La belleza lunar del Sahara argelino

El paisaje del Sahara es tan bello que se le ha comparado con la superficie de la luna. De hecho la zona Tassili n’Ajjer, en Argelia, es considerada como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Las arenas del Sahara cuentan cómo han cambiado a lo largo de su historia milenaria, conoce un poco aquí.

El desierto del Sahara es un lugar conocido por su extraordinaria belleza y por su capacidad de llevar a la muerte a quienes se internen es sus arenas. En Argelia se encuentra una de las partes del desierto, Tassili n’Ajjer, considerada como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

El bello bosque de arena que existe en este lugar ha hecho que se le compare con la superficie de la luna. Es un paisaje que el agua ha modelado por miles de años. También, a través de su historia, ha cambiado su clima y su terreno: en un tiempo fue una sabana llena de césped y de animales como jirafas, hipopótamos y cocodrilos enanos. Hoy existen animales desérticos, ganado salvaje, chitas y gacelas.

Hoy las temperaturas del desierto van desde los 30° a incluso 50° C en verano, mientras que en invierno pueden bajar hasta -1°C. En cuanto a la flora, existen 28 plantas que son poco usuales en el resto de Argelia, incluyendo el ultra-raro ciprés del Sahara; se estima que sólo quedan alrededor de 200 en toda la tierra.

También existen pinturas de más de 12 mil años, registro de la vida en tiempos prehistóricos, donde se retratan las migraciones animales, los inicios de la ganadería y los cambios del clima. Los seres humanos dibujados aparecen con cabezas grandes y alargadas, lo que ha llevado a muchos a especular sobre los visitantes extraterrestres.

A lo largo de su historia, el Sahara ha sido una ruta de comercio, antes en caravanas de camellos, hoy se han construido caminos y rieles. El problema es que ha conllevado a problemas como vandalismo y contaminación. Se espera que la dirección del Tassili National Park controle las amenazas para este desierto y preserve la belleza lunar del Sahara.


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Perderse en el desierto para perder el miedo: lecciones del Sahara, cortesía de Antoine de Saint-Exupéry

Una experiencia al filo de la psicodelia llevó a este aviador a conocer la verdad de la tierra y del hombre.

Noches aéreas, noches del desierto… Son ocasiones singulares que no se ofrecen a todos los hombres.

Antoine de Saint-Exupéry

El desierto es un lugar de imbatibles espejismos, de áridos delirios, y uno que otro oasis que deviene verdad. Por eso, bien puede ser el lugar en el cual recobrar la humanidad perdida. Eso lo convierte en un ecosistema peculiar, que evoca ambiguos placeres, y en el cual nada está dicho ni definido. Es un espacio que no presupone nada, y sólo perdiéndose en él es como puede conocérsele.

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Leah Kennedy

Fue en el desierto del Sahara donde Antoine de Saint-Exupéry se reencontró consigo mismo. Ahí, acarició una verdad que no comprendía del todo:

Me he visto perdido, ha querido tocar fondo en mi desesperación y, una vez aceptada la renuncia, he conocido la paz. Me parece que es en esos momentos cuando uno se encuentra consigo mismo y se transforma en su propio amigo.

¿Es necesario perderse en el desierto para perder el miedo? Quizá sí, porque nuestro miedo más acérrimo nace de profundas escisiones: de la naturaleza, de la comunidad. Y de la tierra. Por eso, nos dice el filósofo de la vida cotidiana:

La verdad no es lo que se demuestra. Si en esa tierra, y no en otra, los naranjos echan sólidas raíces y se llenan de frutos, esa tierra es la verdad de los naranjos.

Así es también la verdad para el hombre cuando camina sobre territorios indómitos como el Sahara: cuando se pierde en el desierto, como Antoine de Saint-Exupéry y su mecánico, André Prevot, quienes se estrellaron en el desierto libio el 30 de diciembre de 1935.

Sólo contaban con medio litro de café en un termo pulverizado, 1/4 de vino blanco, un racimo de uvas, una naranja y una aferrada esperanza de que podrían encontrarlos. Pero los hombres no llegaron: Prevot y Saint-Exupéry los tuvieron que encontrar –real y metafóricamente–, y sólo tras caminar decenas de kilómetros.

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De esta experiencia que auguraba una muerte segura surgiría la inspiración para Le petit prince, la más icónica novela de Saint-Exupéry, un hombre a quien su oficio lo hizo filósofo. Un hombre que usó su avión como un medio para encontrar la verdad campesina del mundo.

En las memorias tituladas Terre des hommes, Saint-Exupéry no sólo narraría esta experiencia psicodélica en el Sahara, sino que intentaría bosquejar lo que ser aviador de Aéropostale le había enseñado sobre el ser humano. En las últimas páginas de este trabajo autobiográfico, concluyó parte de sus reflexiones con una verdad inconmovible:

[…] si ha parecido que quería empujaros a admirar en primer lugar a los hombres, he traicionado mi objetivo. Lo que es en primer lugar admirable es la tierra que los ha fundado.

Con la garganta degollada por una sed que embriaga, con la desesperación a flor de piel por caminar sin llegar a ningún lado, con la imaginación desparramada que a falta de espejismos los inventa a cada paso, así deliraban en el Sahara Saint-Exupéry y su mecánico, entre pozos ficticios y árabes nómadas fantasma. Ambos llegaron a maldecir su suerte y odiar ese territorio salvaje donde no llovía.

Pero poco a poco, como se muestra en Terres des hommes, Saint-Exupéry comulgó con el desierto y develó sus verdades. “He querido mucho al Sahara”, rememora con melancolía en el texto: “He pasado noches en territorio rebelde”.

Así se reencontró a él y a todos los seres humanos. Perderse en el desierto lo hizo perder el miedo, y lo dejó ver al hombre desnudo sobre la tierra y sin temor a la intemperie.

Sandra Vanina Greenham Celis
Autor: Sandra Vanina Greenham Celis
Colaboradora del proyecto político Colectivo Ratio. Le gusta potenciar la depresión en su psique consumiendo productos culturales de las postrimerías del siglo XX. Cree teleologicamente en el arribo de la humanidad al comunismo.