Los productos chatarra están estratégicamente colocados en el supermercado

Los dulces y comida chatarra pagan un monto extra para estar cerca de las cajas del supermercado. Mientras esperas en la línea, es fácil sucumbir a la tentación de echarlos al carrito. No caigas en la trampa.

Un estudio publicado en New England Journal of Medicine, argumenta que la disposición de los productos chatarra en los supermercados contribuye a las cifras de obesidad, por lo que deberían tomarse medidas al respecto.

Las elecciones de los alimentos no son racionales, sino que están controladas por los estímulos y señales exteriores, afirman Deborah Cohen del RAND Health en Santa Mónica y Susan Babey del UCLA Center for Health Policy Research.

El problema es llegar a la caja del supermercado y, mientras se espera en la línea, encontrar una fila de dulces y productos chatarra y no sucumbir ante la tentación.

Obviamente las marcas de estos productos pagan un monto extra para que sus productos aparezcan en estos lugares estratégicos. Y esto es precisamente lo que los autores del estudio quieren evitar. Proponen regular la disposición de los productos chatarra y con ello proteger a los consumidores. Especialmente para beneficio de los millones de personas con enfermedades y condiciones crónicas.

“La disposición de la comida enubicaciones prominentes, incrementan la taza en la que se compran; su compra conduce al consumo; y el consumo de comida alta en azúcar, grasa y sal incrementa los riesgos de enfermedades crónicas”.

Es difícil que se aprueben estas propuestas, pues dependen del dinero de las enormes compañías. Mientras tanto, uno mismo puede tomar medidas, por ejemplo, no ir compras con hambre, sino después de comer y de lavarse los dientes: sirve para bajar la comida y para no sucumbir a los antojos.

[Washington Post]

 



El arte japonés de la moderación: una forma de cambiar tus hábitos alimenticios expandiendo la conciencia

Tener una mejor nutrición puede no ser tanto cuestión de dietas como de espiritualidad, tal como lo demuestra la sabiduría oriental.

La manera en la que nos alimentamos puede decir mucho de nuestra sociedad, y es a la par una expresión individual de nuestra espiritualidad, así como de la forma en la que navegamos la existencia. Porque los hábitos alimenticios de cada cultura son una reminiscencia de prácticas y creencias milenarias, las cuales subyacen tras las modificaciones que el pasar del tiempo ha impuesto en la nutrición de cada comunidad humana.

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Alimentarnos es, así, mucho más que el simple acto de comer. Ínfimas cuestiones como pueden ser el tipo de vajilla que elegimos o cuántas veces masticamos un bocado, reúnen el total de rituales que giran en torno a la nutrición, mismos que trascienden el momento de comer y que pueden tener un impacto –positivo o negativo– en el resto de nuestras prácticas.

Incluso pueden incidir en nuestra longevidad

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Por eso, un principio básico de la filosofía japonesa –desde el zen hasta Confucio– es el de la moderación: una norma que permea todos los aspectos de la vida, incluido el de la alimentación. Pero por moderación no debemos entender una restrictiva dieta hipocalórica, sino una visión multidimensional de la vida, misma que parte de la nutrición y que confía a la sabiduría de nuestro organismo el destino de nuestro bienestar en el plano material.

Y como siempre en la filosofía oriental, no hay pensamiento disociado de la práctica. Esta es la base del hara hachi bu, un principio del confusionismo que instruye a la gente a comer hasta que estén llenos en un 80% de su capacidad, lo que significa una ingesta de entre 1,800 y 1,900 calorías al día. 

En cambio, el mexicano promedio puede llegar a consumir hasta 3 mil calorías por día, pues solemos comer mucho más allá de la saciedad.

El principio del hara hachi bu es desarrollado a lo largo de los textos del confusionismo. En el libro 7 de las Analectas de Confucio, una sentencia nos dice:

Cuando el Maestro estaba cerca de alguien que estaba en duelo, nunca comía hasta la saciedad. 

Y en el libro 10: 

Aunque su arroz sea de la mejor calidad, no come en exceso; aunque su carne esté finamente picada, no la engulle.

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Hara hachi bu

¿Cuánto no cambiaría si adoptásemos nuevos hábitos alimenticios desde un enfoque filosófico y práctico como el del confusionismo? Podría parecer exagerado, pero una autotransformación sólo puede empezar desde la base. Y esa base, en el confusionismo, son los alimentos y la manera en la que nos relacionamos con ellos desde la conciencia.

Así que no se trata solamente de contrarrestar lo que los malos hábitos alimenticios ocasionan –cientos de enfermedades producto de la obesidad, o una “mala” apariencia física–. El objetivo no es ni siquiera vivir más tiempo –como los japoneses: la población más longeva de la Tierra, gracias a sus hábitos alimenticios–. Esas son, digamos, metas secundarias; se trata, en realidad, de que toda práctica se sustente en una conciencia expandida: desde cómo comemos y qué comemos, hasta cosas aparentemente más importantes como el cuidado que prodigamos a nuestros proyectos personales.

Por supuesto que, adicionalmente a poner en práctica el mantra hara hachi bu antes de ingerir cualquier comida, vendrán a la par todos los beneficios que podríamos esperar de cualquier dieta, e incluso más en términos de salud. Pero ello estará sustentado en una primigenia reconexión con las bases mismas de la vida, que es lo que fundamentalmente nos enseña la filosofía oriental.