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Claves para dejar la preocupación crónica y emancipar nuestra mente

Es difícil de aceptar pero, el estrés, la depresión y las preocupaciones son fuerzas de la vida moderna; creer que tú tienes los problemas más complicados es solo cosa de egocentrismo porque, de hecho, el mundo entero se encuentra experimentando los propios, desde otro ángulo. ¿La razón? Hay miles de ellas. No se trata de enfocarse en los detonantes que pueden llevarte a tener una gran preocupación sino en el cómo lo estás sobrellevando y cómo afecta esto a tu calidad de vida. 

En aras de una realidad en crisis, las preocupaciones no tendrían porque gobernar tu existencia, al contrario: es preciso que las ubiques como un posible detonante de consecuencias nocivas, que además se vuelven crónicas.  

De hecho, la preocupación es una condición inherente a los seres humanos. Realmente es gracias a ésta que hemos podido sobrevivir, pues preocuparse es una respuesta a las amenazas que nos vuelca a buscar soluciones. Es, además, un catalizador de la empatía, pues cuando nos preocupamos por alguien más es porque le queremos.

No obstante, la preocupación no siempre se manifiesta de manera positiva. En realidad, se ha vuelto un estado de ánimo perpetuo en muchas personas, y que tiene serias consecuencias. Podemos hablar, incluso, de preocupación crónica.

La espiral preocupación-ansiedad-estrés-culpa

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La preocupación es un circuito que pareciera infinito: cuando es excesiva, deviene en una espiral de ansiedad que casi siempre termina en un sentimiento de culpa por sentirnos incapaces de controlar todo lo que pasa a nuestro alrededor. Esto modifica en muchos casos nuestra cotidianidad: los hábitos alimenticios, el sueño e incluso las relaciones con otras personas.

Pensar en “lo que podría pasar” y preocuparse demasiado por ello reinicia este espiral qué también advierte impactos para el organismo. Así, la preocupación crónica puede detonar respuestas en el cuerpo y su sistema nervioso, por ejemplo, con la liberación de cortisol —el neurotransmisor del estrés—, que en grandes cantidades puede elevar el azúcar en la sangre y los triglicéridos, desestabilizandonos emocionalmente. Algunas de las consecuencias de esto son:

  • Dificultad para tragar
  • Mareos
  • Boca seca
  • Fatiga
  • Dolores de cabeza
  • Ritmo cardiac acelerado
  • Irritabilidad
  • Falta de concentración
  • Sudoración excesiva

El cortisol, que funciona como gasolina para nuestra sangre (y que puede ser bueno, como ya se comprobó), es malo cuando no es usado para actividades físicas. Es como si implosionara toda esa energía en nuestro cuerpo, en lugar de explotar hacia afuera. Las consecuencias de esto incluyen:  

  • Supresión del sistema inmune
  • Desordenes digestivos
  • Tensión muscular
  • Pérdida de memoria a corto plazo
  • Y, en el peor de los casos:
  • Ataques cardiacos
  • Depresión
  • Y hasta suicidio

Emancipa tu mente y no dejes que otros la gobiernen

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Si realmente queremos ser competentes en la vida, y más felices de paso, la clave está en dejar la preocupación a un lado y emancipar la mente. ¿Cómo? Primero, razonando (más no pensando obsesivamente) en todo lo que esto perjudica tu vida; después, depurando la mente de todos aquellos factores que encuentran un lugar en tu ciclo de preocupaciones.

Dialoga contigo mismo

Piensa en si tu preocupación realmente tiene sentido, sé sincero contigo mismo. Cuando vas al fondo del argumento que guía a tu preocupación, verás que ésta no tiene sentido porque:

La mayoría de cosas que te preocupan… jamás suceden. ¿Cuál es el punto de alimentar fantasías? Se debe ser hábil para dejar ir pensamientos obsesivos que nos hagan cuestionarnos y herirnos todo el tiempo.

Preocuparse no va a cambiar el futuro. Al contrario, puede empeorar cualquier panorama. La cuestión es que tampoco le temas a los cambios, sino que los afrontes sabiendo que no todo depende de ti.

Si quieres mirar la realidad de forma distinta, desintoxícate (3 claves para hacerlo)

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Razonar no será la única manera de liberarte de la preocupación crónica, de hecho puede llevarte de vuelta al estrés. Así que debes complementar el razonamiento con actividades específicas que dejen fluir esa energía en tu cuerpo, la cual, de otra forma, podría implosionar. ¿Cómo hacerlo? Aquí 3 claves:

  • Ejercítate regularmente: Puede ser intenso o no. Ya sea que hagas cardio, fuerza, yoga, pilates. O incluso una rutina semanal con un mix; el ejercicio ayudará a usar ese combustible que es el cortisol de manera positiva.
  • Medita: La meditación se ha popularizado por ser una técnica que nos enseña a convivir con lo que nos rodea: de inhalar y exhalar nuestras preocupaciones, logrando posicionar la mente hacia otros horizontes. Aquí puedes ver consejos para meditar, cómo respirar y los beneficios que esto tiene.
  • Ama: No hay nada más simple y quizás trillado, pero como se advierte en un principio, la preocupación también es empatía. Aprovecha ese sentimiento para amar y procurar a los demás, algo que genera beneficios por desatar dopamina y oxcitocina en nuestro cerebro.

Preocuparse de manera crónica es como ponerse grilletes de manera voluntaria. Recuerda que no vives para esa preocupación que te ronda la mente, vives para inspirarte de las experiencias y asombrarte de tu existencia. Ten siempre presente que somos seres orgánicos complejos y necesitamos calibrar constantemente nuestras emociones.

*Referencias: How Worrying Affects the Body

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