Un jardín comunitario puede reducir la violencia y proveer comida orgánica para más de una familia

Un jardín comunitario no sólo volverá la vista del vecindario más agradable: es la base para construir una nueva relación con el lugar donde vivimos y ayudar a reducir nuestro impacto ambiental.

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¿Cuántas personas podrías alimentar con sólo 1 acre de tierra? ¿Qué pensarías si te dijéramos que este es el espacio necesario para obtener cada año más de 3 toneladas de productos orgánicos comestibles, además de flores y plantas? Los jardines comunitarios no son una idea nueva, sino que se han ido transformando con el tiempo.

La idea básica es educativa. Como dice Ron Finley, gurú de la jardinería de guerrilla, “si un niño planta brócoli, comerá brócoli”. En Estados Unidos hay 18 mil jardines comunitarios, y a partir de ellos se han obtenido los siguientes informes sobre lo que genera en las comunidades el tener estos espacios.

 

Reducción del crimen

Una comunidad en el norte de Filadelfia cambió radicalmente gracias a Las Parcelas Community Garden and Kitchen. El crimen, la violencia y el desempleo siguen presentes como factores macroeconómicos, pero la gente está teniendo un mayor cuidado de sus propiedades y transformando su vecindario. Parece algo de sentido común el hecho de que los vecinos no dañen ni roben a otros vecinos pero, por desgracia, la situación urbana nos aleja cada vez más de lo que antes considerábamos una vida en comunidad. Nuestros vecinos son prácticamente desconocidos. La gente se saluda al pasar, pero en realidad nadie se conoce. Un jardín comunitario permite que la interacción social de un lugar esté referida a un sitio simbólicamente relevante para todos los que allí habitan.

 

Comida orgánica barata

En los supermercados, la comida orgánica suele costar más que la comida normal (donde “normal” implica alimentos genéticamente modificados). Plantar tu propia huerta de verduras y frutas (las cuales son, además, una buena fuente de semillas orgánicas para ti y para otros) no sólo te ahorra dinero, sino que te permite construir una relación de mutua dependencia con la naturaleza -así sea la de tu jardín trasero-.

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Integración comunitaria

Los jardines comunitarios son lugares perfectos para que los ancianos de la comunidad compartan su aprendizaje con las generaciones más jóvenes. No se trata de hacer “terapia ocupacional”, sino de educar a los más pequeños desde el principio en buenas prácticas para con los adultos y para con la tierra, que a su vez es la que nos alimenta. Esto, además de ser un generador de vínculos comunitarios, enseña sustentabilidad, un requisito de cualquier programa educativo del futuro próximo.

Los jardines también reducen el riesgo de alergias de temporada, al cambiar el ecosistema mismo donde vivimos: si estamos expuestos al polen de nuestra área, nuestro sistema inmune se hará más fuerte y resistente contra las alergias. Los jardines limpian el aire y reducen la contaminación ambiental.

 

Productividad

Existen reportes que muestran que en Estados Unidos, la agricultura urbana es hasta cinco veces más productiva por acre cuadrado que las enormes granjas. No se necesitan grandes extensiones de terreno para plantar maíz sin modificadores genéticos, soya, etc. Con una red de voluntarios, mantener un jardín de alimentos comunitarios es más barato que mantener un parque, pues el jardín puede nutrirse con la composta orgánica de las casas de la comunidad, lo que hace innecesario comprar nuevos fertilizantes. (Y además, las propiedades cercanas a jardines comunitarios adquieren una mayor plusvalía).

Tal vez la comida orgánica de autoconsumo no cambie el panorama de la obesidad, la violencia o la falta de oportunidades de muchos países, pero le da a las comunidades cierta sensación de autonomía e independencia, además de enseñarle a los niños a establecer raíces de manera real y metafórica con el lugar donde viven.

Elegir y disponer del terreno adecuado, las semillas y las herramientas, así como obtener conocimiento a este respecto, son inversiones a largo plazo para el bienestar alimenticio y social de nuestras comunidades. Pensémoslo un momento: hasta hace un par de generaciones, la gente aún solía producir parte de la comida que necesitaba. ¿Por qué no retomar esta práctica?



