Top: 10 increíbles hechos sobre el cuerpo humano

¿Cuántos átomos, bacterias o virus viven en nuestros cuerpos? ¿Qué edad tienen nuestras células, nuestro ADN o nuestras moléculas? ¿Podemos ver el pasado? Conoce las respuestas a estas y otras interrogantes del cuerpo humano que ya fueron resueltas.

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1. ¿Cuántos átomos tenemos?

Es difícil hacer un estimado de cuántos minúsculos átomos componen nuestro cuerpo, pero deben ser unos 7,000,000,000,000,000,000,000,000,000 en un cuerpo adulto.

2. Moléculas enormes

Las moléculas más grandes de la Naturaleza viven dentro del cuerpo. Se trata del cromosoma 1. De entre los 23 pares de cromosomas que existen en los núcleos de nuestras células, el 1 es el más grande, pues contiene 10 mil millones de átomos.

3. Colapso atómico

Los átomos en nuestro cuerpo están llenos de espacio vacío. La materia total en cada átomo es comparable a la de una mosca dentro de una catedral. Así que, si todo ese espacio vacío se comprimiera, mediríamos 1/500 parte de un centímetro.

4. Vacío en el espacio

Las películas de ciencia ficción nos han hecho creer que si un astronauta se quita el casco en el espacio, su cráneo explotaría o se congelaría al instante. Sin embargo, no es así. El espacio es muy frío, pero uno no puede perder calor tan rápido. En realidad, lo que mataría sería la falra de aire, por lo que una persona podría sobrevivir uno o dos minutos.

5. Polvo de estrellas

Cada átomo de tu cuerpo tiene millones de años de edad. El hidrógeno, uno de los elementos más comunes en el universo y en nuestro cuerpo, fue producido en el Big Bang. Otros átomos como el carbono y el oxícgeno se formaron en estrellas de entre 7 y 12 mil millones de años y se esparcieron cuando éstas explotaron. Sí, efectivamente, somos polvo de estrellas.

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6. Nuestra edad real

¿Sabías que el óvulo del que provienes se formó cuando tu mamá era un embrión? Eso quiere decir que el primer momento de tu existencia comenzó desde antes de que tu madre naciera. Digamos que ella te tuvo a los 30, entonces, en tu cumpleaños 18 tendrías poco más de 48 años de existir.

7. Somos virus

No todo el ADN en nuestros cromosomas proviene de nuestros antepasados evolutivos; algunos son genes virales, llamados retrovirus. Estos fragmentos se cuelan al ADN de un organismo y utilizan los mismos mecanismos de duplicación de una célula para reproducirse.

8. Somos bacterias

Si contáramos todas las células de nuestro cuerpo, encontraríamos que tenemos más vida de bacterias que partes humanas. Existen alrededor de 10 billones de nuestras propias células, pero en nosotros viven 10 veces más bacterias.

9. La ruta de los electrones

Si te pidieran dibujar un diagrama de un átomo, seguramente pintarías el núcleo y los electrones en órbitas a su alrededor. Pero en realidad, un mejor dibujo sería con muchísimas líneas borrosas alrededor del núcleo. Esto es porque los electrones existen como una serie de probabilidades, no en lugares específicos.

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10. Mirar el pasado
Nuestros ojos son tan sensibles que pueden percibir la luz de Ándromeda, la galaxia más cercana a nuestra Vía Láctea y, también, el punto más distante aún visible para los ojos humanos. Andrómeda se encuentra a 2.5 millones de años luz, esto quiere decir que cuando ni si quiera existían los seres humanos cuando comenzaron su viaje los fotones de luz que llegan a tu ojo. Estás contemplando un objeto a una distancia inconcebible y estás mirando su pasado, hace 2.5 millones de años.

 

En este enlace otros 10 hechos increíbles sobre el cuerpo humano.

 

[TheGuardian]

 

 



En Rusia, un volcán en erupción se encontró con un cometa (FOTOS)

Cambiando el ángulo con un lente de 35mm, la imagen consiguió precisar la sorprendente iluminación de la lava durante el proceso en que la niebla inundaba el espacio.

Los habitantes de Kamchatka, al este de Rusia, fueron testigos de fenómenos naturales y astronómicos congeniándose entre sí: a mitad de una erupción volcánica apareció un cometa que deslumbraba los cielos. Se trata de una maravilla natural que muy pocos han logrado capturar en cuestiones de segundos, como lo hizo el fotógrafo de Tomas vdW Photography al embarcar un camión Kamaz visitando la región. 

