta por mujeres. El hecho de que éstas reciban una paga igual a la de sus compañeros beneficia el desarrollo de todas las economías mundiales por igual.

¿Te interesa leer el informe del Foro Económico Mundial sobre igualdad de género? Descárgalo en español aquí



Hay mucha comida en el mundo… pero el hambre va al alza por tercer año consecutivo

Explicarnos esta paradoja es clave si queremos hacer algo al respecto.

Si existe una prueba irrefutable de nuestra involución como especie, esta sin duda tiene que ver con la cuestión de la alimentación a nivel mundial. Porque pocas cosas hay más asombrosas –y tristes– que esa extraña correlación entre hambruna y obesidad, o entre producción y desperdicio, que se ha vuelto tan común en el vital ámbito de la alimentación humana.

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Algunos datos bastan para confirmarlo de manera contundente: cada año se producen miles de millones de toneladas de comida, de la cual poco más de mil millones se desperdicia.

La comida que se desperdicia podría alimentar a 2 mil millones de personas.

Al mismo tiempo, el hambre aumenta exponencialmente en regiones del mundo como África y Sudamérica –desde el 2015, ha habido un incremento constante de la hambruna en estos países– y la obesidad se vuelve una epidemia en otros países, como México, Estados Unidos y Nueva Zelanda.

Según el último reporte de la FAO, The State of Food Security and Nutrition in the World:

821 millones de personas –es decir, 1 de cada 9– padecen hambre.
673 millones de adultos –es decir, 1 de cada 8– tienen obesidad.

Esta situación parece ser una de las mayores paradojas de nuestro tiempo. No parece que ninguno de estos problemas alimentarios vayan a poder ser resueltos en el mediano plazo, aunque una de las metas de las Naciones Unidas es erradicar el hambre para el 2030.

 

Pero, ¿por qué sucede esto?

El diagnóstico de la FAO sobre la hambruna indica que esta paradoja alimentaria se debe, por un lado, a los conflictos violentos en algunas partes del mundo, y por el otro, al cambio climático. Se hace énfasis en las condiciones de cada nación, que incluyen qué tan sofisticados o anticuados son los sistemas de agricultura y cuánto se puede promover el cultivo de alimentos pese a las extremas condiciones climáticas.

No obstante, existe algo más importante a tomar en cuenta: las malas prácticas de países como Estados Unidos. En este país se producen tantas cosas –comida incluida– que si todos viviéramos como un estadounidense promedio harían falta cinco planetas que sustentaran tal despilfarre de recursos. Además, aunque Estados Unidos también está enfrentando una severa crisis, sigue siendo el país donde más comida se desperdicia: 150 mil toneladas al año.

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La paradoja, así, se vuelve aún más paradójica –si cabe–, ya que el hambre no es sólo consecuencia de no poder cultivar por las condiciones de violencia que imperan en algunos países o por cómo les afecta el cambio climático, y ni siquiera se debe a una “mala distribución” de la comida.

En realidad, la hambruna sólo podría ser erradicada si no se desperdiciara más del 40% de la comida a nivel mundial, como nos hizo saber Anthony Bourdain en una de sus últimas denuncias audiovisuales.

 

El problema es que esto no sólo depende de nosotros…

Desperdiciar comida es algo que podemos evitar, pero eso significa sólo una pequeña contribución individual a un problema que nos rebasa. Y es que lo realmente importante es que los alimentos dejen de verse como una mercancía. En ese sentido es urgente transformar las prácticas de las grandes empresas, así como los esquemas de producción y distribución de los alimentos.

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Porque el desperdicio en los hogares es sólo el último eslabón en una cadena de pérdidas que comienza desde el campo mismo, y que continúa en los almacenes, en los centros de embalaje y en los supermercados, hasta llegar a los restaurantes y a las alacenas de nuestras casas. Durante todo el proceso el desperdicio está implícito, y esto se debe a la dinámica que han impuesto los monopolios de los alimentos.

Por eso es importante propulsar la creación de economías locales donde se instaure una dinámica en pequeño que haga del proceso de producción, distribución y consumo de alimentos algo mucho menos complejo. Algo así es lo que propone el movimiento Slow Food, que marca la pauta hacia la cultura alimentaria del futuro.

Al mismo tiempo debe promoverse una ruralidad moderna y sostenible que haga atractivo para las nuevas generaciones regresar al campo, para así restablecer la soberanía alimentaria de las naciones –y que ya no dependan de Estados Unidos–.

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¿Y en las ciudades? Sin duda, podemos contribuir cultivando nuestra propia comida y no desperdiciando nada de nuestro plato –y cuando decimos nada, es nada: puedes hacer composta con cualquier resto de origen vegetal–. Además, es importante reducir el consumo de carne, pues con el mismo alimento que se engorda al ganado se podría alimentar a millones de personas, y la producción de carne implica un gasto monumental de recursos vitales que puede evitarse.

Sólo así será realista plantear la erradicación de la hambruna.

…quizá no para el 2030, como propone la FAO, pero sí lo antes posible. ¿O tú qué opinas?