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Sobre las bondades del no hacer (o por qué es vital recuperar nuestro lado infantil)

En un mundo repleto de estímulos, un día de no hacer nada puede resultar mágico.

Lo hermoso del desierto es que en cualquier parte esconde un pozo
El Principito

Cientos de escritores y grandes pensadores han exaltado las bondades del no hacer, como Oscar Wilde, quien decía que no hacer nada es una tarea paradójicamente muy intelectual. Tumbarse en el pasto, ver el cielo con la mirada perdida, sentarse en las escaleras a ver a la gente pasar, son momentos donde absolutamente nada —y todo— puede pasar; un instante que para las mayorías hoy en día es un lujo. La misma filosofía del Tao ha expresado ya cómo el no actuar todo lo hace, o paradójicamente, cómo el no actuar es una forma de actuar inteligentemente.   

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Los niños en especial han comprendido el significado de este no hacer. Quizá por esa innata cualidad de libertad que los caracteriza. O porque un niño, a fin de cuentas, no es sino un espíritu noble; y en aras de la infancia, una etapa de observación y múltiple aprendizaje, un espíritu lúdico (y el juego, como el arte y la imaginación es un terreno indómito).

Si algo caracteriza a la sociedad de nuestro tiempo es que se encuentra constantemente hiperestimulada, además de que trabaja en exceso. Todos nos hemos creído el discurso de que el máximo de productividad siempre puede traducirse en bienestar, sin cuestionar por qué utilizamos categorías económicas para medir nuestros estilos de vida. 

Los hombres ya no tienen tiempo para conocer nada; compran las cosas ya hechas a los comerciantes; pero como no existe ningún comerciante de amigos, los hombres ya no tienen amigos.  —El Principito

Lamentablemente esto ha impregnado en cierta medida a los niños de hoy, quienes están creciendo rodeados de esas ideas y de pantallas que sobrestimulan lo que solía ser una buena cualidad infantil: la de procrastinar sin culpas y de manera creativa.

Antes de la era digital, los niños eran sabios practicantes de la sana procrastinación. Incluso en la época de la televisión (algunos lo recordamos), las ganas por salir a andar en bicicleta o por echarse en el pasto eran recurrentes. Eso es lo que la escritora contemporánea, Béatrice Alemagna, quiso plasmar en su libro On a Magical Do-Nothing Day, que sigue las peripecias de un pequeño en la naturaleza que ha perdido su videojuego portátil en un día de lluvia.

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En una especie de viaje al estilo de Alice in Wonderland, el pequeño recorre la naturaleza y descubre cuán mágico puede ser un día de no hacer nada, el cual termina acompañado de su madre en la cocina con un par de tazas de chocolate caliente. “Eso es todo. Eso es lo que hicimos en nuestro día mágico de no hacer nada”, dice el pequeño.

Tanto nosotros como los niños debemos recuperar el espíritu infantil, aventurero y travieso. No dejar que el mundo se reduzca a una pantalla, ni a metáforas que conciben la vida como un agregado de la economía (donde “el tiempo es oro”).

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Actualmente las pantallas y sus derivados implican fuertes adicciones, y provocan graves trastornos, tanto en niños como en adultos. Procrastinar sanamente es una manera de solucionar este problema creciente, y uno que puede acercarnos a los demás y a la naturaleza, como le sucede al pequeño de este libro. O como al Principito, quien aprendió que:

Caminando en línea recta no puede uno llegar muy lejos.

Por último, si eres un padre preocupado, el mejor consejo de procrastinadores expertos es que, si tu hijo está sin hacer nada o aburrido, aproveches para estimularlo con cosas que a todo niño le gustan. Ir al parque, salir con el perro, jugar a las escondidas, son cosas que los niños siguen apreciando más de lo que pensamos. Y hacerlas es fundamental en su desarrollo cognitivo e intelectual.

Aprendamos de quienes tienen la suerte de seguir en la infancia. A nadie le viene mal un poco de espíritu infantil: travieso, juegetón y procrastinador. 

 

*Imágenes: Brain Pickings

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