Cambiando el ángulo con un lente de 35mm, la imagen consiguió precisar la sorprendente iluminación de la lava durante el proceso en que la niebla inundaba el espacio. De alguna manera, estos 15 segundos lograron ser perfectos para el paisaje del invierno ruso debajo de los cometas. Un fenómeno único en la vida, y este es el testigo que lo evidencia: 

 



¿La Ayahuasca estimula el nacimiento de células madre en el cerebro?

Los alcaloides harmina y tetrahidroharmina estimulan el crecimiento y la maduración de las neuronas, promoviendo inclusive el nacimiento de nuevas células madre.

Droga psicodélica o medicina ancestral, la ayahuasca –yagé, purga o daime– es una pócima sagrada y antigua que se obtiene con la mezcla de la liana de la Ayahuasca –Banisteriopsis caapi– y la Chacruna –Psychotria viridis–, una vez que son machacadas y cocidas en agua hirviendo durante 16 horas. En la gran cuenca del Amazonas, la ayahuasca ha sido considerada como la base de la curación a nivel físico y la vida espiritual debido a la reacción de la diemetriltriptamina –DMT– de ambas sustancias en el cerebro. 

En los últimos años han intentado demostrar a través de investigaciones científicas los múltiples beneficios de la ayahuasca. Como la del Dr. Jordi Riba de San Pau Hospital, en Barcelona, quien presentó su estudio en Interdisciplinary Conference on Psychedelics Research 2016, acerca de las propiedades neurogenéticas de la ayahuasca. El estudio se llevó a cabo en asociación con Beckley/San Pau Research Programme y el Spanish National Research Council. 

Los investigadores, José Morales-García, María Isabel Rodriguez-Franco, Ana Pérez-Castillo and Mario de la Fuente Revenga, encontraron que los alcaloides harmina y tetrahidroharmina estimulan el crecimiento y la maduración de las neuronas, promoviendo inclusive el nacimiento de nuevas células madre. Esto revoluciona la preconcepción de cómo funciona el cerebro adulto. 

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Se llegó a creer durante años que el cerebro adulto no podía producir nuevas neuronas; hasta que a finales de 1990 se encontraron evidencias que empezaron a retar estas preconcepciones y se le llamó neurogénesis. El nacimiento de nuevas neuronas ocurre en dos regiones del cerebro: en los ventrículos y en el hipocampo; las cuales fungen un pivote en las funciones cognitivos como el aprendizaje y la memoria. Como es natural, la función del hipocampo comienza a declinar con el paso de la edad, produciendo inclusive trastornos neurodegenerativos como Alzheimer, Huntington o demencia senil. 

Con este bagaje, los investigadores demostraron que con un poco de harmina y tetrahidroharmina se eleva la probabilidad del nacimiento de nuevas células madre aún durante la edad adulta. Esto provocó que usaran nuevas aplicaciones, como VIVO, para encontrar nuevos tratamientos para las enfermedades neurodegenerativas y los trastornos psiquiátricos asociados con una enfermedad física o un trauma psicológico. 

A continuación te compartimos las ilustraciones que demuestran la neurogénesis gracias de la harmina y tetrahidroharmina: 

Ayahuasca i

Ayahuasca ii

Ayahuasca iii

 

 



Esta es la hipnótica y psicodélica mina de Rusia (FOTOS)

Actualmente sólo una pequeña parte de la mina tiene fines industriales, por lo que el resto del sitio está conformado por túneles hipnóticos que son accesibles al público –aunque no se permite fotografiar–.

En la ciudad de Yekaterinburg, en Rusia, hay una mina de sal abandonada. Se trata de un lugar naturalmente psicodélico, pues tanto sus cuevas como corredores están cubiertos de patrones coloridos e hipnotizantes. Gracias al mineral carnalita, un cloruro de magnesio y potasio hidratado, la mina ha adquirido colores vibrantes entre amarillo cobre, azul o morado. 

