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Afecto, soledad o suplencia: ¿qué es lo que te une a tu mascota?

Los animales salvajes han sido domesticados desde tiempos inmemoriales, sirviendo a la agricultura, a la caza y a otras actividades. En este sentido, algunos animales como el perro y el gato han sido venerados e incluso amados con fervor. Pero, ¿cuál es el origen de esta relación?

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Keith Moon

Se sabe que en el antiguo Egipto los perros eran tan respetados que matarlos era un delito, y el el maltrato animal se penaba con castigos corporales. Además han sido hallados perros momificados que, al morir, acompañaron a sus fallecidos dueños al más allá. De la misma forma, es bien sabido que los gatos fueron también adorados en esta cultura, siendo sus efigies símbolo perenne de la misma.

Aunque en el mundo científico sigue siendo un debate el origen de nuestros sentimientos afectivos hacia los animales domésticos, lo cierto es que éstos no sólo son amados en la cotidianidad de miles de personas, sino que también han sido fuente de inspiración en la cultura. 

Las implicaciones de “humanizar” a las mascotas

Morrisey

Por otro lado, también existe el riesgo de humanizar a nuestras mascotas, lo cual es un peligro latente desde que nuestra relación afectiva es tan fuerte con ellos. Y es que dicho vinculo existe desde la Grecia antigua, donde no sólo se retrató al perro como un ser monstruoso (el caso de Cerbero), sino como un amigo fiel, tal cual lo demuestra la relación de Ulises con su perro Argos en la obra de Homero. Esto sigue ocurriendo en la actualidad, cuando se mantiene un vínculo con el animal que algunos investigadores definen como algo que podría no ser positivo, ni para el humano ni para la mascota en cuestión.

 

El profesor en Literatura de la Universidad de Chile, Bernardo Subercaseaux, define esta situación como “una ósmosis que paradojicamente revela la humanidad de los animales y la insociabilidad y soledad espiritual del ser humano“. A partir de esta idea, Subercaseaux rastrea la relación entre la condición humana y la condición animal en la literatura. Y recuerda fugazmente este autor a Diógenes de Sinope, a quien se atribuye la frase “cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro”. 

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En prevenir esa “humanización” del animal, reside la importancia de estar al tanto de lo que implica nuestra milenaria relación con los animales, así como de las maneras responsables —incluso medioambientales— de mantener nuestro vínculo con ellos, nunca olvidando su condición animal misma que, aunque domesticada, sigue manejándose por instintos.

De esta forma evitaremos su cosificación y tendremos una relación más sana, que no sea, por ejemplo, el reemplazo de nuestras relaciones afectivas humanas, pues sin duda ambas son muy importantes, pero no iguales. Así, reforzaremos ese vínculo mágico que incluso nos ayuda emocionalmente, y que ha sido tan trascendental incluso para artistas, poetas y escritores, como el mismo Richard Wagner, quien componía sus dramas melódicos acompañado por su guacamaya azul, llamada Papo, y basado en las reacciones de uno de sus muchos perros, Peps.

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*Referencia: Perros en la literatura: Condición humana y condición animal

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