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El hombre tortuga y las mareas del futuro (I de II)

Narrativa: Jesús Vergara-Huerta

Ilustración de portada: Otan Chulel

Fotografías: Karen Vega, Andrea Solis y Otan Chulel

Edición: César Alan Ruiz Galicia

Todo lo que está vivo palpita y el mar no es la excepción. Esta importante lección se la debemos a un investigador sueco llamado Stig Lundbäck, que observó las similitudes en los fenómenos físicos que determinan el oleaje marino y el bombeo de los corazones humanos, un vínculo místico que nos unifica desde el oscuro abismo que vio emerger a la vida misma.

Las olas se levantan y rompen con furia y así también laten nuestros cuerpos para llevar lo vital a cada centímetro que nos compone. Por eso los océanos están cargados de amorosas historias, de pechos que se encontraron al escuchar su canto; esa melodía que no permite indiferencia. Debo confesar que a mí me agradan las montañas y que prefiero el frío, pero siempre que llego al mar siento la misma sensación profunda, una especie de llamado ineludible que se experimenta como un retorno. Una de esas experiencias que se repite y se vive siempre como si fuera la primera vez.

Esta es una primera vez de esas que lo contienen todo, y con ello me refiero a cada paso de esta experiencia vital que aun sin buscarlo me ha llevado a los fondos marinos de los océanos que tocan los extremos del país. Y es que no muy lejos de aquí, hace algunos años miré por primera vez la biota que habita los horizontes azules. Llevo grabado con fuego el recuerdo de miles de organismos que pintan los paisajes más bellos que se pueden mirar; tal vez porque son paisajes donde lo humano no está presente. Tan sólo nuestros cuerpos burdos, equipados con pesados artefactos que nos proveen la resistencia de unos pocos minutos, pero que desprovistos de las palabras nos elevan a esos otros cuerpos que sólo están ahí, contemplando la belleza inmanente que nos sostiene.

Bucear es lo más parecido a volar y al extender las alas cada luminosa presencia que nos cruza nos arrebata el aliento; un éxtasis que sólo podemos compartir con las miradas. Pero ahora no lo haré, esta vez sólo aspiro a postrarme frente al mar y palpitar a su ritmo. Nunca había estado en esta playa, pero había escuchado sobre el campamento tortuguero en muchas ocasiones. Barra de Coyuca es un tema recurrente para un biólogo porque hay una especie de sentido mítico sobre el trabajo que realizan en este lugar pero que no se puede dimensionar hasta estar presente. El campamento Las Playas, es un ejemplo de que las grandes respuestas pueden emerger de nuestras propias manos, si tenemos paciencia y amor por lo que hacemos. Aquí, Robertito y su familia salvan a miles de tortugas del peor depredador de la historia evolutiva, el Homo sapiens, y al hacerlo también nos salvan de nosotros mismos.

El maestro Roberto Lugardo Quevedo, conocido por acá como Robertito, tiene 22 años rescatando tortugas pero ni la parálisis facial que en fechas recientes padeció (y derrotó) han mermado su espíritu. Su labor es de una entrega total y podría decirse que sin ella, ese glorioso momento en que una tortuga guerrera pisa este lado del mundo para depositar su descendencia, sería tan sólo un tenue recuerdo en la memoria de este pueblo.

Visitar este campamento es toda una experiencia, además de la tranquilidad que significa caminar por zonas costeras que presentan poca presencia turística, la importante labor de la familia de Don Roberto genera un ambiente de suma calma. Vengo con un grupo de visitantes que ayudarán a liberar tortugas y con los cuales recibo una de las mejores pláticas de conservación que he escuchado. Como era de esperarse, la experiencia del maestro Lugardo es excepcional, relata aspectos variados de comportamiento de 9 o 10 especies de tortugas, sus dinámicas poblacionales, migratorias y reproductivas, así como algunos interesantes mecanismos genéticos que podrían definir sus dinámicas de anidación.

Después de la charla, me apresuro a entrevistarlo y lo primero que me comenta son las razones por las cuales decidió venir a vivir aquí hace 22 años. “Al principio me interesó hacer un poquito de investigación. Me quedaba cerca y estaba realizando un estudio en cuanto al proceso de siembra, utilizando separación de nidadas en cantidades distintas, para ver cual de las cantidades era la óptima en nacimiento”, me comenta mientras nos sentamos frente al mar, debajo de una sólida estructura de unos 300 metros cuadrados, que construyó con sus propias manos.

Y es que cuando las tortugas dejan su carga de huevos, pueden perder más de la mitad en procesos naturales de depredación por otras especies y tortuguitas que no eclosionan. La especie que más visita esta zona (la golfina) “pone de 100 a 120 huevos y pierde hasta 60”. Eso es de forma natural y el absurdo es que en momentos de declive poblacional, los programas gubernamentales pretenden implementar programas de cuidado que mantengan esos mismos niveles, cuando lo necesario es mejorar la eficiencia en cada nidada.

“Eso me llevó a realizar tres años de investigación, tratando de buscar cuál era la mejor cantidad. Hemos plantado nidadas de 45, 50, 70 y 80 y hemos detectado que con que sea divida en partes iguales tiene un mejor rendimiento”, me explicó. Con la importante labor de difusión que realizan han llevado la técnica a cuatro campamentos más y no es poca cosa; con el rendimiento que se tiene en este campamento, replicar sus métodos significa la salvación de decenas de miles de tortugas al año.

Se puede decir que el trabajo de este campamento es mayoritariamente autogestivo, aunque a veces han batallado por conseguir recursos gubernamentales. Pero cuando han llegado a conseguirlos, lo hacen bajo condiciones indignantes. “Para recibir los apoyos te piden que firmes un convenio donde aseguras que recibiste 500 mil pesos, pero sólo te entregan 10 mil pesos”. Además, esos bajísimos recursos los entregan en material y se trata de material que muchas veces no necesitan. Todo es parte de una simulación para desviar los recursos designados a la conservación del ambiente y es en estos espacios donde se encuentran los absurdos de un sistema minado por la corrupción y la impunidad.

Sólo como ejemplo de lo que tiene que soportar Roberto y otros conservacionistas de la región, los programas de apoyo por un lado solicitan el cumplimiento de tediosos trámites burocráticos que deben ser elaborados a computadora, sin importar que cuando se les solicitan computadoras para trabajar se limiten a entregar maderas y materiales básicamente inservibles para el cuidado del campamento.

Por eso al maestro Roberto, se le nota una enorme frustración cuando habla de los funcionarios públicos, la marina y las instituciones encargadas de proteger a las tortugas. De hecho se podría escribir una historieta con la serie de errores que representantes de la SEMARNAT, CONANP y otras dependencias, supuestos expertos en conservación de especies, han cometido frente a Roberto. Él las relata y se lleva las manos al rostro, son esas anécdotas que serían muy graciosas si no representarán una tragedia tan grande, si no se tradujeran en miseria y muerte para todos.

 

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