Sembrar nuevos hábitos es como el arte de la jardinería

Pareciera imposible lograr que un nuevo hábito florezca y perdure, pero con o sin inspiración, no te rindas; puedes utilizar la metáfora de la jardinería para empezar por sembrarlos.

Despiertas una mañana radiante con una motivación apasionada para empezar nuevas cosas, pero antes de que termine la semana decayó tu entusiasmo por completo. ¿Te ha pasado? A todos; por eso, no deberías rendirte. Inculcarnos nuevos hábitos es como el arte de la jardinería. No basta con tener la semilla: si no estás fijando un propósito en la colocación, perderás muchas semillas buenas; si sólo arrojas semillas en una pila aleatoria de tierra, estás dejando que la suerte te dé sólo un par de plantas decentes.

 

La motivación es voluble

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Fotografía: Sanja Marusic

A veces parece imposible lograr que un nuevo hábito perdure. Desanimarse puede ser una manera de justificarse; mantener la motivación propia es la verdadera “maña”, el arte que requiere este asunto.

Quieres evolucionar, ponerte aprueba, actualizarte, aprender… desaprender vicios o arrancarte malos hábitos; es decir, te mueve el propósito de crecer. Para ello te has inscrito en clases de idiomas nórdicos, un curso de cocina toscana, un taller de dibujo, un curso sobre historia del arte, un club de bici de montaña, o de plano, comenzar una nueva carrera en una universidad extranjera.

 

Momentos rutinarios de un hombre heroico o una mujer épica

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El día 1, en tu nuevo plan te sientes un hombre heroico, una mujer épica. A veces, antes de la segunda sesión, de la semana 3 de tu plan maestro de nuevos alcances, ya eres un náufrago a la deriva. ¿Qué se hace? ¿Cómo mantener el barco a flote? Bueno, lo primero: con o sin inspiración atiende a tu cita, tu clase, la pista para correr, vuelve al libro de 800 páginas que comenzaste.

Fácil de decir, difícil de llevar a cabo. Especialmente si no se acepta que, mal que bien, la mayoría de los días son algo rutinarios, incluso aburridos.

La motivación es voluble, temporal; si sólo te atienes a ella, tus metas quedan a merced del viento o un cambio de humor. Incluso en un mismo día los niveles de motivación se ganan, se pierden… El número de horas que dormimos, si comimos algo irritante o si bloquearon una avenida, entre miles de posibilidades o situaciones que a veces ni siquiera podemos controlar, afectarán la potencia de la motivación.

 

Honestidad = comienzo sólido

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Conviene preguntarse lo siguiente: ¿en qué momento de tu rutina diaria estás tratando de plantar un nuevo hábito? Si te descuidas sobre este punto, puedes desperdiciar muchas semillas y volver a quedar atrapado en el círculo vicioso de los “nuevos propósitos que nunca se cumplen”. Las semillas germinan en una tierra robusta, nutrida; igualmente influye lo que haces antes y después de ese nuevo aprendizaje que has comenzado. Si puedes reconocer y administrar los momentos del día en que tienes más energía y en los que sientes fatiga, vas por buen camino; si quieres un nuevo comienzo sólido, sé honesto y algo intuitivo para encontrar cuál es el mejor momento para que ese hábito prospere.

Una vez definido el dónde y cuándo, pasemos a las recompensas. Completar una tarea requiere celebrarse. Sé creativo con el tipo de recompensa; esto no va ligado a hacer gastos. Ve tu serie favorita hasta que regreses del gimnasio, o invierte en una app donde puedas practicar con alguien, en tiempo real, el nuevo idioma que estás aprendiendo. La recompensa tiene que ser planeada, descrita, específica, no improvises cada día alguna ocurrencia.

Los ciclos motivacionales requieren un disparador, o más de uno. Recompensarte por cumplir tu nuevo esquema y atender al nuevo horario es estratégico. Entonces, escoge un hábito bien arraigado; por ejemplo, si disfrutas muchísimo tomar una taza de café al despertar y te has propuesto escribir y empezar un blog, proponte no dar un trago al café hasta no tener un primer renglón de algo escrito. Este sistema parece algo mínimo, pero te sorprenderá lo bien que funciona. Crear asociaciones positivas es simple, pero hay que empezar por algún lado.