Actualmente sólo una pequeña parte de la mina tiene fines industriales, por lo que el resto del sitio está conformado por túneles hipnóticos que son accesibles al público –aunque no se permite fotografiar–. La mayoría de los visitantes se quedan anonadados, por lo que explican que la sensación de estar ahí es indescriptible pues se pierde la noción del tiempo y el aire es muy seco. El aire parece estar siempre lleno de pequeñas partículas de sal, por lo que siempre se queda la sensación de sed. 

Se trata de un laberinto natural que impacta al momento de vivirlo, ahí, en la inmediatez: 

[TimeWheel]

 



El viaje al fondo de unas desconocidas cuevas

Lucía Treviño nos cuenta las maravillosas sensaciones inmersas en los milenarios cenotes y cuevas mayas.

Foto: wishbird

Una camioneta va por la carretera Federal 307 de Tulum hacia Cancún, por detrás del parque Kantun Chi. A los 40 km se detiene, da vuelta en “u” y toma una desviación de terracería envuelta en manglar, son tres kilómetros de verde que te quiero verde hasta que no hay más por avanzar. Una pequeña solitaria palapa es la antesala de una desconocida serie de cuevas. Aquí, Mario –el guía, dueño, descubridor de las cuevas– abre un gran contenedor de plástico para repartir unos trajes de neopreno. La expedición comienza: todos cruzan hacia la frontera desconocida por el gran arco de piedra.

Cavidades a desniveles, unas dentro de otras sobre-entre-bajo-dentro de otras formas de piedra. La iniciación: un ritual hacia el descubrimiento, poco a poco la luz del sol va disminuyendo hasta volverse un punto y desaparecer. Ahora la única iluminación surge de linternas y lámparas sumergibles que se repartieron a las diez personas que van haciendose parte del paisaje lunar.

Tonos oscuros de azules y grises, negros y blancos, ámbar, estalactitas, estalagmitas, estalactitas besando a estalagmitas se extienden a lo largo de los túneles de piedra, de las paredes de piedra, de las piedras que se hilan a más piedras creando una espiral. La posibilidad de ser microscópicos en un camino entre huecos de aire frío y del agua que afila las piedras.

El grupo camina hasta tener que nadar y alcanzar un pedacito de tierra firme, arena movediza, arcilla y barro. Una linterna alumbra una estalactita gris, otra se dirige hacia una cavidad rojiza, una más sigue el contorno del agua, otra capta el vuelo de un murciélago. Una voz pregunta –¿A cuántos metros por debajo de la tierra estamos? ¿Es posible ahogarse?– Otra voz asegura que estamos respirando menos aire, y una (voz) más interrumpe sorprendida “increíble”, y el cuestionamiento que surge del miedo se esfuma porque el encuentro supera cualquier expectativa.

Para realizar el cruce entre cuevas es necesario nadar y flotar hasta alcanzar el pequeño borde de arena que se forma por debajo del agua, un delicado y diminuto estrecho de Bering. Hay una cueva amarilla que tiene una cavidad muy honda, un azul entre turquesa y marino. Dos personas saltan desde una piedra, otra persona escala para brincar de más alto y así llegar más hondo. La exploración de la Tierra desde dentro de ella, sentirla respirar pausadamente.

Se dice que los mayas solían hacer sacrificios humanos en los cenotes y las cuevas, que hace 13 mil años estas cuevas no tenían agua y estaban habitadas por nuestros antepasados, por eso se siente una atracción grávida que coquetea con tu cuerpo (y alma) y que es posible encontrar visiones etéreas.

El registro de la experiencia es tardío, se va esculpiendo gotita a gota como cae el agua de las estalactitas a las estalagmitas esculpiendo el paisaje de piedra.

En una de las cavernas rojas, que contenía una peculiar profundidad, una persona se aventuró a recorrerla con una lámpara sumergiéndose y nadando hasta donde le era posible llegar. Desde la orilla donde quedó el resto del grupo se vislumbraba la cabecita (de la persona) circulando entre el agua y las estalactitas. La linterna iba de un fondo azul turquesa a un fondo azul marino, la cabecita volvió con el resto del grupo para expresar “qué (chingado) miedo, es demasiada belleza”. También suelen asegurar que el sumergirte entre cavernas es  terapéutico, ya que estás abocado al descubrimiento de cada detalle del presente desconocido. Por ello se vuelve difícil desarrollar la ficción que genera el miedo. Sin embargo, hay personas que no logran desconectarse (de ese miedo) y deben volver a la superficie antes de que la ansiedad los lleve a sentirse asfixiados.

