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Alimentos orgánicos vs. no orgánicos: ¿cuál es la diferencia?

Siguiendo con el postulado de Hipócrates –“Que tu alimento sea tu medicina”-, la nutrición se está volcando en uno de los íconos del cuidado a la salud. Desde la década de 1940, cuando el auge de la industrialización de los alimentos era cada vez más evidente, la proliferación de las cadenas de comida chatarra transnacionales se viralizaba y hasta los medianos productores comenzaron a aplicar técnicas para generar más productividad, el término “alimento orgánico” proliferó paulatinamente y hasta nuestros días, cuando comienza a estar en boga en la cultura popular.

El término “orgánico” lo escuchamos en las conversaciones sociales, el marketing y en los supermercados, pero es más que una moda. Este concepto y nuestro interés en él cada vez es mayor. Pero, ¿qué hace realmente a un alimento “orgánico”? ¿Cómo podemos corroborar que realmente lo sea?

Está probado que los alimentos orgánicos son más nutritivos, y lo anterior se logra porque la producción de estos se hace bajo procesos que se asemejan lo más posible a los sistemas naturales. Es decir, es como si la naturaleza produjera a su ritmo, bajo sus propias leyes, y nosotros nos redujéramos a ser sus recolectores y cuidadores. Te desglosamos las características básicas de un alimento orgánico. Quizá, su calificativo más fuerte es que se alejan de las prácticas comunes de la industrialización.

Prescinden de insecticidas: se valen de otros insectos que atacan a los insectos malignos. Entre otros efectos nocivos, los insecticidas pueden causar tumores, cáncer y malformaciones congénitas. Más de 98% de los insecticidas fumigados y de 95% de los herbicidas llegan a un destino diferente del buscado, contaminando el aire y los mantos freáticos. También contribuyen al declive de polinizadores o especies vegetales y animales, aire, agua, sedimentos de ríos y mares y alimentos (uno de los causantes de la casi extinción de las abejas).

No usan herbicidas: estos dañan las flores silvestres y pueden afectar algunas especies a más de 20m del sitio asperjado. Se ha probado también que especies sensibles han muerto a 40m del lugar de aplicación, pero los modelos indican que especies susceptibles pueden morir a 100m. Sobre los perjuicios a la salud humana, un informe de Greenpeace advierte que pueden causar daños como defectos de nacimiento, cáncer y neurológicos (se sabe que pueden, también, provocar Parkinson).

No emplean fertilizantes artificiales: muchos de estos contienen metales peligrosos como mercurio y cadmio.

Las malas hierbas son recolectadas a mano: un alimento orgánico es cuidado con un proceso muy artesanal; se busca que la injerencia del hombre sea minúscula.

El gobierno regula la industria de alimentos orgánicos: hay distintos certificados globales de la autenticidad de un transgénico. La mayoría nacieron como un sistema de protección de los mismos productores agrícolas. En Estados Unidos, por ejemplo, el más grande se llama OCIA (Asociación para la Mejora de los Cultivos Orgánicos), que existe desde 1995. Luego muchos gobiernos comenzaron a certificar estos productos, lo que hizo que crecieran las transnacionales en este rubro. El consejo es que compres alimentos orgánicos asociados a pequeños productores, que usualmente son los más auténticos.

En el caso de animales, estos son criados al aire libre y con una dieta natural y equilibrada.

No se aplican antibióticos en los animales: en la industria ganadera de gran tamaño se aplican continuamente antibióticos a los animales para prevenir que se enfermen, pero estas drogas se filtran hacia la leche y carne del animal y, finalmente, terminan en nuestros organismos.

Se elimina la inyección de hormonas de crecimiento a los animales: las hormonas que son inyectadas en la industria ganadera también son traspasadas a los alimentos que comemos.

No a las jaulas: en la industria ganadera, para hacerla más productiva suele agruparse a los animales en espacios muy reducidos, lo que detona su estrés y sufrimiento.

No son genéticamente modificados: un rubro que parece una obviedad y que quizá es nuestra mejor defensa contra la ola de trasngénicos que se obstina en lucrar con el derecho a la alimentación, patentándolo.

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