 

Los cambios tienen un propósito: endulzarte el alma

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Algo que ya haces de forma habitual y disfrutas será un recordatorio garantizado. Afianza tu propósito a un disparador, a un estímulo… a partir de ahí, que tu nuevo hábito forme parte de tu rutina no estará demasiado lejos.

Haz un plan y síguelo, pero si no lo sigues al pie de la letra no te recrimines. Haz un pacto: si no pudiste ir a la clase de yoga, haz al menos 10 minutos de algunas posturas en tu casa; si vas a romper la dieta come sólo un poco de helado, no 1 litro entero. Esto entrena, aunque no lo creas; te hace ser más consecuente y realista con tus metas, en vez de permanecer en el tren mental de “Todo o nada… Blanco o negro”.

Para plantar un nuevo hábito necesitas las condiciones y el ecosistema correctos. Encuentra el rinconcito ideal donde verlo crecer, las horas óptimas, el “punto de turrón” de un logro que no sólo te discipline, sino que te endulce el alma.



Siembra una farmacia en tu jardín

La hermanas Heather y Melinda Ring retoman la idea de sembrar plantas medicinales en espacios públicos.

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Las selvas y los bosques son los pulmones del planeta, pero también en estos territorios se encuentran las farmacias y “boticas” (como alguna vez fueron llamadas) que sirven como los más antiguos lugares con remedios para curar enfermedades. La historia de los jardines, incluso, aguarda un espacio en el tiempo donde los hombres –especialmente los botánicos– dedicaron buena parte de su tiempo a cultivar especies con fines curativos.

Nuestra época no es la excepción, y el movimiento de huertos urbanos ha podido extenderse, además, con propósitos farmacéuticos, más allá de alimenticios. Cortezas, raíces, hojas, resinas, flores, extractos, semillas y un largo etcétera es lo que la naturaleza provee a través de los nodos verdes para que personas, e incluso animales, curen algunas de sus afecciones.

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En Indonesia la selva es la fuente de buena salud de sus aldeanos. Y para la comunidad Añangu, en Brasil, conocer las propiedades medicinales de las plantas es una tradición ininterrumpida que pasa de generación en generación.

Pero, el conocimiento sobre las ventajas de las plantas medicinales no solo se preserva en lugares como la Amazonia. En algunas ciudades se está llevando a la práctica. En Londres, por ejemplo, las hermanas Melinda y Heather Ring se propusieron informar y reeducar sobre el uso de herbolaria, en medio de la selva de concreto que significa la capital británica. 

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Su idea tomo forma en el proyecto Urban Physic Garden, una iniciativa abierta a seguir implementando todo lo necesario para que la ciudad tenga su propio jardín-farmacia. Esta es una idea que fácilmente puede trasladarse a otros lugares, como América, donde existe una larga tradición en el uso de plantas curativas.

Para los ingleses el culto y cultivo por los jardines no es nuevo. Melinda y Heather afirman que se inspiraron en una idea de crear jardines medicinales surgida desde 1673, y que ahora vuelve a tomar auge en el espacio público de Chelsea.

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La idea del Urban Physic Garden es brindar un espacio público para que las personas de los barrios aledaños puedan involucrare en los saberes y prácticas que involucra el cuidado y uso de las plantas medicinales. Así, el concepto de jardín se reivindica, y toma lugar ya no solo como un territorio ornamental de inigualable belleza, sino como un espacio activo en favor del bienestar colectivo. 

El Urban Physic Garden pone el ejemplo a otras ciudades y te invita a involucrarte a ti y a los más jóvenes, en esta actividad recreativa que promueva la medicina natural y la unión comunitaria. 

En este link puedes obtener más información al respecto de este proyecto. 

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*También en Ecoosfera: Rebeldía orgánica: evolución a través de la jardinería

 

*Imágenes: wayward.co.uk