En un punto del trayecto el grupo realizó el experimento y a coro contó hasta tres para apagar sus lámparas y quedar en silencio. El negro y el silencio que siguió fue indescriptiblemente nítido. Un silencio de agua donde la contemplación plantea la premisa de darle espacio al espacio, de no perturbarlo (casi) ni con tus pensamientos; un bosque de piedra que te lleva al presente nato, ya que todo es “lo desconocido”, nada “existe” hasta que lo vas descubriendo.

Transcurrieron cuatro horas y media donde cada detalle te enrolaba a una particularidad que se abría en una más y otra más, podías sumergirte más profundo, explorar más lejos, detenerte más tiempo entre las formaciones de ámbar, azufre, arcilla, roca caliza y arena… una superficie debajo de la superficie en la que siempre has vivido.

Se cierra el ciclo. El grupo regresa al comienzo para emerger a la superficie, volviendo a la conocida realidad del ser humano, a los rayos de un sol que va atardeciendo y a la camioneta. El recuerdo te mantiene vulnerablemente maravillado pensando que todo fue un sueño, un sueño alojado en lo profundo de una imaginación fuera (o por debajo) de este mundo.

Twitter de la autora: @luciatciula



Nubes, árboles y ríos: espejos del espíritu

La naturaleza tiene mucho que enseñarnos, quizá porque en un nivel básico, al observarla nos reconocemos en sus formas.

En la actualidad es fácil ignorar a la naturaleza. No tenemos tiempo, corremos constantemente de un lado al otro, si tenemos suerte puede ser a pie y si no pasamos horas en automóviles o en el transporte público. Estamos desconectados, lo cual conlleva serios problemas mentales y físicos relacionados a la depresión y al estrés.

Ya lo hemos dicho antes, la mejor manera de combatir los males de nuestra época es a través de la reconexión con la naturaleza. Varios estudios científicos han demostrado que las zonas con más árboles se comenten menos crimenes, que tener plantas en la oficina nos hace más eficientes, y que el sol combate el insomnio. Lo que necesitamos es darnos un breve respiro, y para hacerlo basta con voltear a ver las nubes, los árboles y ríos, cuerpos naturales como el nuestro.

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¿Cómo podemos identificarnos con las nubes? Quizá se trata de no hacerlo, de aceptar que ellas flotan a su propio ritmo, indiferentes a lo que podemos sentir o querer de ellas. Si observamos las nubes vemos que se unen y separan, siempre aparentemente ligeras, un ejemplo de desapego absoluto. Sus ritmos no son constantes, pueden tener remolinos, tornarse negras en cualquier momento, sin embargo los momentos más fuertes son transitorios. En la vida de las nubes y en la nuestra, ningún estado es permanente.

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Los árboles, en su silencio, nos hablan de soportar el paso de los años. Sus troncos muestran el daño causado por plagas, insectos, y demás fuerzas naturales. La vida de los árboles no es fácil, sin embargo ellos no se rinden; mientras más arraigan sus raíces en la tierra más crecen con ramas extendidas hacia el cielo. El crecimiento es simultáneamente interno y externo. Los árboles permanecen de pie en los tiempos más difíciles, inviernos, sequías y tormentas, se adaptan, sobreviven. Pueden perder sus hojas y ramas, pero se mantienen. En tiempos de abundancia crecen, dan flores y frutos embelleciendo el mundo.

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Los ríos, riachuelos y otros cuerpos de agua son, literalmente, las fuentes de la vida, pero también sonorizan todo lo que los rodea, nos arrullan y crean ambientes de reflexión. En temporadas de lluvia su caída es más fuerte, al igual que los árboles se adaptan a las temporadas y nunca son el mismo. Nada nos remueve del ajetreo de las ciudades como el sonido de un río, un movimiento azaroso y extrañamente melódico que nos permite los más bellos momentos de introspección.

Pero en el mundo en el que vivimos la mayoría, en enormes ciudades de asfalto y concreto, no podemos esperar a que se den los momentos para observar a la naturaleza, hay que crearlos. Tómate un tiempo para ir a caminar después de comer, para regar las plantas de tu oficina, para asomarte por la ventana y observar los árboles. Es la naturaleza la que detona los más afortunados momentos de introspección, un tesoro que debemos conservar para sentir las vibraciones que nos unen al planeta. 

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