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Los perros son capaces de olfatear nuestro estado emocional, según estudio

La agudeza de nuestros compañeros caninos puede observarse en pequeñas y generosas acciones cotidianas, mismas que demuestran una lealtad y nobleza indiscutibles. Estos grandes animales se han ganado un lugar importante en las vidas humanas, y desde hace siglos, sorprenden con cada acto cariñoso y por demás inteligente. 

Así, los lazos que se generan con ellos son tan fuertes que suelen ser vistos como algo más allá de una mascota. No es poca cosa, pues ese portentoso vínculo es el resultado de más de diez mil años de convivencia, según el antropólogo Brian Hare.

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Y es quizás este estrecho vinculo el que ha hecho ahondar a científicos en la posibilidad de que el olfato canino cruce fronteras, más allá de las conocidas, para adentrarse a nuestros mundos emocionales. Si bien, sabemos que estos animales poseen un olfato altamente sensible capaz, incluso, de percibir el miedo humano, estudios recientes demuestran que los perros pueden oler, también, nuestro estado emocional.

El estudio liderado por la Universidad de Nápoles, en Italia, demostró que un perro interpreta, en mayor medida, lo que los humanos sienten a partir del sentido del olfato. Es decir que pueden, literalmente, oler nuestras emociones, según el artículo publicado en la gaceta New Scientist.

Esta aseveración marca un importante avance en la comprensión que tenemos de nuestros perros, pues nos alenta a reconocer su agudeza de sentidos en este mundo. De hecho, eso es lo que hace a los perros tan intuitivos. Aunque sus otros sentidos son poco valorados, se ha comprobado por ejemplo que, con miradas los perros también producen oxytocina, la hormona del amor.

Biagio D’Aniello, el investigador encargado del estudio, junto con algunos colegas y voluntarios humanos, comprobaron la sagacidad olfativa de los perros al presentar pruebas de sudor de dichos voluntarios, luego de haber observado videos que les provocaron fuertes respuestas emocionales. Frente al sudor, los perros reaccionaron con un comportamiento y estrés acorde a las emociones experimentadas por los voluntarios.

El miedo también fue una de las emociones que hizo a los canes adoptar una actitud de recelo. Esto nos lleva a comprender, según Monique Udell de la Oregon State University en Corvallis, “la naturaleza bidireccional de la relación entre seres humanos y perros”. Una consecuencia fascinante de la domesticación, pues ésta ha arraigado en los perros emociones que antes, se cree, no tenían. Así, y según los expertos, se estaría hablando de una especie de “mimetización” de los canes con sus pares humanos.

Tal vez el amor y el afecto entre humanos y canes sea algo que permanezca por siempre incomprensible, en su esencia, para la ciencia. Pequeños estudios como este –a los que sin duda faltarán muchas más pruebas para arrojar conclusiones–, nos dan cada vez más ventajas para comprender mejor ese trascendente vínculo entre perro y humano, dos especies que hoy, necesitan una de la otra.

 

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